sábado, 3 de abril de 2010

Julian Barnes


EL SIGUIENTE ERES TÚ

            Empezaré contando dos anécdotas personales. Tuve durante un tiempo la costumbre—que debí abandonar por razones fácilmente comprensibles—en las reuniones sabáticas con mis amigos (F., S., J., A., E., M., J., R., C...) de preguntar en un tono más bien jocoso: “¿Al entierro de quién acudiremos primero?” Semejante cuestión sólo conseguía levantar un murmullo de rechazo y, quizás para compensar, una ligera aceleración en el consumo de cerveza. Siempre pensé que el primer entierro sería el mío, posiblemente movido por la vanidad de ser alcanzar el primer puesto en algo. Leyendo el libro del que quiero hablar he recordado también algo que me contó una persona excepcional, Pedro León, fraile dominico que fue durante años prior del convento de San Jacinto y párroco de la iglesia del mismo nombre. Estando moribundo el fraile más anciano de aquel convento, se reunió en su habitación toda la comunidad con el fin, supongo, de despedirlo cariñosamente tras ofrecerle el consuelo de la extramaución. El fraile, postrado en el lecho y con un peculiar sentido del humor, hizo con la mano un gesto a otro fraile anciano para que se acercase al camastro. Éste, quizás conmovido y pensando que se trataba de legarle algún piadoso pensamiento, se acercó, se agachó y pegó su oreja a la boca del moribundo, que le espetó: “El siguiente eres tú”. Por cierto, Pedro León escribió un hermoso poemario, Herida cósmica, hoy inencontrable.

     
       Los dos últimos días he estado leyendo, entre salidas y entradas, el libro de Julian Barnes, Nada que temer, Barcelona, Ed. Anagrama, 2010, que en buena medida aborda de una manera inteligente el problema real de la muerte, posiblemente porque Barnes se ve, desde el cabo de sus sesenta y cuatro años, tras de la muerte de sus padres y de algunos amigos, en la primera línea. Barnes no necesita presentación. Todo el mundo sabe que nació en Leicester (Inglaterra) en enero de 1946 y que es uno de los escritores británicos de mayor prestigio tanto dentro como fuera de su país*. Anteriormente había leído Amor, etcétera y, hace poco más de un año, Arthur y George, una novela no sólo entretenida, sino con una peculiar visión de los seres humanos. De hecho, el protagonista de esta novela mostraba una creciente preocupación por el tema de la muerte. No por casualidad eligió Barnes a Conan Doyle como personaje principal (aunque podríamos decir que el protagonista era Sherlock Holmes, es decir, Arthur Conan Doyle, es decir, Julian Barnes).

            No se trata de una novela. Nada que temer es, más bien, un ejercicio de reflexión y también de memoria: poner en pie los recuerdos que se llevará el viento. Podría decirse que la obra gira en torno a tres ejes: Dios, la muerte y la familia; pero dejaríamos fuera su centro, el yo de Julian Barnes que se expone a ser comprendido de otra forma. Un buen amigo tiene la costumbre de repetirme: las memorias siempre son autojustificativas. Sin duda, aquí hay mucho de esto, pero hay más, porque se trata de volver la vista atrás sin mover los pies del presente y pensar. No, claro, como lo haría un teólogo o un filósofo, sino al modo de un escritor de historias. Esto le da buena parte de su interés. Diré con gusto que he leído Nada que temer de un tirón por varias razones; en primer lugar, porque está muy bien escrito (la traducción es de Jaime Zulaika y salvo algunos pequeños deslices—el “más mayor”, por ejemplo, tendencia al leísmo...—nos ofrece un español algo más que aceptable); en segundo lugar, porque los temas no se nos ofrecen al modo de un ensayo**, sino en la trama de la propia vida, salteados con citas de algunos de los autores predilectos de Barnes. Y, en tercer lugar, porque Julian Barnes me cae simpático. El arranque es magnífico: No creo en Dios, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le parecía esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: “Sensiblera” (pág. 9), porque los hermanos mayores tienen la sana costumbre de bajarle los humos a uno. De inmediato pasa Barnes a su familia, que no le dio una educación religiosa, porque en su casa, como en la de tantos, no se hablaba de sexo, política o religión. Familia son, básicamente, padres y su hermano (yo diría lo mismo, salvo porque tengo dos hermanos). Analiza los rastros de peripecias vitales ocultas, los gestos, las palabras, pero también los silencios y, sobre todo, las muertes.

            Estoy de acuerdo con Barnes: echo de menos a Dios, pero a diferencia del novelista, yo sí creo en Él y por eso, precisamente, lo echo de menos. Me parece, sin embargo, que la posición de Barnes es la de muchos de nuestros contemporáneos que, apartados de la fe por múltiples razones, contemplan a Dios como una posibilidad deseada, aunque inaccesible la mayoría de las veces. Recuerdo que José María Vaz de Soto solía comentarme que él se quedaría con la religión si no hubiese dogmas, sino la música (Mozart, por supuesto, pero también Bach), la pintura y quizás la oratoria; creo que José María Vaz estaría de acuerdo con Barnes: Y añoro más al Dios del Nuevo Testamento que al del Viejo. Echo de menos al Dios que inspiró la pintura italiana y las vidrieras francesas, la música alemana y las salas capitulares inglesas...” (pág. 145). Sí, se habla de Dios, pero mucho más de la muerte, que aparece en casi todas las páginas de Nada que temer. Sin duda se trata de un libro serio, pero escrito con un excelente sentido del humor. Su lectura no es sólo recomendable, sino que deparará a quien la haga—nunca el último lector, por favor—el placer de mirarse al espejo y sonreír.

            Y yo, que suelo imaginar el Paraíso (el Cielo con mayúscula) como una gran avenida flanqueada por árboles frondosos y salpicada de fuentes para beber agua fresca (aunque supongo que a los que hemos creído en la resurrección de la carne se nos ofrecerá también algo de vino o un huisqui), tendré desde ahora el placer de imaginar que allí me encontraré también con Julian Barnes para hablar de todo un poco sin nada que temer ya.

P.S. Me ha resultada simpática la confusión de purgatorio con limbo que crea Barnes, posiblemente por desconocimiento. Achaca al Vaticano “haber suprimido el purgatorio” y, más adelante, lo cambia llanamente por el limbo.

*A veces me he preguntado si eso es una buena señal. La pregunta es más aguda si nos quedamos sólo con el “fuera”, porque en ese caso se trata de traducciones, y todos sabemos que algunos traductores mejoran notablemente los originales. Cierto: traduttore, traditore; pero no menos cierto en otras ocasiones: traduttore, salvatore.
**Y, sin embargo, en algunas librerías será colocado entre los ensayos biográficos.

Shalom.

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