martes, 7 de abril de 2009

José Luis Martínez. Poesía

TIEMPO Y VIDA

Andaba por los anaqueles del pasillo de mi casa buscando un poemario de ese magnífico poeta sevillano -y mejor persona- que es José Julio Cabanillas, Los que devuelve el mar, pero tendré que comentarlo otro día porque no he sido capaz de encontrarlo. Sin embargo, la búsqueda me deparó alguna grata sorpresa, poemarios de los que deberé hablar en alguna ocasión. Me he detenido en José Luis Martínez, El tiempo de la vida, Valencia, Pre-Textos, 2000, un libro hermoso y triste. Releyendo un par de poemas he recordado a Søren Kierkegaard empeñado en que el poeta tiene una función maldita: pues el dolor adopta en su voz un timbre hermoso y al empeñarnos en que vuelva a cantar le estamos pidiendo tal vez que vuelva a sufrir.

La Modernidad romántica hizo de la vida del artista la primera obra de arte (mucho antes que Wilde se esculpiese a sí mismo): la belleza estaba plenamente en el sujeto. Desde entonces hemos caminado mucho y la vida no se muestra ya como un ejemplo, sino en su realidad:

Parecerá inocente, vano,
pero es útil soñar, no conformarse
con lo que en apariencia existe.
Pedir lo que -quizá- no puede ser
pone a prueba la vida, lo real.
Y no hace daño a nadie que pidamos
un único deseo.

Los límites que emergen ahí son los de la propia vida del poeta. Es el artista el que da testimonio no sólo con su palabra, sino también con su existencia desgarrada -por eso a los jóvenes les sorprenden tanto esas fotografías de viejos poetas que asemejan a pequeños tenderos: no pueden entender la distancia y hasta el abismo entre la obra y la vida del poeta, y de ahí la bohemia que aún perdura de manera que basta con vivir de una manera para ser artista; claro que así los ataques a la escasa calidad de la obra de arte acaban siendo golpes a la vida del artista.
José Luis Martínez plantea, en continuidad con lo anterior, la cuestión de la belleza del mal, de lo feo. Así el poema Misantropía:

Mi semejante, hermano:
tengo la sensación, la horrible sensación
de que llevamos vida de pareja
y el mundo no es bastante grande,
me tropiezo contigo a cada paso,
me molesta tu codo, tu rodilla,
el modo lamentable en que conduces
el carro de la compra, tu automóvil;
me molestan tus toses y tus vicios,
tus andares simiescos y tus lágrimas fáciles,
casi todas tus frases sobrias,
todas tus tonterías de borracho.

Es innegable que la poesía de José Luis Martínez, Valenciano, está emparentada con la de otros dos valencianos de los que ya he hablado: Carlos Marzal y Vicente Gallego, sobre todo con el primero -y la edad no es ajena a este parecido, pues el horizonte de experiencias es el mismo. El tiempo de la vida me ha recordado poderosamente un poema de Marzal en Metales pesados:

Máquinas de escribir y catapultas,
dinosaurios y ermitas, gladiadores y yates
conviven en el tiempo, en este tiempo
de las guerras mundiales y de las guerras púnicas;
un tiempo en el que cierta chica
insiste todavía en invitarme al cine,
y me sigue doliendo aquella frase
o tengo la impresión de que se acercan
sombras que dicen ser mis enemigos.

En esta nebulosa que llamamos historia,
que llamamos conciencia,
hay calle que nos llevan al amor
que nos abandonó o abandonamos,
a una edad de salud, esperanza, joven.
Hay pasadizos, túneles y falsas
librerías que van a dar al mar
que es el vivir, la vida,
esa geografía ensimismada,
esa naturaleza caprichosa,
ese país del tiempo.

La religión y el arte nos enseñan
esta bella mentira:
nadie se marcha para siempre,
nada desaparece por completo,
la vida no se extingue nunca.
Pues la memoria es vida,
y es vida, vida antigua, nuestra sangre.
La antigua sangre y la memoria,
¿qué son sino la vida?

La religión y el arte
han dicho la verdad: es mentira la muerte.
Siempre seremos el que fuimos,
vendrá a quedarse para siempre
el que vamos a ser.
Es mentira la muerte.
La vida es para siempre vida.

Claro que Hegel protestaría por este final en el que se excluye a la filosofía, aunque tengo para mí que el profesor de Berlín también sabría disfrutar pues no en vano escribió El más antiguo programa del idealismo alemán; eso sí, cuando era joven y tenía una edad de salud y esperanzada. La lectura de El tiempo de la vida acompañará durante días los pensamientos de quienes lo lean. Shalom.

1 comentario:

Enrique García-Máiquez dijo...

Excelente lectura. Me ha servido mucho para la reseña que estoy haciendo del autor. Mil gracias.