miércoles, 20 de agosto de 2008

Novela. Shûsaku Endô


UN NOVELISTA JAPONÉS


Hace muchos años -veinte años son en este caso algo menos que nada-, siendo yo estudiante del último curso de bachillerato un profesor hizo referencia al silencio de Dios ante el sufrimiento. Buscando en la biblioteca del Colegio, que era en realidad la de la comunidad de religiosos que nos atendía**, encontré un libro con el sello de una editorial hoy desaparecida (o al menos no tiene actividad según se nos informa en la Agencia Española del ISBN), la Sociedad de Educación Atenas (me parece que tenía alguna relación con Ediciones Sígueme o que compartían distribuidor, aunque no estoy seguro). Se trataba de la obra de Shûsaku Endô, Silencio, Madrid, Ed. Sociedad de Educación Atenas, 1973. La leí con apenas catorce años y se me hizo muy duro -algo parecido me ocurrió en otras ocasiones con novelas y con las películas que proyectaban los viernes por la noche en el cine fórum del Colegio**. Sin embargo, los libros nunca me han asustado, sino que me han servido de acicate para leer más**, me han conducido más allá de sí mismos. Aquí cabría citar, ya que estamos con orientales, a Confucio: “Cuando el dedo del sabio apunta a la Luna, el tonto mira al dedo”.

Silencio es una gran novela, que hoy se puede encontrar publicada en la editorial Edhasa ( http://www.edhasa.es/ ) que interroga con fuerza sobre el discernimiento ético y religioso. Endô (1923 – 1996) puede recordar en muchos aspectos a Graham Greene, aunque yo diría que le falta el sentido profundo del humor del inglés. Unos misioneros portugueses han llegado a un Japón dispuesto ya contra los occidentales -y, por ello, contra la fe cristiana. Las autoridades niponas pretenden lograr la apostasía de los misioneros y para ello recurren al tormento, pero no directamente sobre los portugueses, sino sobre los campesinos japoneses que se han convertido a la fe cristiana. ¿Qué hacer? Dios calla: Silencio. He aquí un japonés -educado en Francia y eso se nota- que aborda a su manera el tema de la angustia existencial en la búsqueda de sentido, en la búsqueda de una respuesta sensata a los dilemas que plantea vivir en un mundo marcado por el mal. La escena de la tortura de los fieles, contemplados por los misioneros encerrados en jaulas, es agobiante y no hace ninguna concesión: presenta la realidad en toda su crudeza; pero quien desee conocer el final, deberá leer esta magnífica novela. Algún día hablaré de otras obras de Endô.

**El día de la presentación de la biblioteca (estábamos en quinto de bachillerato) asistimos un grupo de alumnos. Era una sala muy hermoso, repleta de libros -calculo que habría una cifra superior a los diez mil. El padre que nos acompañaba comentó: “Hay aquí libros más que suficientes para que leáis”; pero mi mejor amigo, hijo de un catedrático de la Universidad y que estaba más acostumbrado que el resto de nosotros a los libros (de hecho, siempre he envidiado el despacho de su padre: una soberbia habitación forrada de libros en una de cuyas esquinas reposaban los ficheros de madera llenos de datos de historia de América), comentó: “No hay tantos libros”. El sacerdote, una de las personas más inteligentes con las que me he encontrado en mi vida, se volvió a él con cara de cierto enfado, pues mi amigo había convertido en una competición lo que era una fiesta, y le replicó: “El día que los hayas leído todos, ese día podrás decir que no hay muchos”, y siguió enseñándonos los anaqueles de luz.

**San Manuel Bueno, mártir lo leí para hacer un trabajo en literatura de sexto. Recuerdo que empecé a leerlo sentado en el suelo de la sala de estar de la casa de mis padres, con las piernas cruzadas, como los yoguis. Leía en esa posición porque podía dejar el libro apoyado en mis piernas a la vez que sostenía la cabeza con las manos. El caso es que la obra de Unamuno me impactó profundamente y que gracias a ese impacto leí en Losada La agonía del cristianismo, libro al que he vuelto siempre en época de aguas turbulentas quizás más por los recuerdos a los que lo tengo asociado que por su contenido. En el cine fórum vimos -piénsese en un colegio de religiosos de principios de los años setenta- Cuerno de cabra, una película búlgara que me dejó pensando en el tema de la venganza y en el amor durante semanas; también me viene a la memoria, pues lo vimos con poco más de un mes de diferencia, The last picture show, de Peter Bogdanovich, ambientada en un pueblucho decadente cuyo cine va a cerrar; la escena en la que el retrasado es empujado dentro de un automóvil con la prostituta se me grabó como ejemplo de aquel mal que consiste en abusar de los inocentes y de los débiles.

**Recién matriculado en Teología un profesor nos pidió que leyésemos para la siguiente semana un libro de Herbert Braun, Jesús, el hombre de Nazaret y su tiempo, Salamanca, Ed. Sígueme, 1975 (hoy inencontrable salvo en alemán). Braun era un famoso discípulo de Rudolf Bultmann, azote de los fundamentalistas y al que se debe en gran parte la renovación profunda en cuanto a planteamientos de los estudios bíblicos -otro día hablaremos de la relación amistosa entre Bultmann y Gadamer así como la difícil entre Bultmann y Heidegger. Braun era radical y, a mis jóvenes ojos (yo andaría por los diecisiete años), demasiado radical: su interpretación de la resurrección me pareció una negación de la fe..., pero ¡lo recuerdo! Y me llevó a otros libros y, así, me abrió horizontes, que es lo que siempre he esperado de los libros. Por eso cerrar un libro, acabarlo, me apena y, sin embargo, me alegra porque me ha llevado un poco más allá.

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