sábado, 30 de abril de 2011

Ernesto Sábato

DEUDAS

            Me he cortado el índice de la mano izquierda mientras preparaba una ensalada. Me cuesta redactar. Un rato antes, volviendo a casa después de un paseo, pensaba si escribir o no en la gacetilla, ¡ojalá fuese como el gran Karl Kraus! (basta echar un vistazo a la recopilación de artículos de La Antorcha que ha publicado Acantilado). Sin embargo, ni sombra. El día estaba triste, plomizo pero no de nostalgia sino de herida: el granito de los adoquines brillaba mustio, pese al viento, y el río, verde, se hacía gris en la lejanía. Llegado al final del puente pensé en que tal vez debía escribir algo y de improviso, surgida de un fondo oscuro, me golpeó una pregunta: ¿me he aburrido de los libros? Recordé las primeras lecturas conscientemente elegidas por mí: Sandokán y Yañez (nombre éste que me costaba pronunciar), el detective francés, los chicos de Twain, Los milagros de Nuestra Señora, la primera antología de don Antonio Machado y tantos otros. No me aburren, no, pero es cierto que empiezan a provocarme nostalgia. Durante la mañana había estado releyendo algunas páginas magníficas de Suite francesa y quizás todo sea por eso.

            He llegado a casa y he comido algo. He escuchado entonces una noticia que me ha entristecido: Ernesto Sábato ha muerto. Estaba a punto de llegar a los cien años, pues había nacido un veinticuatro de junio de 1911. Por lo tanto, la gacetilla hoy debería aliñarse con luto. ¿Qué recuerdo tengo yo de ese grandísimo escritor? El túnel, una obra con la que el argentino de Rojas se anticipó a su época y que tanto me recordó a El extranjero. Sábato consiguió agobiarme y arrastrarme al cuadro; entendí que escribir es quizás una forma de pintar o que pintar puede ser una forma de escribir. Cuando digo esto y recuerdo El túnel me viene a la cabeza el nombre de Modiano sin que sepa muy bien por qué. Me encandiló con Sobre hombre y engranajes. Heterodoxia, porque se trataba de una verdadera heterodoxia y no de situarse en la lista de ventas. Sé que su vida estuvo llena de altibajos y aunque lo vi sólo una vez—en una Feria del Libro—puedo decir que tuve la suerte de conocer a personas que lo frecuentaron. Sé que como todos los seres humanos, Sábato estaba también lleno de contradicciones, pero con el paso del tiempo aprendí a admirar su honradez intelectual y cómo en vez de tornarse un aciago pesimista, al estilo Cioran, fue capaz de mantener la esperanza con lucidez y darnos a muchos razones para esperar. Certeramente, se definió como anarquista cristiano; en estos días ando metido en la lectura de Hugo Ball, otro anarquista cristiano, pero no se me ocurrió relacionarlo con Sábato hasta este momento. Sin duda, en París debió tener noticias de Ball y del Cabaret Voltarie de Zúrich, quizás a través de los surrealistas, cuando el escritor argentino apuraba su beca en el Laboratorio Curie de la capital francesa.

            Ha pasado sus últimos años casi entre algodones, recluido en Santos Lugares por su delicado estado de salud. En estos años retomó su otra pasión, la pintura, que nunca había abandonado, pero que pasó a un segundo plano. Fueron sus problemas en la vista, por lo que yo sé, los que lo devolvieron a la pintura; los cuadros que recuerdo son tenebrosos, oscuros, con personajes de grandes ojos que miran con una extraña melancolía como si estuviese dibujando a Juan Pablo Castel. Sus cuadros, dijo en una ocasión, le salvaron del suicidio. Quizás las heridas del informe Nunca más, sobre los desaparecidos durante la dictadura argentina, le dejaron abiertas más llagas de las que a simple vista pudimos ver los demás; heridas que le honran y que hacen de él una persona con un coraje y una valentía admirables.

            He sido feliz leyendo a Sábato. Estoy seguro de que a muchos otros les pasa lo mismo: Abaddón el exterminador, Sobre héroes y tumbas, El escritor y sus fantasmas, Antes del fin..., pero no quiero dejar de escribir sin hacer mención a los Diálogos con Jorge Luis Borges (supongo que recuerdo bien el título). La edición que tengo se abre con una magnífica fotografía de ambos escritores alrededor de una mesa de café. El damero del enlosado representa quizás dos formas de entender la vida—y la política—muy diferentes. Desde luego, no se trata de elegir, pero yo me quedo con Sábato. Siempre estaré en deuda con él y por semejante deuda le estaré eternamente agradecido.

            Shalom.

3 comentarios:

Angelus dijo...

¿Sábato o Sabato? En cualquier caso, un gran escritor de apellido afín a este blog. Saludos.

Anónimo dijo...

YO lo he visto escrito de las dos formas

Valentín J. Ansede Alonso dijo...

Querido Angelus (o queridos, como prefieras), comparto contigo la duda. Como señala Anónimo, lo he visto escrito de las dos maneras. Tengo diferentes ediciones de las obras de Sábato/Sabato y aparece en unas con tilde y en otras sin ella. Sé que él terminó por escribir su apellido sin tilde, aunque me han dicho que lo pronunciaba como esdrújulo. Quizás lo mejor sería respetar su voluntad, pero me costará escribir "Sabato". Gracias a los dos.