martes, 23 de julio de 2013

Veranos, 2

El dios que baila

II. KIBBUTZ



            Tuve la inmensa fortuna de asistir a If at all, dirigido por Rami Be’eer y puesto en escena por la compañía israelí de danza contemporánea Kibbutz. Se me ocurren muchas cosas, pero me parece que mis palabras serías insuficientes y ni siquiera conseguirían esbozar una pálida sombra del acontecimiento. Pues se trató de eso: un verdadero acontecimiento, pues me sentí personalmente afectado por lo que aparecía ante mis ojos. Y antes de seguir una observación: la danza contemporánea ha conseguido algo que la música está aún lejos de lograr: la atención del público. Personalmente, el ballet clásico me gusta, pero no se cuenta entre mis aficiones; sin embargo, la danza contemporánea es capaz de arrebatarme y no creo que haya nada tan cercano al teatro griego como la danza. Esta cercanía—no es un invento mío—hizo que Nietzsche se interesase por la danza y que en sus obras aparezcan numerosos personajes danzantes: Dionisos, Zaratustra, los espíritus libres, pero también los pensamientos danzan, las estrellas, las alas y hasta las palabras danzan. El cuerpo es capaz de comunicar con tal fuerza que consigue elevarnos en su baile con una alas, grandes, alas de luz y tristeza. Esto me causa asombro y me deslumbra, pues a mí, tan habituado a la palabra, se me da en la danza una palabra otra, casi inefable, pero que está ahí, carnal y viva, hermosa.



            Israel tiene la fortuna de tener varias prestigiosas compañías de danza contemporánea: Vértigo, Batsheva, Dafi y, por supuesto, la compañía que aquí nos ocupa, Kibbutz.


            Todos sabemos qué es un kibbutz (קיבוץ) y cómo contribuyeron al nacimiento y al asentamiento del Estado de Israel. Originalmente funcionaron como comunas agrícolas de inspiración sionista y socialista, pero hoy, debido a la crisis, se acercan notablemente a los ambientes urbanos. No es necesario explicar todo eso aquí; pero lo que no todo el mundo sabe es que muchos kibbutzim han sido cantera de artistas, porque entre los supuestos de estas comunas está la creación artística: el artista goza de plena libertad para crear en el kibutz, pero esa libertad se ve permanentemente confrontada con los miembros de la comunidad. No es que se ponga la creación en función de algo, pero no se entiende como una realidad independiente de la vida real. El kibbutz no genera artistas que hagan creaciones muertas, para museos por decirlo así,  sino en el mundo para dar vida a la comunidad. En este marco nació el grupo de danza Kibbutz. De hecho, la mayoría de sus miembros viven en un kibbutz o cerca de él; pese a todo, la agrupación se ha abierto a bailarines de otros países, que trabajan con ella. Casi podría decirse que está en un proceso de internacionalización. La Compañía de Danza Kibbutz tiene su origen, si me he informado bien, en un kibbutz de Galilea. Allí una superviviente de los campos de exterminio, Yehudit Arnon, fundó la compañía y la hizo crecer hasta convertirla en una de las más prestigiosas de Israel. Yehudit Arnon, que dirigió el grupo hasta 1996, siempre creyó que el de la danza era un lenguaje universal que debía servir para unir a los seres humanos. El actual director, Rami Be’eer, hijo de músicos residentes en el Kibbutz de Ga'aton, estudió violonchelo; estos estudios los compatibilizó con los de danza bajo la dirección de Yehudit Arnon, a la que ha sucedido como director de ballet. Rami Be’eer entiende el ballet, como pudimos ver, como una obra de arte total que debe impactar al espectador para sumergirlo en ella y transformarlo desde su interior, pues el que asiste a una de sus coreografías se ve confrontado con sus propios sentimientos y en el diálogo con la obra, ésta lo sitúa de una manera diferente en el mundo.


            ¿Qué vi? Un escenario vacío al principio; quince minutos de retraso (tal vez para que se cerrase el Shabbat) y todo empezó con la furia de una danza que nos introdujo, al principio, en un mundo de soledad, aislamiento y seres alienados, cuyos movimientos, a veces mecánicos, convulsionaban al espectador, que no podía evitar sentirse afectado por lo que sucedía sobre el escenario del Teatro Romano, que fue un marco espléndido. A diferencia de la danza clásica, en If at all no encontramos un argumento lineal cuyo desarrollo podamos seguir; más bien los movimientos nos alcanzan como impactos que nos obligan a pensar. El vestuario y la iluminación marcaron, según creo, las tres partes del evento. En la primera, dominado por el negro y por movimientos que apuntaban claramente a la alienación, al miedo y al sufrimiento con su corolario, la muerte; se nos coloca delante la condición humana finita y sufriente, que busca redención. Sin embargo, el aislamiento y la ruptura—saltos, piruetas, convulsiones acompasados con una música potente—parecen encontrar su última palabra, pues al final de esta primera parte, si puede hablarse así, se me puso delante la brutalidad de la destrucción y la violencia, que una y otra vez se habían insinuado. Lógicamente, cada uno de los que estábamos allí se dejaría llevar por sus asociaciones, pues la danza no se impone con un significado unívoco, sino que es capaz de expresar las contradicciones que se dan en nuestra existencia. Hubo un momento en que mi emoción se desbordó, pero cuyo significado permanece aún oculto a mi corazón: los símbolos, y la danza contemporánea es fuertemente simbólica, tienen la virtud de arraigar y transformarnos lentamente desde dentro.


            En la segunda parte, cuadros de luz que actuaban como celdas, cambió el vestuario: las bailarinas se buscaban unas a otras sin llegar a alcanzarse nunca. El drama de la incomunicación se hacía patente sobre el escenario y no sólo se expresaba; quizás es ésta una de las cualidades más evidentes de la danza moderna: nos entrega lo que representa y no pone conceptos en su lugar. Lentamente, en la tercera parte, fueron apareciendo parejas; a veces rotas, a veces tan cercanas que acababan por alejarse… era el drama del amor humano, demasiado humano que culminó, de alguna manera, en la boda (con sus referencias judías tan simpáticas). Quizás al final encontramos más lirismo y menos dramatismo, pero sería un error, me parece, entender las tres partes como segmentos independientes: If at all forma un todo que empieza con la soledad y acaba entreabriendo una puerta a la esperanza, pues la violencia cesa poco a poco y los cuerpos de los bailarines florecen abriéndose unos a otros en claro contraste con los inicios. Así, diría que esta obra nos da un rayo de esperanza porque nos enfrenta a realidades hondamente arraigadas en lo humano.


            Reconozco alborozado que el acontecimiento superó mis expectativas. No se trata sólo de que disfrutase—y lo hice—ni de que sintiese—y fueron muchos los sentimientos que me embargaron; no, es algo más que podría definirse en el mejor sentido como κάθαρσις, catarsis, en el sentido original del término, como si hubiese asistido a la representación de una tragedia; pero ¿acaso no lo hice? El dios danza no sólo para expresar su alegría, sino también su pesar; al ver los prodigiosos brazos arqueados de los bailarines, como alas, sentí la alegría de saber que podemos alzar el vuelo y salir—éxodo—de todas aquellas realidades que nos angustian; pero también experimenté el peso de nuestra propia gravedad, esa seriedad que rehúye lo lúdico para esconderse, como un gusano, en nuestros corazones y robar la alegría de la existencia a los demás.

            El dios que baila ama la vida; por eso Dios baila y la creación entera, como intuyeron los primeros hindúes, es una danza de Dios. David bailó delante del arca semidesnudo:

     E iba danzando David ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un efod de lino. Así iban David y los israelitas llevando el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas. Cuando el arca del Señor entraba en la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, estaba mirando por la ventana, y al ver al rey David haciendo piruetas y cabriolas delante del Señor lo despreció en su interior (2Sam 6, 14-16).

            Mical, la hija de Saúl, lo acusará de lucirse desnudo a la vista de las criadas de sus ministros, como lo haría un bufón cualquiera. No es sólo desprecio, es resentimiento ante la desnudez. Claro que este mismo David había osado decir de su amor hacia Jonatán, también hijo de Saúl, que era más maravilloso que el amor de las mujeres. Lo admito: Nietzsche siempre me ha parecido un cristiano cabal frente a la hipocresía que le rodeaba (y me parece recordar que una afamada bailarina, Isadora Duncan, sostenía una opinión similar). Tendríamos que aprender a ser livianos, a no tomarnos en serio. Quizás por eso vuelan los ángeles: porque se toman a sí mismos tan poco en serio que son livianos. Nuestra existencia tiene con frecuencia suficiente pesadez como para que nosotros le añadamos más con nuestra mediocridad. Sí, leed a los poetas y danzad en presencia de la Belleza: os saldrán grandes alas, como a los hermosos cuerpos que vi sobre el escenario, que os permitirán volar a vuestros sueños.

            Shalom.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que en esta ocasión tienes la sensibilidad a flor de pies... No entiendo de danza, pero sí sé que es tan antigua como nosotros.

Cristina Márquez dijo...

No te hacía yo aficionado a la danza. Siempre dijimos que eras rarito, pero encantador. De todo aprende una, ¿no?