martes, 1 de diciembre de 2009

Álvaro Pombo, el Grande

CRÓNICA DE LA MUERTE ANTICIPADA





Confieso gustoso que Álvaro Pombo García de los Ríos (Santander 1939) me cae bien, muy bien. Sin duda, Pombo será una de las personas a las que elegiré para pasear por el Cielo, pues espero que me encuentre allí. Creo haber leído prácticamente todo lo que ha publicado—menos el premio Planeta, pues me da un no sé qué de miedo. Herralde dijo, un poco mezquino el mohicano, que Pombo “casi” le había pedido permiso para presentarse al Planeta. Y eso que Pombo ha sido fiel, que yo sepa, y ha agradecido varias veces públicamente tener un valioso editor. Total, ¿cuánto ha publicado en Planeta? ¿Tres libros?


Como narrador, Pombo me suele encantar. Recuerdo haber hablado otra vez en la gacetilla de él. Como poeta, me disgusta con tanto protocolo y diría que es un mal poeta si supiese que no se ofenderá. Ahora acaba de publicar otra vez en Anagrama una nueva novela: La previa muerte del lugarteniente Aloof, Madrid 2009. He leído por ahí que Pombo recupera el pulso tras su paso por la otra editorial... ¿Acaso lo había perdido? Como en la mayoría de los libros que le he leído, también en éste tenemos tesis de fondo (filosófica, teológica, antropológica... vamos, poética): se encara el problema de la identidad en dos frentes; por una parte, en el profesor de narratología que adquiere el cuaderno del lugarteniente; y, por otra, en el escrito de éste. No me ha parecido, para nada, un libro de aventuras, aunque el relato pombiano tenga mucho de aventura (en sus dos frentes y diría sin reparo que el frente madrileño es más aventurero que el colonial), sino más bien una indagación altamente subjetiva en la que el autor (Pombo) debe desdoblarse en dos autores (el profesor y el lugarteniente) pero de manera que no pueden sumarse para conseguir una identidad definida, porque aunque los dos frentes escritos sean convergentes no suponen una confesión del autor. Ése parece el juego. Tengo la sensación de que le ha llevado casi más tiempo la estructura de la novela que la escritura de la misma; pero, claro, no entiendo demasiado y sin duda puedo equivocarme.


El universo es el pombiano y en tal cosmos el amor es una fuente inagotable de realidad, pues no en vano Pombo has dicho siempre, aunque quizás con otras palabras, que la vida de los hombres estaba encarada con el misterio. Digamos: sin el Misterio la vida sería irrespirable. El fondo del diario del lugarteniente ya estaba trabajado y tengo para mí que hay algunos papeles sobrantes de aquella maravillosa novela sobre la guerra de los cristeros, Una ventana al norte (santanderina la protagonista, conste). En fin, dicho lo dicho me queda por decir lo que diré: me ha gustado porque es de Pombo, pero La previa muerte del lugarteniente Aloof está falta de algo, no sé cómo decirlo, quizás del nervio al que nuestro maravilloso novelista nos tiene acostumbrados. Es una buena novela que se leerá con placer y de un tirón. Leer a Pombo siempre merece la pena pues, amén de buen escritor, es un tío la mar de simpático y, sobre todo, una buena persona que procura no sólo no hacer daño, sino poner algo de amor en nuestro mundo. Pombo, te quiero.



Shalom

domingo, 29 de noviembre de 2009

Petter Moen, un hombre libre

MØLLER, 19. OSLO

Para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza







Se ha publicado recientemente el libro de Petter Moen, Diario, Madrid, Ed. Veintisieteletras, 2009 (http://www.veintisieteletras.com/). Se trata de un diario carcelario, pues Moen fue encerrado en la prisión de la calle Møller, 19, la comisaría central de Oslo que fue convertida durante la ocupación nazi en una cárcel para políticos. Quizás a algunos el Diario no les parezca gran cosa, acostumbrados como estamos ya a testimonios de los campos de exterminio o del gulag; al lado de esto es posible pensar que Moen es un poco desabrido. Pensar así sería, sin embargo, una victoria del terror pues no significaría sino que ha destruido nuestra sensibilidad.

Petter Moen, nacido en Drammen un catorce de febrero de 1901, era un tranquilo agente de seguros que tras la invasión y ocupación alemana de noruega pasa a formar parte de la resistencia en trabajos de prensa; había empezado fundando una octavilla dentro de su compañía de Seguros, la Idun; pasó a ser distribuidos del London Nytt (“Noticias de Londres”, nombre que hace referencia al canal por cual se obtenían las noticias: las emisoras londinenses; se trataba, pues, de un “periódico de radio”) hasta que alcanzó el puesto de director. A principios de 1944 pasó a hacer el jefe de prensa de todos los periódicos clandestinos de una Noruega que plantaba cara a la barbarie nazi. Poco después, el tres de febrero, fue detenido en una operación global de la Gestapo contra la prensa de la resistencia. Fue—hay que decirlo de una vez para no confundir los términos en estos tiempos nuestros de indigencia—una operación contra la prensa ilegal, pero ese mismo adjetivo la ennoblece. Si las ideas no son libres, ¿acaso pueden serlo los seres humanos? Todo totalitarismo la emprende a mamporros contra una prensa libre. No estará de más recordar esto hoy pensando no sólo en el pasado, sino en algunos presentes*.



Encarcelado el cuatro de febrero de 1944 el Diario sólo empieza una semana después, el día diez. Esto hecho tiene su explicación no sólo en las dificultades formales para escribir en las condiciones de la cárcel, sino en que esos siete días fueron decisivos en su interrogatorio; de hecho, el Diario comienza así: “Me han interrogado dos veces. Latigazos. Delaté a Vic. Soy débil. Merezco desprecio”. Enfrentamos, pues, las notas de un delator, de uno que no fue capaz de resistir los brutales interrogatorios de la Gestapo, pero que tuvo el coraje de reconocerlo. Me parece que este arranque explica buena parte de los planteamientos de fondo del Diario, que no es una justificación, sino un intento de rendir cuentas ante su conciencia.

El Diario fue encontrado gracias a uno de los supervivientes del Westphalen, barco en el que Moen era deportado a Alemania y que se hundió tras colisionar con una mina. Sólo hubo cinco supervivientes y a uno de ellos le había confiado Moen el secreto de su Diario. Escribió en una condiciones lamentables: en papel higiénico y con un clavo fue perforando cada una de las letras que componen el texto; no podía leer lo que escribía y, cuando acababa cinco pliegos, los escondía en una rejilla de ventilación de la celda. Allí fueron encontrados en buen estado y se publicaron por primera vez en 1949. Todo esto contribuyó a la fama en Europa de un texto que sólo se ha editado en España sesenta años después.


El texto tiene claramente dos partes. En la primera tenemos a un preso en la celda de aislamiento (desde su entrada hasta el veintiuno de abril, primavera que no llega). La segunda parte es lo escrito en la celda D 35 donde compartía el espacio con dos presos o tres en alguna ocasión. La primera parte, por lo tanto, hace referencia a la soledad y en ella se ve confrontado con experiencias anteriores; fundamentalmente, la búsqueda de sentido religioso de lo que le sucede. Procedente de una familia profundamente religiosa (es lo que se puede deducir del texto), Moen era, sin embargo, ateo y entendía que la fe religiosa estaba motivada básicamente por el miedo. Precisamente a ese miedo—a ser torturado, a morir, a delatar—emerge en la primera parte en la que emprende una búsqueda religiosa de dudoso resultado. El resultado, sí, pero no la búsqueda, pues no cabe duda del talante religioso de Moen: no puede rezar aunque quiere. Su honestidad intelectual es grande. Junto a esta búsqueda, el sentimiento de culpa no sólo por la delación, sino por haber vivido en la superficie, fundamentalmente referido a la persona que amaba, Bella. De ella habla en escasas ocasiones precisamente porque no quiere sufrir... En la segunda parte las tornas cambian y, aunque la preocupación de fondo permanece abierta, emergen los problemas cotidianos de una compañía brutal o mezquina, a veces poco humana mientras Moen intenta con todas sus fuerzas no hundirse en la desesperación. Me ha resultado llamativo la relación entre los presos 2065 y 5984 (las personas reducidas a número: burocracia). Moen, que parecía haber tomado partido por el segundo a la vista del fanatismo del primero, acaba coincidiendo con 2065 en su valoración de la brutalidad del conductor de la NSKK.

En las dos partes, de fondo, la brutalidad del sistema nazi y la burocracia: los buenos funcionarios hacen su trabajo y obedecen las órdenes de los superiores. A veces motivados por el miedo (quizás el caso del barbero), pero en otras ocasiones simplemente porque son funcionarios y están acostumbrados a obedecer. Creo que en todos los sistemas totalitarios sucede lo mismo y si hoy estuviese aceptado mandar a la cárcel para torturar, ¿no lo harían muchos funcionarios? La fina observación de Moen nos deja ver en los pequeños detalles—el reparto de las sobras, el lenguaje, las prisas por hacerlo todo cuanto antes aun sin sentido, los registros de la celda...—esa mentalidad burocrática que no ama el bien, sino la obediencia a las órdenes. Podemos aprender hoy mucho de esto, mucho más de lo que solemos imaginar** pues a veces la barbarie no está tan lejos como podemos pensar desde la comodidad de nuestras casas burguesas.


*Cuba, por ejemplo. Las resulta curioso que en las sociedades democráticas los conflictos entre la llamada prensa libre y el poder político sean sólo tangenciales, pues a veces la prensa es ya sólo la correa de transmisión de algunos partidos políticos. Debería meditarse el hecho crucial de que los periódicos tienen dueño, como los antiguos y modernos esclavos.
**Con frecuencia vemos cómo los burócratas (los funcionarios bien adiestrados) ejercen su función como verdaderos comisarios políticos: poco les importa lo que sea justo. Ellos tienen órdenes y deben obedecerlas a cualquier precio. Esto es ya la banalidad del mal...
Shalom.

martes, 24 de noviembre de 2009

Aún me queda vida por vivir...

Me han pillado por sorpresa algunas cosas... Hace tiempo que no me acercaba a esta gacetilla, y me he quedado asombrado porque hay algunas personas que han leído lo que escribo. Me parece sorprendente. Amigos, antiguos alumnos (no por ello menos amigos), desconocidos me han dirigido algunas palabras de afecto, que en estos tristes momentos de mi vida necesito como agua de mayo o, como escribí en una ocasión, han sido como un beso de nieve en agosto. Me han animado y he pensado, ¡qué carajo!, debo volver a tomar el pulso de la gacetilla, por insignificante que sea ella y yo mismo. Porque sigo leyendo (lo último de José Jiménez Lozano, encantador; la novela de Pombo en Anagrama otra vez, quizás menor... mucha poesía y ensayo) y ¿por qué no? La próxima semana, si el Eterno lo permite, volveré para hablar de la los dos autores citados y de un tal Moen y su diario... Gracias.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Poesía. Jan Twardowski



UN POETA POLACO


El sentido religioso





De Jan Jakub Twardowski había oído yo hablar, pero no tenía hasta el presente el pacer de haber leído ningún poemario suyo. Me conformo con la excelente antología que publicado ediciones Rialp: Jan Twardowski, Antología poética (selección, traducción y estudio preliminar de Anna Sobieska y Antonio Benítez Burraco), Madrid, Ed. Rialp, 2009. El autor nació en Varsovia el uno de junio de 1915 y murió el 18 de enero de 2006. Le tocaron, por lo tanto, vivir los años durísimos de Polonia: la invasión alemana, la guerra y el exterminio llevado a cabo tanto por los nazis como por los comunistas (alemanes y rusos respectivamente). No hay que olvidar que Polonia perdió a casi diez millones de sus hijos entre los años 1939 y 1945 (lo que supone la espantosa cifra de cuatro mil quinientos muertos al día: recordemos Auschwitz, pero también Katyn) muchos de los cuales fueron judíos, católicos y, entre éstos, tanto nazis como otros comunistas mostraron especial ensañamiento con los sacerdotes católicos—Polonia era una isla católica entre la luterana Prusia y la ortodoxa Rusia. Twardowski, que se ordenó sacerdote con treinta y cuatro años, en 1948 de sí mismo dijo siempre que era sacerdote, condición de la que se sentía orgulloso.



Los polacos han sufrido en sus carnes a Europa: desde la época napoleónica hasta el final del siglo XX. Recordemos el destierro de Adam Mickiewicz, el poeta de la nación polaca, en 1824, los avatares del siglo XIX (el yugo ruso), la independecia tras la Primera Gran Guerra, la invasión nazi y la comunista; la guerra y el exterminio, la ocupación rusa y el sometimiento durante décadas al poder soviético. En este contexto debemos leer la poesía de Jan Twardowski. Theodor Adorno llegó a decir en uno de sus momentos más oscuros que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie; Ernst Bloch le preguntó en una ocasión al por entonces joven teólogo aleman Jürgen Moltmann cómo se podía rezar después de Auschwitz. . La respuesta que Moltmann le dio a Bloch ha pasado a la historia: “Se puede rezar después de Auschwitz porque en Auschwitz se rezó”. Pues bien, con el poeta polaco Jan Twardowski nos encontramos, gracias a Dios, con una persona que ha escrito poesía y ha rezado después de Auschwitz. De la misma manera, supervivientes de los campos han escrito poesía; pienso ahora en Primo Levi y, aunque no padeció directamente la política concentratoria, en el inmenso Paul Celan. Muchas veces nosotros, presos de momentos oscuros, podemos creer que la barbarie ha ganado la partida—pero Horkheimer y Adorno nos advirtieron que toda política que no contenga teología acaba siendo, al final, un mal arreglo de cuentas. La nostalgia de que el verdugo no triunfe sobre la víctima inocente, así definió Horkheimer su teología.



La poesía de Twardowski está llena de ternura y de humor; es poesía religiosa en el sentido que expresó Dámaso y quería Tillich: ahondar la pregunta por el sentido de la existencia a la vez que uno arriesga una respuesta. En ningún caso de trata de fragmentar la vida como si fuera divisible entre compartimentos (ésa es la política de los agrimensores de la cultura, ciegos que no pueden ver porque se niegan a usar sus ojos). Las experiencias no son compartimentables. Lo esencial, aquello que como decía Saint-Exupéry es invisible a los ojos, no se puede fragmentar a posteriori con el filo embotado de la cuchilla ciega de la razón instrumental. Lo esencial se nos da en la vida como totalidad. Diría que la poesía de Twardowski nos muestra esto: no es poesía de tesis, sino de la vida cotidiana. Se alcanza a Dios en el lenguaje no a través de una especulación abstracta, sino del encuentro con la realidad de cada día y el Eterno no permanece como un objeto manipulable (para poder adorarlo a gusto o para poder negarlo también a gusto), sino como el Misterio fontal de la vida que se nos escapa siempre porque es mayor que nuestra conciencia. Pondré algún ejemplo:



Sentí miedo



Sentí miedo. La vista me falla: ya no seré capaz de leer;
pierdo la memoria: ya no seré capaz de escribir;
temblé como el redil zarandeado por el viento.
Dios Te lo pague, Señor, porque me ofreció su pata
el perro que ni lee libros ni escribe poemas.



¡Oh, Dios!



¡Oh, Dios, a Quien hoy no veo,
pero a quien veré algún día!
Me acerco a Ti como un parado,
me pongo en cola
y Te pido amor como si Te pidiera un pesado trabajo.



Consuelo



No se aflija, señor catedrático,
los zapatos no hacen falta: se muere descalzo;
en el infierno las cosas se han suavizado;
ya no queman a la gente;
sólo a la erudición la cuelgan de los ganchos,
apesadumbrados y con presteza.


Oda a la desesperación



¡Pobre desesperación,
íntegro monstruo!
Aquí te atormentan terriblemente:
los moralistas te ponen la zancadilla,
los ascetas te dan patadas,
los médicos recetan pastillas para que te marches,
te tildan de pecado...
Y sin embargo, sin ti
yo acabaría sonriendo sin parar, como un lechón bajo la lluvia,
caería embelesado cual ternero,
me volvería inhumano,
aterrador como un drama sin actores,
inmaduro frente a la muerte,
solo en mi propia compañía.




Mis conocimientos de polaco no son nulos, porque si fueran así ya sería algo y ni siquiera llegan a la nulidad; por lo tanto, no puedo examinar la calidad de la traducción, aunque me hubiese gustado que al texto castellano se le hubiera dado más ritmo. Quien sepa polaco, consuélese porque esta antología es una edición bilingüe.



Shalom.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Novela. Hiromi Kawakami

UNA HERMOSA HISTORIA DE AMOR


La editorial Acantilado ha hecho muy buenas ediciones de autores centroeuropeos que de otro modo permanecerían desconocidos para los hispanohablantes. En esta ocasión vamos a hablar de un maravilloso libro de una autora japonesa, Hiromi Kawakami , El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, Barcelona, Ed. Acantilado, 2009. Esta obra, que por lo visto ha sido llevada al cine, recibió en Japón el prestigioso premio Tanizaki y es la primera que de la autora se traduce al español.


Hiromi Kawakami, nacida el uno de abril de 1958 en Tokyo, había comenzado a publicar hacia 1980, pero sólo saltó a la fama en 1994 por Kamisama (Dios). Desde entonces se ha convertido en uno de los autores más populares de Japón. Reconozco que la literatura japonesa empezó a interesarme por un autor del que ya he hablado en esta gacetilla, Shûsaku Endô. De la misma manera, leo con interés a los poetas, teólogos y filósofos japoneses (sin se heiddegeriano, conste). La primera lectura que recuerdo, allá por el año 1978, fue la Teología de dolor de Dios (su título japonés, que memoricé, era algo así como Kami no Itami no Shingaku, de Kazoh Kitamori, editado por la salmatina Sígueme y que fue malentendido por buena parte de la crítica), que se adelantó unos años a las teologías europeas; pero claro, uno de los mejores comentarios que he leído sobre el himno de Filipenses se debe a un monje budista japonés, cuya delicadeza y profundidad son impagables. Lo cito con respeto: Keiji Nishitani, La religión y la nada, Madrid, Ed. Siruela, 2003. Como es sensato, me gusta la poesía nipona: hay haikús maravillosos (aunque, lamentablemente, se ha puesto de moda entra algunos autores occidentales pergeñar haikús como si fuesen churros: un poco más de respeto, señores. Por cierto, hago aguda la palabra, porque tiene mejor sonoridad: haikú).


He leído El cielo es azul, la tierra blanca (Sensei no Kaban, en mejor castellano sería: el cielo es azul; la tierra, blanca. Hay que cuidar estas cosas, por favor...) de un tirón y me ha cautivado como pocas novelas que haya leído en los últimos años. Es un relato muy simple y a la vez con una extraña profundidad, pues es capaz de decirnos lo más complicado en un lenguaje del todo simple—algo que, según Sábato, caracteriza a los buenos escritores. Se trata de la historia de un reencuentro o, si se prefiere, una historia de amor (como reza el súbtítulo) o incluso de la historia de dos soledades que se abrazan. El argumento se podría enunciar de muchas maneras.


Tsukiko Omachi, una mujer que bordea los cuarenta años, es encontrada por un antiguo profesor, Harutsuna Matsumoto, que anda por los setenta, en la taberna regentada por Satoru y comienza ahí una relación que irá transformando a los dos protagonistas. El libro narra con extremada delicadeza la historia de esta relación: empieza por ser compañía que alivia el peso de la soledad (el hecho de no beber solo) para acabar transformándose en un amor capaz de superar las barreras de la edad, pero también las de la educación.


Siguiendo una técnica impresionista, por llamarla así, Kawakami nos muestra la transformación que sufren los personajes con una lentitud extrema, con reiteraciones, acercamientos y desecuentros. Unos ejemplos:

“El maestro y yo no nos hablábamos.
“Eso no significa que no nos viéramos. Nos encontrábamos de vez en cuando en la taberna de siempre, pero no nos dirigíamos la palabra. Entrábamos, nos buscábamos con el rabillo del ojo y simulábamos no habernos visto. Yo fingía no conocerlo, y él hacía lo mismo conmigo.
“Todo empezó el día en que en la pizarra donde anunciaban el plato del día apareció escrito: «Hay guisos». Desde entonces había pasado un mes. A veces nos sentábamos de lado en la barra, pero no nos decíamos nada”
(pág. 31).


“Había metido la pata. Un adulto debe evitar palabras que puedan desconcertar a los demás, y nunca debe decir nada de lo que pueda avergonzarse a la mañana siguiente.
Pero ya era tarde. Quizás se me había escapado por la falta de madurez. Yo nunca sería tan adulta como Takashi Kojima.
—Estoy enamorada de usted—repetí, como si quisiera asegurarme la victoria. El maestro me miraba perplejo”
(pág. 136s).


Si algo cabe destacar de El cielo es azul, la tierra blanca es la delicadeza y la ternura con la que la autora describe una relación imposible. Sólo un pero a la edición: me parece que se debe cuidar algo más la sintaxis española, pues a veces se deslizan algunas incorrecciones que podrían haberse evitado—no cuento ahí la reiteración del verbo “enarcar” provocada por la falta de voluntad para los sinónimos. El libro, maravilloso, no defraudará a quien se acerque a devorarla en poco más de dos horas.


Shalom.

domingo, 30 de agosto de 2009

Remordimientos

EL FIN DEL VERANO

Un libro ¿es un náufrago? Quiero decir, ¿es lícito abandonarlo? No me refiero la costumbre de ir dejando libros por ahí para que otros lo lean, sino al abandono de su lectura. Dejar morir el libro por inanición: el lector se abstiene en el desempeño de su oficio. Siempre tendremos dos versiones, como mínimo: la del lector y la del libro. Éste permanecerá en silencio si lo abandonan; a lo sumo, su presencia en el anaquel o sobre la mesa, porque los libros abandonados tarden mucho en acabar en las estanterías, creará una sensación de malestar y frustración. El lector enunciará las razones de su decisión como un amante despechado, pues el libro prometía más y, ya ves, después de un tiempo no he podido seguir con él: ¿quién abandona a quién?

El verano ha sido siempre la estación de las grandes sagas: Los miserables, Guerra y Paz, Rojo y Negro, La novela de Genji... A principios de este estío, cuando todavía los riachuelos llevaban un hilillo de agua, me las prometí felices: había decidido leer una gran saga en tres gruesos volúmenes cuyo título era un acierto así como las portadas. De hecho las ciento cincuenta primeras páginas las devoré, pero al llegar un poco más adelante me estanqué. Soy de ese tipo de lector que si deja un libro más de dos días—salvo que yo haya caído enfermo—, difícilmente vuelve a cogerlo; pero en mi defensa diré que no es mi costumbre dejar un libro más de dos días. Sin embargo, he dejado ese libro en tres volúmenes que me prometía disfrutar de la lectura... La culpa no es de la obra, sino posiblemente de mi convulsa, como la tierra, situación personal. Volveré sobre el abandonado libro, pero no lo haré el próximo verano, sino antes. Está ahí, sobre una mesa auxiliar, esperándome.

Durante años antes de acostarme siempre escuchaba Here comes the sun. Es una canción hermosa, mucho, ¡y de George Harrison! Harvey Cox, que fue un niño terrible en Harvard, narra una hermosa anécdota con la canción. La he encontrado interpretada por Yo Yo Ma. La dejo aquí, al final del verano.

Shalom.

jueves, 27 de agosto de 2009

Éxito

Dada la cantidad de comentarios recibidos a los últimos añadidos a la gacetilla, mi ánimo está por las nubes. Cuéntese y verán que son innúmeras (como los helenos rubicundos y ojizarcos). Las nubes claro. Pero ¿para quién se escribe? Para que la pared nos devuelva el eco de nuestras propias palabras.
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Hay suicidios que duran toda la vida
pero al final florecen
como los almendros.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Tanto tiempo ha pasado?

Corría el año 1976 cuando vi en Madrid Godspell. Mi fortuna era ser hijo de una mujer inteligente . Regresé con varias camisetas, una sudadera azul y el programa. Debo decir que el texto castellano, que se debía a Martín Descalzo y a José María Pemán, era magnífico y no desmerecía del original inglés (la película tuvo en España mucho menos éxito). Es el Jesús más creíble que yo haya visto en escena y, por fortuna, es un payaso. Los textos ingleses se debían a John-Michael Tebelak y eran fantásticos. Poco antes había asistido yo en Sevilla al estreno de la película Jesucristo Superstar (recuerdo los abucheos de algunos repíos resabiados y la profunda incomprensión de algún comnpañero que estaba, literalmente, manos a la obra). Siempre me gustó la película de Norman Jewison, pero jamás ha alcanzado a emocinarme como Godspell. Y seguro que no es por la edad, aunque las Torres Gemelas ni siquiera están en pie. Sin embargo, los años, más de treinta, han pasado ¿o el que estoy de paso soy yo? Dejo cuatro muestras de Godspell. La última tiene una lectura teológica digna de Herbert Braun.
Shalom.
La primera:
La segunda:
La tercera:
Y la final

Poesía. Ruy Belo

RUY BELO
El problema de la habitación
y de los ciegos que se niegan a ver
¿o es preciso leer a Kierkegaard para entender de poesía?






Leo poesía con frecuencia—no diré que a todas horas, pero sí todos los días; de ninguna manera soy ni me puede considerar nadie un especialista en lírica.. Lo último sería que la cortedad de vista de algunas disciplinas cayera también sobre la poesía... espero que nadie me pille jamás en ese renuncio. Si reconozco alguna autoridad en poesía, es la de los poetas; pocos estudios sobre la poesía me parecen relevantes incluso llegando de la mano de aceptables poetas (por eso no quiero comentar el último libro de Hugo Múgica que he leído: es mejor leer a G. Trankl y no usarlo como pretexto, y digo esto pese a los indudables aciertos del argentino). Excepción hecha, claro está, de Dámaso (que no es aceptable, sino maravilloso) y los buenísimos libros sobre el símbolo de don Carlos Bousoño. Así, leo poesías guiado por mi imperfecta intuición, que no por mi gusto: si por mi gusto de entonces fuese, ¿habría empezado a leer a Celan? ¡Jamás hubiese leído a Bécquer! ¿Quedarse sólo en Juan de la Encina? El propio agrado sólo lo retrata a uno y suele cerrarle horizontes si el lector sólo se deja guiar por él. Creo que fue otro argentino, más egocéntrico que la media, Borges, quien dijo que el tiempo es el mejor antólogo: uno no puede dejar de leer lo que ha perdurado (conozco los inconvenientes de semejante tesis, pero es la que tengo más a mano: el argumento del cuerno de la abundancia, debido al nada poético Kolakowski, podría utilizarse aquí). Mi estupidez es tal que a veces, cuando me pierdo en una librería a leer poemarios buscando algo digno (pues todos sabemos que bajo el epígrafe de “poesía” se esconde mucho engaño editorial y de artistas supuestamente “ferpectos” rematadamente malos) buscando algo digno, digo, llego a comprar libros que ya tengo porque la emoción que me producen algunos versos es siempre nueva y, claro, también está la edad y la cada día más flaca memoria, mas mejor dejo mis penurias en otra parte.

Todo lo anterior es para explicar que el otro día en una de mis incursiones di con un libro muy hermoso de Ruy Belo, El problema de la habitación, Madrid, Ed. Sequitur, 2009. La edición, hecha con el apoyo de del Ministerio de Cultura y del Instituo Camões de Portugal, es por fortuna bilingüe (la traducción al español corre a cargo de Luis González Platón). Yo entiendo aceptablemente el gallego (me encanta Cunqueiro y me aburre Castelao); pero leer portugués me cuesta más trabajo, tanto que a veces lo abandono y vuelvo al castellano. Esto significa: en lo que a mí respecta, la traducción española de los versos de Belo es muy buena. Dicho lo cual, reconozco que sólo conocía a Ruy Belo por un poema suelto (y traducido). Como he referido otras veces, en ocasiones lo que me mueve a comprar un libro es... la portada. Éste ha sido uno de esos casos y, salga el Sol por Antequera, he acertado.

¿Quién es Ruy Belo? Aparte de ser el representado en las fotografías, de El problema de la habitación se desprende que fue un excelente poeta. Ruy de Moura Belo nació en Portugal en 1933 y murió en agosto de 1978. Vivió, por lo tanto, cuarenta y cinco años, que se me antojan muy pocos puesto que yo he sobrepasado esa edad. Digo esto porque acabo de recordar el comentario de uno de los dos (tres tal vez) buenos profesores que he tenido en mi vida: “Prefiero que si cae una bomba me destruya a mí que a la catedral de París porque como yo habrá muchos, pero Nuestra Señora sólo hay una”; pero se equivocaba, porque nunca hubo ni habrá nadie como él: mejor nos deshacemos de todas las bombas, incluidas las dialécticas, ¿no? El poemario que comento vio la luz en 1962, cuando tenía apenas treinta años (yo andaba por los dos) y un año después de abandonar el Opus Dei, dato éste significativo por varias razones (de las cuales casi todas han de decirse contra algunos comentaristas de Belo que he tenido la mala fortuna de leer). Porque El problema de la habitación no es un libro “metafísico” (ni “patafísico” siquiera), sino profundamente religioso en el sentido real del término. De ahí que Kierkegaard forme parte del encabezamiento de este comentario –ο δυνάμενος χωρειν χωρείτω, ¿vale? Lo que sucede es que, para nuestra desgracia (la de aquellos seres que somos movidos por la piedad), cada vez hay menos personas en nuestra cultura con sensibilidad religiosa y, acaso peor, la incultura religiosa es galopante. De ahí que cuando aparecen elementos religiosos muchos sagaces comentaristas sean ciegos*.

Ruy Belo no sólo busca, sino que hace suya buena parte de la noche oscura. ¡Pero no seamos tan torpes de medir la vida por las categorías que generamos a posteriori para decirla! Dejemos esa ardua tarea, burocrática tarea y hasta científica tarea, a los agrimensores. Lo que nos ofrece este poemario, como todos los buenos, es la vida en estado puro (¿no me ha recordado a Ungaretti? Será porque no entiendo mucho, supongo), no tamizada por ideas sino con lágrimas en el rostro de las palabras primitivas. Aquí el cantar es lo más cercano al ser y hasta puede que descubramos que cantar es la única forma digna de ser. Pero se me perdonarán todos los comentarios, pues los escribe la fiebre que me azota hace unos días. Encontré un enlace sobre Ruy Belo escrito con respeto, porque son palabras de un alumno que lo apreciaba:
http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fll/0212999x/articulos/RFRM0808110057A.PDF

Acabo con un poema de El problema de la habitación en el que se encuentran algunos de los versos más profundamente tristes que yo haya leído:



A mão no arado

Feliz aquele que administra sabiamente
a tristeza e aprende a reparti-la pelos dias
Podem passar os meses e os anos nunca lhe faltará.

Oh! como é triste envelhecer à porta
entretecer nas mãos um coração tardio
Oh! como é triste arriscar em humanos regressos
o equilíbrio azul das extremas manhã do verão
ao longo do mar transbordante de nós
no demorado adeus da nossa condição
É triste no jardim a solidão do sol
vê-lo desde or umor e as casas da cidade
até uma vaga promessa de rio
e a pequenina vida que se condece às unhas
Mais triste é termos de nascer e morrer
e haver árvores ao fim da rua

É triste ir pela vida como quem
regressa e entrar humildemente por engano pela morte dentro
É triste no outono concluir
que era o verão a única estação
Passou o solidário vento e não o conhecemos
e não soubemos ir até ao fundo da verdura
como rios que sabem onde encontrar o mar
e com que pontes com que ruas com que gentes com que montes conviver
através de palavras de uma água para sempre dita
Mas o mais triste é recordar os gestos de amanhã

Triste é comprar castanhas despois da tourada
entre o fumo e o domingo na tarde de novembro
e ter como futuro o asfalto e muita gente
e atrás a vida sem nenhuma infância
revendo tudo isto algum tempo depois
A tarde morre pelos dias fora
É muito triste andar per entre Deus ausente

Mas, ó poeta, administra a tristeza sabiamente.


Es muy hermoso.


*Algunos palabras venerables, ante las que yo me inclino, tienen la desgracia de caer en manos de modernos, psicólogos, pedagogos o periodistas. Dentro de poco hasta es posible que alguien prentenda dar lecciones de “filosofía del fútbol” donde el primer sustantivo no significa nada porque el segundo sólo da patadas (bueno, ahora por lo visto es un buen negocio capaz de poner precio a los jugadores). Pero mejor me callo.



Shalom

jueves, 20 de agosto de 2009

Simplemente, escuchadla


John Dowland, músico


Y también, porque los coros añaden algo (pero yo prefiero la primera versión). Tengan paciencia con la presentadora (unos veinte segundos):

lunes, 17 de agosto de 2009

Historias de Pekín

DAMNATIO MEMORIAE
Todos los caballos del Emperador



En la Antigüedad existió una práctica, sobre la que Roma legisló, consistente en la abolición de los recuerdos de una persona: se hacía daño al criminal después de muerto borrando su memoria. En Roma se hacía si el Senado la consideraba especialmente nefasta—el caso de Sejano, que conspiró contra Tiberio pero también el de muchos emperadores. Esta práctica se remonta, al menos, a la época de Amenofis IV, Akhe­natón, quien fue condenado por su reforma tendente a la implantación de una monolatría solar. Sin embargo, sólo en el siglo XX la práctica ha alcanzado una perfección difícilmente imaginable en épocas anteriores, aunque el flujo de la información era menor y, por lo tan­to, más fácilmente controlable. Y han sido los sistemas totalitarios socialistas los que se han llevado la palma. Las imágenes de la China anterior a la revolución socialista de Mao ¿dónde han quedado? Las pesadillas de G. Orwell en 1984 no sólo se hicieron reales, sino que la historia fue reescrista de manera que sea imposible encontrar la verdad en el futuro—esto implica en sí mismo una tragedia para las generaciones futuras. Una observación de pasada: en España estamos asistiendo a una creciente falsificación de nuestros recuerdos no sólo por parte de las series de televisión (nadie fue nunca franquista..., pero cabe recor­dar que el dictador murió en la cama) sino, lo que resulta más peligroso, por parte de algu­nos políticos metidos a historiadores. Borrar los nombres conduce sólo al olvido: ¿por qué en Sevilla se ha cambiado el nombre al puente de El Generalísimo? ¿Nadie se ha dado cuenta de la ridiculez de semejante designación? Piénsese: el Cabísimo o el Sargentísimo. La corrección política acaba dando encefalograma plano.


La historia de la barbarie alcanza su cénit en el siglo XX desmintiendo cualquier idea de progreso histórico (salvo que se entienda como acumulación de medios técnicos de dominación de la naturaleza o al progreso de la barbarie). Es casi imposible ser exhaustivo: el genocidio armenio (¡los jóvenes turcos con su Comité de Unión y Progreso!), la Shoá, el Gulag, Ismail Enver, Hitler, Stalin, Mao, los jmeres rojos, Hiroshima... la lista sería demasiado larga, pero sobre todo dolorosa. Y no hay que olvidarla. Debemos recordar que los bárbaros han estado en el po­der y lo han ejercido sin misericordia generando millones de muertos. El libro que quiero presentar es el de David Kidd, Historias de Pekín, Barcelona, Libros del Asteroide, 2005. Es conscientemente un libro contra el olvido de la maravilla que China fue y, quizás incons­cientemente, sobre la barbarie de la revolución maoísta. Sabemos demasiado sobre Mao como para tenerle alguna simpatía (puede leerse un libro magnífico sobre el genocida chi­no escrito por Jung Chang, Mao. La historia desconocida, Madrid, Ed. Taurus, 2006), pero el testimonio de Kidd sobre los efectos reales de la revolución y la aniquilación del pasado como sistema de construcción (pero de la nada, ¡ay!, nada sale) me conmueven profunda­mente. Kidd ha escrito un libro que, como él mismo dice, debería haber sido la obra de algún joven becado. Sin duda son sus recuerdos, pero nos da mucho más. Por una parte, la maravillosa sensibilidad estética oriental (que a nosotros ha llegado sobre todo a través de Japón), de los puentes entre culturas sin anular los ríos, que fecundan ambas orillas; pero por otra aparece también la barbarie de los occidentales (que usan las pequeñas estatuas de buda como blancos para sus ejercicios de tiro), el resentimiento y la abolición del pasado, la ignorancia que disfruta con la destrucción de lo que es incapaz de comprender... David Kidd nos ha dejado un libro magnífico que se lee con creciente interés y con pena. No quedará defraudado quien entre en Historias de Pekín, que debiera haber conservado su primer y más hermoso nombre, All the Emperor´s Horses, porque es un libro lleno de la nostalgia por un mundo que jamás volverá.



Shalom.

jueves, 6 de agosto de 2009

Ensayo. Filosofía y Teología.

PROVOCACIÓN
Sobre un libro de MANFRED LÜTZ



Quiero presentar el libro del médico alemán Manfred Lütz (también es psicoterapeuta y teólogo, conste), Dios. Una breve historia del Eterno, Santander, Ed. Sal Te­rrae, 2009. Se trata de una apuesta arriesgada en el debate sobre la existencia de Dios. Y he dicho “arriesgada” no por el debate en sí mismo, sino por el tono en que Lütz ha escrito su libro: se trata de una obra divulgativa, pero que no rehúye la polémica. La pegunta por la existencia de Dios se torna aquí más existencial que intelectual, pero esto no quiere decir que el autor no razone, sino que busca esa razón “cálida” que hunde sus raíces en la vida. Su lectura es recomendable sobre todo si se permanece en la búsqueda—no sólo de respuestas, sino también de preguntas. Dios. Una breve historia del Eterno hace un recorrido por la historia del pensamiento occidental analizando los argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios. El tono es divulgativo, pero no por eso deja de ser un libro bien pensado y resuelto. El problema no es el libro, sino sin duda las opiniones que se vertirán en torno a sus argumentos, pues cuando hablamos de “letras” parece que cada uno puede decir el disparate que se le ocurra sin la más mínima, y sensata, reflexión.


En nuestro mundo las Geisteswissenschaften no gozan de un estatuto público acepta­ble pese a las declaraciones de abnegados estudiosos. En español no tenemos equi­valente en una sola palabra para Geisteswissenschaften; su traducción usual es “ciencias del espíri­tu”, cuyo equivalente aproximado es el de “humanidades”, aunque de esta manera hemos entregado por completo el concepto de ciencia a las naturales. ¡Tiempos aquellos en que las scientiae por excelencia era la Teología y la Filosofía! Ambas disciplinas pasan hoy, por lo menos, como acientíficas. Sin embargo, Dilthey introdujo el término Geisteswissenschaf­ten para evitar pre­cisamente eso. También se escucha hablar de “ciencias duras” y, un poco menos, de “ciencias blandas”, aunque el resultado—la exclusión de las disciplinas humanís­ticas del campo de las ciencias—acaba siendo el mismo. El prestigio social de las ciencias matematizables (me refiero a aquellas disciplinas cuyos resultados son reductibles a la lógica binaria y esto hoy sig­nifica que se pueden procesar) es enorme debido al poder que otorgan: véase lo que han hecho de nuestro mundo—pues los problemas mediam­bientales, de armamento, etc. se deben, sin ninguna duda, al desarrollo de las ciencias ma­tematizables. Sin embargo, como la mate­mática misma, no pasan de ser conjuntos de pro­posiciones tautológicas cuyo resultado se conoce de antemano, aunque no con precisión (la “x” de una ecuación, decía Adorno, es siempre un número); a modo y manera de pro­vocación diré: la teoría de la evo­lución, si realmente es una teoría y no un conjunto de pro­posiciones aún sin unificar, no parece más que un conjunto de proposiciones que no apor­tan información sino a la vista de lo ya acontecido porque las previsiones con riesgo no pue­den falsarse, en el caso, sino acontecidos los cambios. Las ciencias matemáti­cas proce­den (Popper dixit) por negación de las teorías previas (para conocer un modelo fí­sico nue­vo no sirve de nada conocer el anti­guo: las teorías se sustituyen y no se solapan). Dado el presti­gio social de las ciencias, los científicos suelen aparecer en los medios de manipulac­ión de masas como auténticos gu­rús, libres de todo prejuicio y sin otra responsabilidad que su sa­ber (no son profesores de las universidades, no cobran, no tienen intereses econó­micos, fa­miliares o empresariales, no tienen opiniones previas... vamos que no aprendie­ron a hablar y su gramática es otra). Sin embargo, conocen una parcela peque­ñísima de un campo ya pequeño; aún así algunos imprudentes (pienso en uno que estudio Derecho y capaz de opinar de absolutamente todo—es lo que da haber sido ministro—, pero también en otros menos conspicuos) pien­san que las ciencias matemáticas tendrán respuesta para todo—una hermosa proposición autorreferente, pero ¡qué importa! si se le da apariencia razona­ble—y de esta manera nuestras Geisteswissenschaften quedan arrumbadas, arruinadas y convertidas en algo de lo que se puede hablar con total impunidad y sin la má mínima me­ditación. Esto se manifies­ta en el popular dicho “sobre gustos no hay nada escrito” lo cual, además de falso, porque hay muchísimo escrito, sólo dice que lo subjetivo es subjetivo, aporte de información ma­yúsculo. En fin, la inteligencia políticamente correcta (es el dis­fraz de la estupidez, no se olvide) acaba contando las palabras de un poema y haciendo que el comentario gire en torno al número de veces que se cita una palabra; conozco tesis doctorales en filología hispánica que han procedido exactamente así y monografías históricas cuyo mayor mérito es que sus autores saben contar. Acabamos equiparan­do a Federico García Lorca con... mejor ni pensarlo. Lo decía Sábato es un maravilloso texto:

Cuestiones como la caída de la manzana sobre la cabeza de Newton, la existencia de las cataratas de Iguazú, la fórmula del movimiento acelerado y el accidente de Cyrano, pueden reunirse exitosamente en la proposición: “El tensor g es nulo”, que, como observa Eddington, tiene el mérito de la concisión, ya que no el de la claridad... El poder de la ciencia se adquiere gracias a una especie de pacto con el diablo: a costa de la progresiva evanescencia del mundo cotidiano. [El hombre] llega a ser monar­ca, pero, cuando lo logra, su reino es apenas un reino de fantas­mas... La infinita variedad de concreciones que forma el universo que nos rodea desaparece; primero, queda el con­cepto “cuerpo”, que es bastante abstracto, y si seguimos adelante apenas quedará el concepto de “materia”, que todavía es más vago: el soporte o maniquí de cualquier traje.
El universo que nos rodea es el universo de los colo­res, sonidos y olores; todo esto desaparece frente a los aparatos científicos, como una formidable fantasmagoría.
El poeta nos dice:
El aire en el huerto orea y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.
Pero el análisis científico es deprimente: como los hombres que ingresan en una penitenciaría, las sensaciones se convierten en números. El verde de aquellos árboles que el aire menea ocupa una zona del espectro alrededor de las 5.000 unidades Angström; el manso ruido es captado por micrófonos y descompuesto en un conjunto de ondas caracte­rizadas cada una por un número; en cuanto al olvido del oro y del cetro, queda fuera de la jurisdic­ción del cien­tífico, porque no es susceptible de convertirse en matemá­tica.
El mundo de la ciencia ignora los valores (Ernesto Sábato, Uno y el Universo, Barcelona 1981, págs. 27-29; ahora se puede encontrar en Alianza con el título Hombres y engranajes. Heterodoxia). Para quien no lo sepa, E. Sábato comenzó su carrera como científico y en calidad de tal fue becado a París. Posteriormente cambió de orientación y se dedicó a la literatura gracias a lo cual algunos de sus compañeros científicos demostraron que la amistad es falsable, pues le retiraron la palabra).

De todo esto, y de mucho más, nos habla el libro de Manfred Lütz. Espero que quien lo lea, disfrute. Shalom.

lunes, 27 de julio de 2009

Ensayo

NATALIA GINZBURG


Durante un tiempo he estado ausente por ocupaciones, algunas tienen, desde luego, más importancia que esta gacetilla; pero como no está bien abandonar lo que se ha comen­zado si no hay razones de peso—y no las tengo—, me gustaría poder seguir realizando al­gunos comentarios a libros. Para inaugurar esta temporada, en plena canícula aunque no­sotros no seamos caniculares, he elegido dos lirbros de Natalia Ginzburg, Las pequeñas vir­tudes, Barcelona, Ed. Acantilado, 2002, y Ensayos, Barcelona, Ed. Lumen, 2009.


La autora, nacida en Palermo en 1916, tuvo una agitada vida al menos hasta el final de la Segunda Gran Guerra. Adoptó el apellido de su esposo, Leone Ginzburg, porque su apellido paterno era Levi. De hecho su padre, médico de profesión y profesor universita­rio, aunque no era practicante, procedía de una familia judía. Su madre, Livia Tanzi, era hija de un conocido abogado socialista y cristiana practicante; de manera que la educación que recibió Natalia Levi Tanzi se concentran buena parte de las tradiciones que han con­formado a la Vieja Europa: el cristianismo, el judaísmo, por una parte, y el liberalismo y el socialismo por otra. Leyendo a Natalia Ginzburg uno percibe exactamente esto: es una au­téntica europea. Sin embargo, nuestra autora no acudió al colegio desde pequeña, sino que, como era costumbre en muchos lugares, sus primeros estudios los realizó en casa: "Cursé toda la enseñanza elemental en casa, porque mi padre decía que en las escuelas públicas los niños contraían enfermedades" (Infancia, en: Ensayos, pág. 72). La calidad humana y lite­raria de Natalia Ginzburg debería servirnos de aviso en este caso a la hora de entender la educación obligatoria como escolarización obligatoria..., pero no quiero perderme hoy. Na­talia se casó con Leone Ginzburg, de origen ucraniano y de familia judía, en 1938. Leone había sido profesor de la Universidad de Turín y fundado, junto a Giulio Einaudi, la editorial Einaudi en la que Natalia Ginzburg acabará trabajando. Durante la guerra la familia Ginzburg, por sus orígenes judíos y por el compromiso político de Leone (que había sido "invitado" a abandonar la Universidad por negarse a prestar el juramento fascista y que había sido detenido en dos ocasiones antes de su boda por su actividad política) cambió con frecuencia de residencia (de hecho, fueron confinados en un pueblecito de los Abruzos del que Natalia deja un extraordinario recuerdo en Invierno en los Abruzos, en: Las pequeñas virtudes) hasta que, por desgracia, Leone fue detenido y encarcelado en la famosa prisión romana, controlada por los alemanes, de Regina Coeli donde murió sin que Natalia ni ninguno de sus hijos pudiera verlo desde su encarcelamiento.


Lógicamente, todas estas experiencias marcaron en profundidad la vida de Natalia, que al finalizar la guerra consiguió trabajo en Einaudi (Ensayos: La pereza) y se dedicó a escribir. Fruto de ese trabajo, con todos sus rastros de abandono, dolor y soledad, son los dos libros de los que hablo. Son ambos recopilaciones de artículos, discursos y otros escritos publicados entre 1944 y 1990 (la autora murió en 1991). Recorren, por lo tanto, toda la segunda mitad de ese siglo maldito, el siglo XX, que ha visto no sólo el genocidio armenio, sino también el judío; no sólo la Primera, sino también la Segunda Gran Guerra. No sólo el Gran Berta, sino también la Bomba H, no sólo Auschwitz, sino también el Gulag, las purgas de Mao y los jmeres rojos. Y realizan este recorrido de manera persona: en ellos se nos aparece directamente Natalia Ginzburg como una mujer inteligente, luchadora y, sobre todo, con una capacidad de juicio mesurado que sorprende, sobre todo hoy, acostumbrados como estamos a que sólo se oiga a los que gritan. Natalia Ginzburg, por el contrario, no grita: nos habla en voz baja llevándonos al terreno de una experiencia personal—todos las tenemos—cuya principal característica es haber pasado por el profundo tamiz de la reflexión. Esto se aprecia no sólo en sus relatos más personales (magnífico Los zapatos rotos), sino en aquellos que tienen un calado social, religioso y político.



Uno puede estar de acuerdo o disentir de las afirmaciones de Ginzburg, pero lo que no puede es negar la sensibilidad que esta maravillosa mujer muestra en sus reflexiones. A mí, por ejemplo, el artículo Las pequeñas virtudes me suscita muchas dudas y no pienso que la forma de educar a los hijos propuesta sea necesariamente la mejor; pero de lo que no me cupo la menor duda (y no porque yo sea bajito y pequeño) es de que la educación debe plantearse en términos parecidos, pues los "valores" (que se me perdone la palabreja) no se enseñan sino como conductas. Si tuviese que recomendar algún capítulo, no sabría decidirme (Sobre creer y no creer en Dios, Él y yo, Las relaciones humanas, Berlinguer...). Los dos libros, Las pequeñas virtudes y Ensayos (éste ha sido un éxito editorial en Italia), tienen la ventaja, pensando en los lectores que se cansan con facilidad, de estar compuestos de capítulos breves que se pueden leer de forma totalmente independiente. Quien se acerque a Ginzburg descubrirá uno de los testimonios más simples y más impresionantes del significado de la cultura europea. Shalom.

domingo, 7 de junio de 2009

Géza von Cziffra sobre Joseph Roth

EL SANTO BEBEDOR

EL SANTO BEBEDOR
No recuerdo haber hablado en esta gacetilla del que es quizás el escritor al que más amo, el gran Joseph Roth. Lo descubrí cuando cayó en mis manos La leyenda del santo be­bedor, Barcelona, Ed. Anagrama, 1981, la última novela que escribió como un autorretrato. Después fueron cayendo en mis manos otras novelas y colecciones de artículos del último escritor del Imperio Habsburgo. No sólo me gustan sus temas y cómo escribe, sino la per­sona misma de Roth me parece digna de amor—literalmente amable. Su biografía es de so­bra conocida, pese a las dudas que nos asaltan en algunos asuntos porque el mismo Roth contribuyó a rodearse de una nebulosa. Sin duda, nació en Galitzia, en la ciudad de Brody (en la que la mayoría de la población, quizás un setenta por ciento, era judía) en 1894. Gali­tzia, que inicialmente había sido una región polaca, pasó a manos del Imperio Austro-Húngaro hacia 1772 y tras la Primera Gran Guerra volvió a manos polacas (hasta que la URSS la dividió entre Ucrania y Polonia). Se trata, por tanto, de un territorio limítrofe, cru­ce de lenguas y tradiciones. Roth nació y creció allí; sin embargo, Roth escribió en alemán y culturalmente pertenecía al Imperio—aunque al final este estado fue sólo su sombra aus­tríaca, tragada por la política brutal de Anschluss hitleriano. Desde 1918 la vida de Joseph Roth fue la búsqueda de un hogar perdido y, de hecho, nunca tuvo una residencia fija, sino que saltaba de ciudad en ciudad y de hotel en hotel.

Acaba de publicarse el libro de Géza von Cziffra, El santo bebedor. Recuerdos de Jose­ph Roth, Barcelona, Ed. Acantilado, 2009. Anteriormente, si no me equivoco, la editorial as­turiana TREA había publicado la obra (editorial que tiene una distribución cuanto menos canalla). No se trata de una biografía, sino de una colección de recuerdos escrita no sólo desde la admiración, sino sobre todo desde el cariño. Géza von Cziffra (1900-1989) conoció a Roth hacia finales de 1924 en el Romanisches Cafe de Berlín. Comenzó así una amistad que se mantendría hasta la muerte del escritor el 27 de mayo de 1939. El santo bebedor se lee de un tirón con la alegría de un reencuentro. Yo había leído el libro que Soma Morgens­tern había publicado sobre su “amigo” Roth, Huida y fin de Joseph Roth, Valencia, Ed. Pre-Textos, 22008. En buena medida me pareció un ajuste de cuentas injusto. Quizás esto se deba a que admiro mucho más a Roth que al también escritor de Galitzia Morgenstern. Te­mía que el librito de von Cziffra me causase la misma impresión; pero no ha habido nada de eso, pues está escrito desde el respeto por alguien que fue bueno y que se dio generosa­mente a los demás—ciertamente, también se dio al alcohol, que tuvo buena parte de culpa en la muerte de Roth, pero nosotros no hablamos nunca de personas perfectas, sino de se­res humanos de carne y sangre.


Si algo se trasluce en el encantador libro de von Cziffra es que nuestro amigo Joseph Roth, a diferencia de la gran mayoría de sus contemporáneos, no fue un fanático ni se dejó llevar por ideas que hicieran daño a los hombres. No: Roth ponía por delante a las perso­nas y eso le llevó a ser orillado de los círculos de la intelectualidad vienesa. Ciertamente, conoció e hizo amigos: Zweig, Musil, von Horváth, Mann..., pero no se instaló en ninguno de los círculos de la época. Quizás Roth, el judío católico, había nacido descolocado, pero eso lo hace aún más atractivo; sus únicos anclajes eran las personas, especialmente su es­posa Friedl (que acabó ingresada en un sanatorio psiquiátrico y de cuya enfermedad se culpó Roth toda la vida. Friedl Reichler, cuya fecha de nacimiento desconozco, sobrevivió a Roth un año... para acabar siendo víctima de los programas eugenésicos del Anticristo). El santo bebedor está lleno de pinceladas que nos permiten permiten acercarnos lo suficiente a Roth como para perfilar el retrato de un ser humano cuya vida estuvo marcada por la compasión. En su honor hay que señalar no sólo que los descerebrados quemasen sus li­bros, sino que hizo frente a la Bestia y, aún borracho, tenía la suficiente lucidez como para saber que un mundo se terminaba por el creciente embrutecimiento de los seres humanos.


El entierro de Roth fue tan paradójico como su vida—una parábola si se quiere. No hay ni cruz ni estrella de David sobre la lápida que cubre sus restos. Se dijo una oración por él, cuyos libros fueron escritos de cara al Eterno, pero no tuvo ni kaddish ni misa fúnebre; quizás, si se me permite, porque para Dios todos estamos vivos.


Hoy sólo quiero recomendar la lectura del libro de recuerdos de Géza von Cziffra y, con ello, animar a que quien pueda entre en el maravilloso mundo de Joseph Roth, un poe­ta austríaco, un judío de Galitzia, un católico entre paganos, el último escritor del Imperio Habsburgo.
Las fotografías: Joseph Rotod; Friedl; Roth con Zweig.
A todos, Shalom.

domingo, 24 de mayo de 2009

Exégesis

JESUCRISTO NO ES UN OVNI


Este domingo –dies natalis solis– es la fiesta de la Ascensión. Hace unos años se celebraba en jueves: “Tres jueves hay en el años que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. La presencia de lo cristiano en las sociedades occidentales ha cambiado (la secularización) ofreciéndole la oportunidad –como quería Harvey Cox– de hacerse más auténtica. La presión social nunca es buena para la fe cristiana –pues olvida algo fundamental: que esa fe es gracia y que sin libertad no hay posibilidad siquiera de fe. Sin embargo, la incultura religiosa galopante que nos invade no es sólo cosa de los jóvenes: también los supuestamente formados recibieron una cultura cristiana deficiente (tanto que a veces podría pensarse que era anticristiana), pues quizás sepan reconocer a un San Esteban, pero la lectura de las fuentes cristianas se hizo bajo métodos no sólo anticuados, sino con frecuencia ridículos (algún día habrá de reconocerse públicamente el daño que el nacionalcatolicismo –una contradicción– hizo a la intelección de la fe cristiana).

El relato de Lucas de la ascensión ha sido víctima de estas lecturas entre populares y delirantes. De los cuatro evangelios canónicos, sólo dos la refieren; pero el texto que aparece en el evangelio de Marcos es el más tardío y representa, sin duda, un intento de armonización basado en el relato de Lucas. De hecho, es un añadido al evangelio de Marcos escrito por una mano claramente distinta –algo en lo que la práctica totalidad de los exégetas está de acuerdo. Sin duda el concepto de “ascensión” contiene un fuerte simbolismo, pues “lo alto” era el ámbito de Dios (especialmente en las tradiciones religiosas que asocian la luz o el viento a lo divino. El siglo pasado Paul Tillich propuso, creo que con buen criterio, cambiar la imagen de altura por la de profundidad). Al decir que Jesús “ha ascendido al cielo” lo que se está diciendo es que ahora ha pasado y se encuentra en el ámbito divino. En la cosmovisión mesopotámica el mundo (= cosmos = orden) estaba dividido en tres partes: las aguas debajo de la tierra (allí se encontraban el sheol bíblico y el hades griego); la tierra, que sujetaba la bóveda del cielo, que retenía las aguas celestes sobre las cuales se encontraba el mundo divino. El pensamiento bíblico, sin duda, introdujo importantes cambios, pues entendió a Dios como Creador y con ello dejó claro que no era un objeto mundano (por eso a Dios no se le puede “encontrar” en el mundo como un objeto ni se le puede representar: recuérdese el primer mandamiento). Esta cosmovisión antigua hizo que la misión de Jesucristo se interpretase en algunos textos del Nuevo Testamento en el esquema siguiente: descenso-muerte/resurrección-ascensión. Sin embargo, esta visión continuó idéntica cuando cambio el modo de ver la totalidad de los creado (de la misma manera que nosotros decimos que “el sol sale” cuando sabemos que lo que acontece es el movimiento de rotación de la Tierra) y las gentes siguieron imaginando que Dios “estaba” en el cielo –ubicado en un lugar físico*. No conviene confundir el lenguaje imaginario con descripciones ni físicas ni metafísicas: Jesús –con todo mi respeto– no es un ovni que esté a punto de alcanzar Saturno. Podemos decir entonces que la ascensión es otra forma de interpretar lo que le sucedió a Jesucristo tras su muerte. Será algo parecido lo que pase con Pentecostés.

Lucas construyó la narración como una secuencia temporal y eso ha hecho que en el calendario cristiano aparezcan tres fiestas: Pascua, Ascensión y Pentecostés. Sin embargo, parece claro que el evangelista se está refiriendo a una única realidad. Jesucristo dice al final de Mateo: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del los tiempos”; así que, según su palabra, no ha dejado a sus discípulos; por eso tampoco se puede entender la parusía como regreso del que se ha ido. ¿Entonces? La ascensión no quiere significar que Jesús se haya ido, sino que está presente de otra manera, y los cristianos deben tener la suficiente sensibilidad para captar esa presencia. Creo que ser cristiano es en buena medida ser capaz de captar esta presencia misteriosa (como un exceso de luz, no como oscuridad) del Señor Jesús en el prójimo y en uno mismo, pero también en los sacramentos que celebra la Iglesia.

* De ahí los problemas en los siglos XVI y XVII, pues la des-ubi-cación de Dios era popularmente entendida como la negación de Dios, el primer paso hacia un mundo a-teo. Realmente, para la fe cristiana el mundo no es Dios ni éste es un objeto mundano, con lo que puede aceptarse que el mundo es a-teo. Ahora bien, ese mundo acabó por entenderse como un todo cerrado cabe sí excluyendo todo otro diferente –en realidad, el mundo enclaustro es idéntico a sí mismo y no cabe nada diferente; por eso no dejarán de asombrarnos los defensores de la diferencia que, en realidad, defienden la identidad de lo mismo. Contra estos tales ya nos previno Adorno. A todos, Shalom.

domingo, 17 de mayo de 2009

Arnold Schönberg

La música de Arnold Schönberg se programa con mucha menos frecuencia que la de sus contemporáneos. He pensado esto a propósito de las reflexiones sobre el arte que hice el otro día. ¿Hace esto peor a Schönberg, el austríaco, que al insoportable francés Ravel? ¿Hace el éxito la obra de arte? El Griego fracasó al menos parcialmente; también el holandés pelirrojo; pero lo más doloroso es que nunca sabremos nada de otros cuya obra murió con ellos -pienso en pintores, músicos, pero sobre todo en escritores -todos conocemos el caso Kafka y el de Emily Dickinson.

Sin duda, muchos entre nosotros no serán capaces de soportar la música de Schönberg y esto, a los ojos de algunos, es suficiente para descalificar la obra del compositor austríaco. Por el mismo criterio -y sin entrar en discusiones sobre la belleza natural- deberían ciertos individuos descalificar a Dios por el simple hecho de que los hombres de ciudad no sean capaces de sorportar un amanecer o no comprendan en absoluto la belleza de un paisaje no tocado por mano humana. Esto es quizás lo que cabría llamar transcendencia; pero no quiero ponerme taciturno precisamente hoy que es domingo*. No se trata de que yo encuentre hermosa la música de Schönberg (y así la vivo), sino que ella es capaz de ubicarme de una manera diferente en el mundo. Quizás de una obra de arte lo importante no es lo que pensemos nosotros, sino lo que piense ella de nosotros -y esto no es un mero retruécano.

Coloco aquí un vídeo con música de Schönberg, La noche transfigurada, y un pequeño poema de Dickinson en versión de Silvina Ocampo. Y, de paso, aprovecho para recomendar la lectura del libro de Jordi Pons, Arnold Schönberg. Ética, estética, religión, Barcelona, Ed. El Acantilado, 2006.



Que yo siempre amé...

Que yo siempre amé
yo te traigo la prueba
que hasta que amé
yo nunca viví -bastante-

que yo amaré siempre
te lo discutiré
que amor es vida
y vida inmortalidad

esto -si lo dudas- querido,
entonces yo no tengo
nada que mostrar
salvo el calvario

*Los domingos de mi infancia los tengo asociados a la angustia. Siendo yo niño teníamos clase los sábados por la mañana de manera que el fin de semana se nos hacía muy corto. El domingo por la tarde, sin haber hecho los deberes que nos mandaba, me agobiaba: la tarde era interminable agónica, pero desde luego por entonces no se me ocurría hacer los deberes, sino que me limitaba a disfrutar de mi angustia.

sábado, 16 de mayo de 2009

Una anécdota lingüística

Hace ya muchos años un alumno, de cuyo nombre no quiero acordarme, escribió para disculparse por una repetición: "Valga la rebuznancia". Nunca conseguí averiguar si se trataba de un guiño o de una verdadera rebuznancia; pero durante años guardé el examen como una joya.

viernes, 15 de mayo de 2009

Arte

¿Qué le diría Giotto a Chagall? ¿Admiraría su obra o estaría preso de su época? Pocos pintores me emocionan más que éstos. Claro: sin contar al Griego y el maravilloso cuadro, casi escondido, que de un español hay en París. Esta última obra es capaz de transfigurar lo que a muchos le podría parecer repulsivo y manifiesta la belleza de lo humano aun cuando eso humano aparezca negado en la mirada del espectador. Quizás debido a esto se trata de una obra profundamente cristiana; tal vez eso que acontece ahí (pues sigue creyendo que en todo arte verdadero, ya se trate de literatura, arquitectura, pintura o escultura, acontece algo) es lo que hubiera provocado un gesto asustado en Nietzsche. Sin embargo, ... ¿quién está más loco? ¿El que extrae la piedra? ¿El que que supuestamente la tiene en su cabeza? ¿O el loco es quizás el artista que ha dibujado semejante locura?

miércoles, 13 de mayo de 2009

Filosofía y arte

FILOSOFÍA Y ARTE
¿Qué haría Velázquez en el siglo XXI?





Es posible que la pregunta formulada en el encabezamiento sea un resumen aceptable del libro que quiero presentar: Konrad Paul Liessmann, Filosofía del arte moderno, Barcelona, Ed. Herder, 2006 (página en la Red: http://www.herdereditorial.com/ ). En una gacetilla como ésta es difícil hacer un comentario que haga justicia al libro, pero no por el medio sino por quien en él escribe, que de ninguna manera es un experto ni en estética ni en la mucho más dudosa filosofía del arte.

La solapa del libro -magníficamente editado por Herder, editorial a la que antes frecuentaba pero que dada las condiciones del mercado ha entrado en una línea que a veces causa perplejidad- nos informa sobre el autor: nacido en Villach (un precioso pueblo en Carintia a medio camino entre Salzburgo y Venecia) en 1953 estudió Filología Germánica, Filosofía e Historia en Viena. En la actualidad es profesor en la facultad de Ciencias de la Educación de la capital austríaca. La solapa nos habla de los premios, libros y preocupaciones del profesor Liessmann, pero se olvida decir lo más importante, a saber, que se trata de una persona inteligente y con una magnífica capacidad de síntesis (cosas éstas que no se deducen de ninguno de los datos anteriores, conste). Porque Filosofía del arte moderno es uno de esos libros que ahorra la lectura de muchos libros y que, además, nos ofrece la posibilidad de pensar.

Filosofía del arte moderno es un recorrido por los principales autores (ciertamente, casi todos ellos pertenecientes al ámbito lingüístico del alemán) que desde Kant han abordado el problema de la belleza y del arte -tentado estaba de decir “el problema de la belleza en el arte”, pero eso supondría tomar partido. Y lo tomaré quizás, para más adelante. Partiendo del filósofo de Könisberg se pasa por Hegel para llegar al romanticismo; ahí un primer balance. El recorrido se retoma de la mano de Søren Kierkegaard (la ironía) para desembocar muy superficialmente en Schopenhauer (cosa que me parece inevitable, pues la sombra de Hegel sigue siendo alargada) y algo más profundamente en Nietzsche. Con el de Röcken se ha puesto pie en el siglo XX en el que se entra, ¿cómo no?, más de la mano de la sociología -Georg Simmel y el primer marxista, Georg Lukács. Desde aquí se llega, caminando hacia el pasado, a Konrad Fiedler para volcarse en el inconfundible Walter Benjamin y en una interesantísima reflexión sobre Günther Anders. Aquí una parada para tomar aliento, porque se llega al autor que quizás representa la máxima aportación a la estética en el siglo XX, Theodor Adorno, al que se aborda pero no con profundidad, pues requeriría una obra aparte. Adorno es claramente una línea divisoria, porque los demás vienen después de Adorno, es decir, no pueden evitar pensar a partir de él. Tanto Arthur Danto como los posteriores beben de fuentes adornianas salvo, claro está, Hans Sedlmayr. El capítulo dedicado a éste y a Arnold Gehlen, que en nuestro país se hizo conocido por su antropología, nos sorprende dedicándole varias páginas a nuestro don José Ortega y Gasset (que en ningún caso fue un maestro en el erial: las venganzas de los mediocres serán siempre mediocres venganzas). Don José quizás hubiese meneado la cabeza quejoso, pues él que tan bien hablaba francés siempre fue mejor conocido en Alemania (y allí envió a Zubiri). Los ecos de aquella fama aún perduran, pero va siendo obra de justicia recordar a Ortega y Gasset del olvido en el que los estudiosos españoles, que no merecen el nombre de filósofos, lo han dejado. En este entramado es cuanto menos curioso que Liessmann no le haya hincado el diente al amigo Martin Heidegger, que tantos esfuerzos realizó por pensar en el arte (recuérdese Caminos del bosque o Arte y poesía, por ejemplo, o sus intentos de ser alcanzado por Celan). No consigo explicarme esta ausencia -más cuando casi todas las lecturas que hoy se hacen de Nietzsche nos los ofrecen pasado por el horno heideggeriano. Se entiende que Wittgenstein esté ausente (aunque austríaco era como el autor de nuestro libro), se puede aceptar que no aparezca Gadamer (alemán también, pero discípulo de Heidegger) estén ausentes o que incluso las reflexiones de algunos artistas, pero ¿cómo se puede esconder a Heidegger? Sobre todo cuando la parte final del libro aparece dedicada a los problemas de la Modernidad y Posmodernidad -donde sí se hacen presentes los franceses: Lyotard, Foucault). El libro termina realmente con la presentación de la teoría de lo nuevo de Boris Groys (cuyas tesis quedaría anuladas con sólo preguntar por el archivero), pues los dos epígrafes finales son más bien un compedio de problemas (no de soluciones) y pistas para el futuro de la reflexión estética.

No quiero aquí resumir tesis, sino animar a la lectura del libro o, al menos, a la reflexión sobre el arte. Pero antes haré una observación general a Filosofía del arte moderno: se dice que para los martillos todos los objetos tienen la forma de clavos (y hasta es posible que un martillo sea ciego para la mayor parte de los objetos no catalogables como clavos); es decir, cualquier reflexión que hoy se quiera crítica debe pensar primero el concepto de razón que se está usando y no darlo por supuesto (Hegel nos enseñó esto). Con esto no quiero decir que los problemas espistemológicos deban llevarse la parte del león, pero al pensar el arte deben pensarse tanto el pensamiento como el arte, y precisamente la reflexión sobre el pensamiento que piensa el arte está ausente de este estudio. Esto no la invalida de ninguna manera, pero muestra una de sus debilidades, porque ¿no se puede pensar de otro modo? Podríamos acercarnos a un pensamiento con imágenes o en el que la vida (de nuevo Ortega) no estuviese presente sólo como horizonte externo. Claro que, posiblemente, la intención (había escrito por error una palabra inexistente pero curiosa: “intentación”) de Liessmann sea fundamentalmente la de hacer un recorrido por la historia de la filosofía que parece desde Hegel la única forma de hacer filosofía. En cualquier caso, Liessmann piensa desde la fragmentación moderna y eso es precisamente lo que yo pondría en tela de juicio.

¿Qué hace hoy que un objeto sea arte? ¿El hecho de estar recluido en un museo? ¿Su precio en el mercado? ¿Qué tienen que ver la belleza y el arte? ¿Puede pensarse la belleza de lo feo? ¿Puede sobrevivir el arte en una sociedad deshumanizada o es el arte mismo el que ha provocado, al menos en parte, semejante deshumanización? ¿Tiene el arte algo que ver con las necesidades humanas o con la vida? (al hacer esta pregunta me he imaginado a Jürgen Habermas compungido, pero puedo decir que he leído Conocimiento e interés,conste). ¿Debe el arte abrirnos más allá, a una Transcendencia? ¿Qué relación debemos establecer entre belleza y bien? ¿Nos despedimos para siempre de la unidad de los transcendentales?

¿Son arte? ¿Por qué son arte o por qué no lo son?

















Una pregunta última, antes del humor (¿o del arte?): en una sociedad que vive encerrada en sí, que ha clausurado el mundo cabe sí misma, ¿no debería el arte indicar al menos -de la forma que fuese- una grieta en esa clausura? Siempre he defendido que pensar la fe es pensar la grieta del mundo; pero como creo que la realidad se nos ofrece como un todo, el arte ¿no debería sumarse? Claro, ya se sabe entonces que no comprendo demasiado bien el arte por el arte, pues me parece pura tautología. Más bien, con Adorno, hay que osar decir lo indecible. A todos, shalom.



jueves, 30 de abril de 2009

Gonzalo Hidalgo Bayal



TRES ÉPOCAS




Uno de los primeros libros que comenté en esta gacetilla fue Campo de amapolas blancas de cuyo autor dije: “La escritura de Gonzalo Hidalgo es una de ésas que uno acaba, sanamente, envidiando”. Hoy vengo a hablar de la última novela que ha publicado Gonzalo Hidalgo Bayal, El espíritu áspero, Barcelona, Ed. Tusquets, 2009. Mi opinión sobre el autor ha mejorado, si es que tal cosa era posible.

Se trata, me parece, de la novela más ambiciosa que he leído de Gonzalo Hialgo Bayal (me refiero a Paradoja del interventor y a la ya citada Campo de amapolas blancas) no sólo por su extensión sino por la construcción del relato. el narrador –el propio Bayal profesor de instituto– nos cuenta la vida de don Gumersindo (Beatus ivre, Sín, Mus, don Gerundio…) en tres etapas diferentes a partir de unas memorias escritas por el profesor. El relato arranca del banquete de jubilación de don Gumersindo y, con la lentitud de un río en su cauce bajo, se abre en tres épocas: la infancia en Casas del Juglar, en Muriana con los padres hervacianos y en el Madrid republicano; los años finales de su labor docente y sus últimos años. Sin duda, el grueso de la novela se lo lleva la primera parte en la que emerge con fuerza un personaje secundario cuya personalidad se come a la del resto, Pedro Cabañuelas (sin dudas, el Canícula). No sé si intencionadamente, pero quiero pensar que es así, Gonzalo Hidalgo ha construido a don Gumersindo como un personaje transparente a través del cual podemos ver con nitidez al resto de personajes, el contexto social y político, y hasta los paisajes extremeños que desempeñan una función central en la novela –no únicamente el holito y la encina cazurra. Sólo a medida que nos acercamos al final observamos a Sín como alguien real, quizás no con personalidad, pero sí alguien de carne y hueso al que podemos sentirnos cercanos. Sin embargo, ¿no es Pedro Cabañuelas el personaje mejor construido, tanto que se construye a sí mismo? Estoy seguro de que el Canícula se rebeló en más de una ocasión ante el autor y le obligó a cambiar el rumbo de la narración. Esta centralidad de Pedro Cabañuelas no disminuye en nada la realidad de los otros personajes, especialmente los del primer mundo de Sín –pues tanto Valentín Valiente como Minerva, Hal, Biballo o el poeta finalmente mudo, Ramiro, aparecen con contornos imprecisos y necesitarán quizás otra novela. Todos, incluso aquellos que encarnan la miseria del resentimiento ante la existencia de los demás, están tratados con cariño. Ciertamente, Bayal ajusta cuentas con el pasado pueblerino de don Gumersindo (especialmente con los padres hervacianos: el artista del capón, el tierno Melibeo con sus “¡ternas, ternas, ternas!”), pero a medida que nos acercamos al final vemos cómo los personajes son rescatados (diría que redimidos por el tiempo): Bochinche, el padre Celestino (“Sus”, adversario de la adolescencia), don Ananías, el párroco de Casas del Juglar, don Bonifacio-don Bonete, Juanita la Larga, Ramiro, el guardia civil al que Mus se debe presentar cada día en Muriana…

Las luchas por el poder (escipiones y cartagineses), los resentimientos anclados en un pasado borroso, la vergüenza, los viejos caciques y los nuevos ricos, la sed de venganza, la blasfemia y la crueldad infantiles (maravillosamente narrada en el episodio espeluznante del sacrificio de las golondrinas), pero también la compasión, la franqueza, la amistad más allá del tiempo y de las palabras, la soledad última, la honradez… se hacen presentes a lo largo de la novela repitiendo en cada época un ciclo parecido –como quiere don Gumersindo que sea la historia. Por cierto, las páginas dedicadas a la desgraciada guerra están escritas con especial tacto.



El espíritu áspero está llena de recursos literarios que obligan al lector a permanecer atento (Saúl Olúas, TiaLaosTiaLaosTiaLaos…) a las emboscadas verbales que nos tiende el autor. Se trata de un medio para hacer que el lector no sea un mero recipiente, sino protagonista de la lectura. No puede ocultar Gonzalo Hidalgo Bayal que es profesor de lengua y literatura en un instituto, y deja asomar de vez en cuando su desencanto ante el estado actual de la enseñanza, pero, amigo, ¿no hay otra palabra por “complicidad” para expresar armonía? Bien sé que el uso hace a la lengua, mas ya discutiremos; pero me ha encantado “jovenetos”. Como otros profesores de literatura (pienso un andaluz, el señor catedrático, ya jubilado, don José María Vaz de Soto, y en un maño, José María Conget, apellido éste que ha sido ocasión de alguna anécdota pues, evidentemente, se escribe con “g”, pero no José), Gonzalo Hidalgo Bayal maneja con soltura la lengua. Con un castellano magnífico y un vocabulario amplio (no se trata, sin embargo, de una obra escrita “a golpe de diccionario”), cualquiera que se acerque a El espíritu áspero con ganas de algo más que disfrutar hallará consuelo: beatus ille… El humor está presente a lo largo de toda la novela en dosis bien suministradas y que a mí, por lo menos, me han arrancado más de una sonrisa y alguna que otra carajada (“el ijo de Dios”, la confusión latina, que me recordó una de los que estudiábamos letras en quinto de bachillerato con un later en La guerra de las Galias). Quizás una queja: en Muriana no hay buenos poetas…

Además, El espíritu áspero nos ofrece una profunda reflexión sobre la realidad del hombre; reflexión que obliga a detenerse y a pensar. No he leído una novela-tesis ni nada parecido, sino un magnífico relato, una de ésas narraciones que te reconcilia con la novela, tan maltrecha en los últimos años, pues quien muchos que tienen una historia no saben cómo contarla; otros, que saben contar, se quedan en el umbral de la historia, perdidos entre sutilezas y recursos… Gonzalo Hidalgo Bayal no sólo tiene historias que contar, sino que además las cuenta de manera magistral (subrayado y en negrita, profesor, porque es muy importante). Le queda el consuelo de que un servidor, maestro, no es crítico literario y, por lo tanto, no es un mercenario editorial. Hechas estas alabanzas (merecidas), espero que nadie se me enfade ni me lleve a tibunales si me permito citar algunos párrafos de El espíritu áspero. Valgan como aperitivo de tan suculento manjar:

“Todavía me sé el rosa rosae”, sonrió una treinteañera de uniforme al tiempo que besaba las mejillas del profesor. “¡Ablativo plural!”, disparó éste la pregunta, el índice extendido amenazante, demostrando que conservaba íntegra la técnica pedagógica: sopresa, inmediatez, la culpabilidad de la ignorancia (pág. 13).

… venía caminando por el prado a esa hora de la tarde en que el otoño coordina todos los atributos de la melancolía: el humo de las chimeneas, la gris intensidad del cielo, el regreso cansino de los jornaleros, las campanas llamando a la oración y la paz remota de los cementerios (pág. 71).

Fanático de la divinidad y de su encarnación, temía tanto contaminar con microbios el cuerpo de Cristo, que padecía el síndrome antiséptico del sacerdocio: no se lavaba las manos, las desinfectaba con alcohol de 96º (pág.74).

… Ramonato se volvió contra el todopoderoso, consideró que había en la catástrofe una jugarreta personal, una traición de Dios, y entonces se enfrentó directamente con el Altísimo. Señalando al cielo con el dedo, blasfemó como sólo se blasfema en los pueblos con sangre de Caín… (pág.77).

A don Marceliano le dio una angina de alma. Tantos desvelos, tanto arrebato espiritual, tanta noche oscura del alma, para venir a parar en la ignorancia supina, a minucias ortográficas y azares de la caligrafía (pág. 82).

Por todo ello, según don Gumersindo, Juanita la Larga es una mujer afortunada, porque el destino le ha proporcionado un dolor personal tangible (pág. 100).

No sabía con certeza lo que significaba la palabra ni imaginaba que pudiera saberlo el botarate de su amigo, pero conocía su origen bíblico, su energía evangélica, y, como el vigor de los insultos no está sólo en el significado de las palabras ni en la voluntad con que se emiten, sino también en su aureola, miró, a su vez, parsimoniosamente, con sorpresa lingüística… (pág. 126).

Pero yo recuerdo, sobre todo, lo que me dijo en la discoteca y lo que volvió a repetir en el portal de su casa cuando insistí en el broche: “Las cosas que perdemos son las únicas que tenemos siempre” (pág.145).

Era una patrulla suburbana y brutal, víctima de la libertad irresponsable que proporciona la suspensión del hombre (pág. 370).

Y acaso, teniendo en cuenta el carácter deliberadamente legendario de la realidad juglareña, no les falta razón, porque, a fin de cuentas, al margen de las heridas individuales y de las muertes concretas, en la memoria colectiva queda, sobre todas las demás, la idea unánime de que la guerra les privó de sus raíces ancestrales, la encina y el holito, y les proporcionó la propiedad mostrenca de una frase común (pág.385).

Por último, me permitiré citar y comentar personalmente, pues a la postre, los libros son vidas:

La experiencia, al fin y al cabo, no es otra cosa que acumulación de amarguras. Nadie tiene experiencia de la felicidad, porque ni la felicidad es el destino del hombre ni el hombre nace preparado para la felicidad. Por eso los hombres no son felices, porque no pueden ser felices. La felicidad es una fantasía encefálica, dice Sín, delirio neuronal. Los hombres no sólo no son felices sino que están específicamente incapacitados para serlo. La demostración se encuentra en la incompetencia católica (que no es sino reflejo de la incapacidad intelectual general) para describir el cielo. En cambio, en la enumeración de las penalidades del infierno… (pág. 498).

Resuenan ahí palabras de Camus, pero también algo que se dijo en La historia del Cielo. Yo, por mi parte, Sín, no fui nunca capaz de imaginar ningún infierno, pese a que leí La Comedia siendo muy joven aún. Tampoco el Cielo dantesco me agradó, lo reconozco, y siempre he imaginado el Cielo como una larga avenida flaqueada por árboles grandes y frondosos; el suelo es de albero y césped. Allí donde la necesites encuentras una fuente de agua fresca y limpia. En esa avenida he paseado para encontrarme con aquellos que se fueron, abrazarlos y llorar juntos; pero también para charlar y discutir con todos los que leí y sólo pude anotar.

Tal vez sea cierto: tanto la historia como la religión y la literatura pretenden hacer soportable la verdad del presente (pág.537), pero estamos en los umbrales de un sentido, de un Misterio sin el que la vida sería irrespirable. Además, Sín, ¿podríamos pensar el absurdo sobre otro fondo que no fuese un sentido? Aliocha nos sigue esperando. Shalom.