lunes, 22 de julio de 2013

Veranos

El dios que baila

I. LIBROS Y ESPADAS



            Vacaciones: ¿no queda así suficientemente explicado? Si hace falta, se pueden añadir las palabras de verano y nadie sensato dudará de que haya dado una explicación buena, aunque tal vez no del todo coherente. Llevo varias semanas meditando sobre el arte; hace unos días, quizás por las fechas, me encontré pensando en los juguetes de mi infancia. La dicha se desbordó al asistir a la acontecimiento de danza If at all del grupo israelí Kibbutz. Después he pensado en una oración que reuniera todas estas ideas y me ha golpeado la frase de Nietzsche sobre el dios que baila:

     Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar.
     Siempre hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la demencia.
     Y también a mí, que soy bueno con la vida, paréceme que quienes más saben de felicidad son las mariposas y las burbujas de jabón, y todo lo que entre los hombres es de esa misma especie.
     Ver revolotear esa almitas ligeras, locas, encantadoras, volubles—eso hace llorar y cantar a Zaratustra.
     Yo no creería más que un dios que supiese bailar (Ich würde nur an einen Gott glauben, der zu tanzen verstünde).
     Y cuando vi mi demonio lo encontré serio, grave, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez—él hace caer todas las cosas.
     No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos al espíritu de la pesadez!
     He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para moverme de un sitio.
     Ahora soy ligero, ahora vuelo, me veo a mí mismo por debajo de mí mismo, ahora un dios baila por medio de mí.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Primera parte: del leer y el escribir (traducción de Andrés Sánchez Pascual), Madrid, Alianza, 1990, págs.. 70s.

            Hace muchos años que leí este texto y la primera idea que se me vino a la cabeza no fue la de Dionisos saltando y bailando rodeado de sus bacantes; no, pensé en la danza cósmica de Shiva, el dios que destruye y crea mundos con sus movimientos. El bufón que baila escondido delante de una imagen de María y es observado por el abad con aprobación y benevolencia. Es la alegría la que crea mundos y, por eso, un Dios creador sólo puede ser imaginado rebosante de alegría, como plenitud de vida. Son los niños los que crean mundos con sus juegos y acaso la existencia tenga mucho de juego: ¿no escribió sobre esto un maravilloso libro aquel holandés repleto de hijos, Huizinga, que tenía puesto un cartelito en el pasillo de su casa pidiendo, por favor, silencio? El carácter fundamental de la cultura es el juego; esto es, la gratuidad, la gracia. Así sucede con todas las cosas importantes de nuestra existencia: se nos otorgan por gracia.

            A veces recuerdo con nostalgia los juguetes de mi infancia. No sólo tuve cajas, como se suele decir, pero mi imaginación funcionaba con mucha fuerza. Lo primero que me asalta es la imagen del matraz lleno de un líquido rojo en  el que eché sosa cáustica: lo puse al fuego y la explosión tiñó de un color desagradable la pared blanquísima. Después, lo traje desde Santiago, el coche de pedales: el juego consistía en chocar contra las bicicletas; lógicamente, quien se metía en el coche salía mejor paradas pues igual que cuatro ojos ven más que dos, cuatro ruedas tienen más estabilidad que dos. El pequeño osito mecánico que desollaron mis dos hermanos, siempre dispuestos a demostrar que eran mayores y más fuertes. El coche dirigido (por cable, conste) o el avión que mi padre me regaló a los trece años: sólo conseguí hacerlo volar una vez, cerca de Tablada. También estaban los soldaditos de plástico, nada de plomo; sin duda, los mejor hechos eran los rusos, rojos y bien perfilados. Los verdes, bastos y algo más grandes, eran los gringos; pese a toda la publicidad anticomunista, vencía siempre la belleza de los rusos, porque  ¿cómo iba a consentir con nueve años que aquella fealdad verde saliese victoriosa? Veo perfectamente un helicóptero que los Reyes dejaron en el salón de casa después de pasar muchos meses en Santiago. Sin embargo, lo que con más nitidez recuerdo son los juegos en los campitos de Los Remedios, un barrio que se estaba haciendo. Llamábamos campitos a los solares aún vacíos, a veces rodeados por muros de ladrillo; pero hacíamos boquetes y penetrábamos en los territorios prohibidos; organizábamos pandillas, bueno, a mí me organizaban porque era muy pequeño, tendría cinco o seis años, y acababa siempre obedeciendo a los mayores. Una tragedia, pues en casa también era el pequeño y no me quedaba otra que agachar la cabeza. Viví aventuras formidables en aquellos campitos: descubríamos animales inexistentes (la mariposa con una calavera en el tórax), adoptábamos perros y gatos… No existían los móviles y, maravillosa libertad, era imposible que nuestros padres nos controlasen. Con mi vecino jugaba a los vaqueros: las sillas eran los caballos y mi stick de hockey (nadie decía entonces “palo de hockey”, aunque sin duda lo correcto sería hoy escribir palo de jóquey) hacía de rifle. A veces pasábamos de una terraza a otra e incluso en una ocasión me descolgué al piso de abajo; estas actividades ocasionaron a mi familia un gran disgusto el día previo a mi primera comunión: yo tenía ocho años y sólo admitiré aquí que mi padre acabó asistiendo a la ceremonia (la única vez que asistió a una ceremonia en la que yo fuese protagonista y fue, sin duda, porque le pilló de vacaciones) apoyándose en un bastón para disimular la cojera. Por aquellos años, como el hueco del ascensor no estaba cerrado, me subía por la reja y saltaba hasta el techo: después de alcanzar el séptimo, pulsaba el mágico botón blanco que hacía descender la cabina, pero debía tomar precauciones y dejar el techo antes de llegar al final no fuese a ser que Manuel, el portero, descubriese el juego. Hoy todas estas actividades infantiles serían considerarían peligrosas, estarían prohibidas y a los padres que permitiesen a sus hijos semejantes locuras los consideraríamos imprudentes: ¿no hay algo de demencia en todo amor? Claro que mis padres, en realidad mi madre, no se enteraba de nada y sólo la recuerdo enfadada el día que con un destornillador logré desmontar la cerradura de la puerta; luego la monté, pero mi hazaña no le complació en absoluto y, sin embargo, creí haber hecho algo meritorio. Tampoco se enteraban mis padres de mis andanzas por los barcos—el Chiqui, el Aline, el Rivadeluna—donde pasaba buena parte de las vacaciones de verano para ver a mi padre, el capitán cuya voz era capaz de amedrentarme. Cierto, mi padre no era con nosotros el colmo de la prudencia y le estoy agradecido: nunca hubiese entrado en la chimenea de un mercante, nunca hubiese bajado a sus prodigiosas bodegas, nunca hubiese nadado junto a su gigantesca hélice si él no hubiese accedido a aquellas locuras infantiles.

            Mi experiencia con los niños es decreciente, pero veo que los niños tienen otros juguetes, aunque tengo para mí que las nuevas tecnologías nos adentran en un mundo sin juguetes: un mundo donde la capacidad creativa se verá seriamente mermada. De hecho, lo que hoy se llaman juguetes parecen haberse transformado enteramente en ensayos de la vida adulta. El juego, que debía durar todo el tiempo de nuestras vidas, es arrinconado por los entretenimientos. Esto sin contar con que cada vez con más frecuencia se hace de los niños adolescentes antes de tiempo matando su imaginación con un malsano placer. Sólo se les asigna un papel, pero dejan de crear mundos. En unos años este déficit de la imaginación lo pagará muy caro la literatura.

            Leía tebeos: DDT, Pulgarcito, Mortadelo… y después, allá por segundo de bachillerato, empezaron a llegar las novelas. Primero, si mal no recuerdo, las del detective francés que tenía un Dos Caballos trucado; después apareció Salgari y su fascinante Tigre de Malasia. Fueron los primeros libros sin ninguna ilustración, ni siquiera en la portada. Me llegó la hora, imagino que como a muchos, de Twain con Tom Sawyer, Huckleberry Finn; pero, sobre todo, Julio Verne. Durante muchos años guardé un pequeño volumen adquirido en una librería de viejo, Quo Vadis, por algo menos de dos pesetas: supongo sería una edición abreviada. Escucho decir que los niños hoy siguen leyendo; pero mi experiencia, decreciente como digo, contradice esa opinión: en buena medida los ordenadores y la televisión sustituye a la literatura en el mundo infantil, y eso que a la mayoría de los padres les gusta ver a sus criaturas con libros entre las manos, pues éstos guardan aún parte de su antiguo prestigio, que se irá perdiendo a media que el pseudolibro ése (lo llamaría ibuk para que fuese patente su barbarie) se extienda. A los niños no les hace demasiada ilusión recibir libros de regalo; pese a todo, sigo regalándoles libros y espadas. El verano era para nosotros, con su interminable duración, un tiempo maravilloso para aburrirnos. Precisamente, por eso nuestra imaginación se desbordaba. El niño es un dios que danza: crea mundos prodigiosos una y otra vez en un juego incansable. Y todos hemos sido niños, aunque algunos lo hayan olvidado.


            Shalom.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que lo que tengo de niño - esencialmente la pureza, la fidelidad y la esperanza - no me me lo arrebate nadie: necesito que Dios baile conmigo.
Relato intachable.

Anónimo dijo...

Es curioso, a veces Dios baila con la persona que menos se lo merece. Los demás nos limitamos a mirar. Injusto ¿no?

Víctor L. Briones Antón dijo...

A mi me da que los usos sociales se encaminan a asentar esa pesadez lo antes posible. La seriedad del mundo adulto también se aprende con el juego. No hay nada más serio que un niño jugando (eso creo que lo dijo alguien con mucha razón, pero no recuerdo quién).

Saludos