sábado, 21 de septiembre de 2013

Jean Echenoz (al final, me parece) y Byung-Chul Han (que es alemán). Es decir, Europa.

Infinitos eslabones
y 14




            Hace algunos años, cuando mi vida era aún muy distinta y salía de vez en cuando al campo, pero no a pastar sino a echar el día con mis amigos, unos de mis hermanos, al que invité a venir un sábado, dibujó en su rostro un casi perfecta expresión de felicidad al caer en la cuenta de que su teléfono móvil no tenía cobertura. Lo había reflexionado antes de aquel momento, cuando a unos de mis amigos, un viernes por la tarde, le sonó el busca (mensáfono), aquel antiguo dispositivo que te ordenaba ir a un teléfono para llamar: era la forma de estar localizable las veinticuatro horas del día. Los teléfonos móviles han conseguido lo mismo, pero ahora no sólo son los médicos, sino que somos prácticamente todos los que permanecemos sujetos a una cadena de infinitos eslabones y, sin embargo, creemos que la libertad es un constitutivo básico de nuestra relación con el mundo.

            He leído el libro del filósofo y teólogos alemán de origen coreano Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, Barcelona, Herder, 2013. En enero de este año había leído, también en Herder, la primera obra que se tradujo de él al español, La sociedad del cansancio, que me pareció interesante, aunque no lo tuve por un libro que profundizase demasiado; mas la razón era porque, como La sociedad de la transparencia, el filósofo nacido en el año 1 a M (antes de mí, es decir, en el 1959 d. C., el 2712 auc o 5720 de la Creación. Hasta hoy sólo manejaba bien el calendario cristiano, el romano y el judío, pero va siendo hora de darse importancia; bien pensado, debería decir 1 a V, pero la uve puede confundirse con el cinco romano: por amor a la claridad lo sustituyo por el mil, que también es un poco lioso; en fin, será mejor revestirse de humildad—si me revisto,  schrecklichen Engel, es porque estoy desnudo de ella—y volver al calendario julio. Fin de este paréntesis estúpido), decía que Byung-Chul Han había querido hacer un libro de corte divulgativo y que se acuesta más en su estilo a los filósofos franceses, de los que bebe en abundancia, que a los germanos.

            La tesis del filósofo alemán, como la que cualquiera puede comulgar sin demasiadas dificultades, es que la sociedad moderna es en buena medida una sociedad pornográfica si por esto se entiende, como hizo Baudrillard, una sociedad donde los individuos están expuestos. No es que sean expuestos, sino que, dada la configuración social, se exponen a sí mismos: pérdida, al menos aparente, de la intimidad; un panóptico en el cual no se ejerce el control desde un único punto; así era el panóptico de Bentham, modelo de cárceles y psiquiátricos: los individuos permanecían aislados y sólo el observador, el poder, podía controlarlos sin ser visto creando así la sensación de un control total y permanente. En el nuevo panóptico el control adopta todas las perspectivas posibles, pues los mismos individuos se ofrecen, en virtud de los nuevos dispositivos tecnológicos, para controlarse mutuamente y ser controlados (me ven, pero también yo veo). Supuestamente, reciben algo a cambio, ¿qué? El espejismo de la popularidad y del reconocimiento público—los cinco minutos de gloria de los que habló Warhol, es decir, basura.

            Los sistemas de control se han multiplicado en los últimos decenios: tarjetas sanitarias, teléfonos y otros dispositivos móviles, tarjetas bancarias y comerciales, , de transporte, cámaras en las calles, en los centros de consumo y ocio, en los institutos... la red, que parece abarcarlo todo (los facebook, tuenti, yahoo, google, youtube… toda la panoplia). Aceptamos sus condiciones, nos rendimos, con un solo clic de ratón: nosotros mismos aceptamos ser controlados no sólo por nosotros y los demás a los que observamos a cambio de ser observados, sino por el poder, un poder que controla todas las perspectivas (véase lo que ha hecho el País Sigla, y sólo alcanzamos a conocer una parte de los mecanismos de control). Vivimos, sin embargo, en el espejismo de la libertad, porque no podemos ponerle rostro al control y porque sus medios son impersonales, mecánicos. Además, la frecuencia de los controles (el uso de las tarjetas, por ejemplo, o las veces que pasamos delante de un cámara sin percibirla) hace que no los percibamos como tales.

            Todo el poder a Google. Al abrir una cuenta de correo aceptamos (un solo clic casi inconsciente) la política de privacidad de las compañías, mas la mayoría de nosotros no ha leído ni leerá esas condiciones, maguer sabemos que las compañías los incumplen porque deben obedecer los requerimientos de los gobiernos. Nos llega publicidad personalizada: han leído nuestro correo.

            Estamos sujetos a una cadena de infinitos eslabones invisibles. Quizás alguno piense de este comentario, que pretende recoger el espíritu de La sociedad de la transparencia: “Otro alarmista, un apocalíptico más”. No digo que esté equivocado; es posible: no siguen existiendo los arsenales nucleares, no hay cientos de millones padeciendo hambruna, los polos no aceleran su desaparición, el ozono ya no es ningún problema... Siempre es posible cerrar los ojos y continuar como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, dicho con modestia, me parece que sería bueno pararse un instante (es muy difícil hacerlo, lo sé, en una sociedad en la que la rapidez cuenta como virtud) y meditar sobre estos asuntos: ¿no le estamos dando demasiado poder a las compañías? ¿No estamos aceptando ser expuestos y convertirnos así en objetos de observación? Google, Yahoo, Dropbox... son empresas cuyo objetivo básico es obtener beneficios; ¿no se lo estamos poniendo muy fácil y nos estamos exponiendo, además, a sistemas de control ante los que no tenemos ninguna defensa?

            Alguien dirá que nos prestan servicios gratuitos, pero ¿se ha visto alguna vez una empresa que regale sus productos, un banco que regale sus créditos? Brecht preguntaba: ¿”Qué es más delito: robar un banco o fundarlo?” Las grandes compañías (comunicación, bancos, seguros) no pierden. Pagaremos todo esto con un recorte real de nuestra libertad en el espejismo de la comunicación total. Tal vez alguno de nosotros se crea más listo que la policía; pero hoy la cárcel no tiene afuera: la construimos nosotros mismos en esa red a la que nos entregamos al aceptar gustosos sus condiciones: ése es el nuevo panóptico del que nos habla Byung-Chul Han, y no me parece que esté equivocado.

            Llegados a este punto, y como estoy en tal estado que si me para la guardia civil, me quita todos los puntos del carné, cambiaré de tema pidiendo, con reverencia, perdón a quien tenga estómago para leer mis torpezas (no es autoflagelamiento: es el alcohol con el que cicatrizan mis heridas, amigo). Podría hablar, y debería, del magnífico poemario de Alberto Blanco, Hacia el mediodía¸ Valencia, Pre-Textos, 2013, algunos de cuyos versos pueden emocionar; o tal veza de Ada Salas, de quien había leído ya una antología (No duerme el animal o algo así, perdónenme ustedes si no soy más preciso), Limbo y otros poemas, Valencia, también Pre-textos, 2013. Quizás del último libro de José Corredor-Matheos, Sin ruido, Barcelona, Tusquets, 2013, en el que un poeta anciano, y que habla con dulzura, nos ofrece algunas destellos capaces de iluminar como besos una noche triste. Tal vez debería hablar de mis amigos: Celan, Baudelaire o del adolescente Rimbaud (al que amo con ternura y cuya pierna de madera hace aflorar las lágrimas a mis ojos; algún día, si Dios quiere, iré a rescatarlo al África donde aún respira). Bueno, debería hablar de todo eso, porque merece la pena y ustedes, si están leyendo esta cosa, deberían dejar de hacerlo y aplicarse en la lectura de esos buenos poetas. Aquí están perdiendo el tiempo. Sin embargo, y puesto que yo me escucho, quiero hablar de otro libro. He leído en el tren (el maravilloso Talgo y aquella biografía de Agustín, publicada por Revista de Occidente, de Peter Brown, que compré en la Cuesta de Moyano, con librerías más acogedoras que las bouquinistes des Quais de Seine, y mira que prefiero París), en el avión, en el barco, y he leído mucho en los bares, que acaban siendo mi segunda casa. De hecho, tengo la suerte de que me conozcan algunos libreros, pero muchos más camareros con cuya conversación me honro. Esta tarde, en Casa Santos, he leído el último libro de Jean Echenoz, 14 (trad. de Javier Albiñana) Barcelona, Anagrama, 2013. No se tarda más de una hora en leer sus escasas cien páginas. Bueno, alguien pensará que no es gran cosa; pero no, porque para alguien como yo, que debería haber nacido en otro lugar y otra época para dejar su vida en la Gran Guerra, se trata de un libro tristemente hermoso: bien escrito (y traducido, pese a algunas decisiones discutibles en la puntuación), frío y profundo, pero a la vez tierno y distante. Puede parecer la historia de Anthime, pero es mucho más que eso, porque Echenoz nos ha regalado en un puñado de páginas el significado de la Gran Guerra, la Primera Gran Guerra. Quien haya leído un poco sabe que esa guerra causó en las almas de los europeos un impacto mucho mayor que la Segunda (pero no que los campos, conste), pues una generación entera de europeos fue sacrificada en aras de… ¡ah! Los viejos dioses, que exigen sacrificios ingentes de hombres jóvenes, de su inocencia; viejos dioses coleccionistas de brazos y mandíbulas arrancadas, aquellos que aman la muerte de los jóvenes guerreros y sonríen al ver una cruz mutilada… en aras de nada. Pueden leerse los diarios del amigo Wittgenstein o Tempestades de acero de uno que después modificó su exaltación guerrera. La Primera Gran Guerra a la que nos sumamos arrastrados por los cantos de la Marsellesa, invocando la Internacional o el Good save the Queen (Churchill seboso, pero que después sería el único en estar de pie frente al Demonio, Churchill, que ya había mandado disparar sobre los huelguistas después de haber hecho carrera en África, aparece en Francia inventado un vehículo blindado), aunque God save us all, pero sólo a los nuestros (quizás aquí tengan sus lugar las lágrimas de Chenu), aquella guerra acabó enseñando los dientes de una historia que es una catástrofe. Benjamin lo sabía y aunque acabase suicidándose en Port Bou, no renunció a una esperanza: el fin de la historia más allá de la historia porque la cancela (no como quieren los gringos: el fin de la historia dentro de la historia; es decir, la consumación del capitalismo). Nunca regresamos de las trincheras: esto nos dice Echenoz. O más bien: regresamos otros. Desde el primer entusiasmo (pero ¿en qué dioses, Dios, en qué dioses?) hasta que Anthime levanta su mano derecha, invisible por amputada, al son de la Internacional, la novela recorre magníficamente todas las sensaciones que imaginamos, por las que hemos llorado, y a las que no podremos volver pues la barbarie nos acostumbró al horror. Quizás fue eso: el primer horror (de acuerdo: la Gran Armada, medio millón de muertos, fue espantosa, pero la demagogia del Imperio supo glorificarla. Aún hoy desenterramos a sus muertos), el espanto primigenio, tan bien descrito en 14; permítame la editorial citar un párrafo en el que cada palabra ha sido, lo diré así, calibrada:

     Fue entonces cuando, tras caer los tres primeros proyectiles demasiado lejos y explotar inútilmente más allá de las líneas , un cuarto proyectil de contacto de 105 más ajustado fue más efectivo en la trinchera: tras seccionar al ordenanza del capitán en seis pedazos, algunos de sus cascos decapitaron al agente de enlace, clavaron a Bossis por el pleno en el puntal de una zapa, destrozaron a diferentes soldados bajo diferentes ángulos y cercenaron longitudinalmente el cuerpo de un cazador ojeador. Apostado no lejos de allí, Anthime vislumbró durante un instante, desde la masa encefálica hasta la pelvis, todos los órganos del cazador ojeador abiertos en dos como en una plancha anatómica, antes de acuclillarse espontáneamente en falso equilibrio para intentar protegerse, ensordecido por el enorme estrépito, cegado por los torrentes de piedras y tierra, las nubes de polvo y de humor, mientras vomitaba de miedo y de repulsión sobre sus pantorrillas y en torno a ellas, con las botas hundidas en el lodo hasta los tobillos.

            Maravillosas innovaciones técnicas, poco alentadoras desde luego, Charles, porque llevan la huella dactilar de la muerte. Las generaciones siguientes aprendimos a estar, ciegos, hundidos de sangre hasta la cintura. Non olet. Pobre Anthime, afortunado Anthime de quien sus compañeros envidiaban tan excelente herida, pues dejándole inválido conserva otro brazo y su virilidad. Ah, yo soy Anthime, tú eres Anthime: yo soy la morsa, que diría Lennon,  pero las sardinas no suben ya por la torre.


            Una frase corta capaz de condensar el tiempo: Volvía a ser domingo, pero ¿cómo puede ser Sabbath sin shalom? Los pueblos se quedan primero sin hombres, pero después sin mujeres ni niños; sin animales: brutal capítulo doce para los hombres y los animales, pero los hemos olvidado. Se han callado todas las campanas. ¿La solución? Fusilarse uno mismo, lo entiendo, o la tercera solución, que encuentra sin querer Arcenel, ya solitario porque todos sus amigos han sido devorados por el horror. Tierno Arcenel, que en ningún momento se había planteado buscarse amistades de recambio; iluso Arcenel que camina rastreando los indicios de la primavera;  feliz Arcenel a quien obligan a arrodillarse y que ni siquiera ve al sargento alzar el sable y sólo lo oye gritar las órdenes, la cuarta de las cuales era fuego. Noble Arcenel ante quien desfila la tropa después de ejecutarlo. Cruel inconsciencia la de Blanche, que reprocha al inválido Anthime que hubiese adelgazado. 14 está muy bien escrita, de verdad, y me ha conmovido. ¿Recordáis los versos de Madzirov? Leedlos, por favor, porque

Yo he visto sueños que nadie recuerda
y llantos en tumbas equivocadas.
He visto abrazos en un avión que cae
y calles de arterias todas abierta.
Yo vi volcanes más dormidos aún
que raíces de un árbol genealógico,
y vi también a un niño que no teme la lluvia.
Pero a mí no me vio nadie.
A mí nadie me vio.

            No, los hombres no hemos muerto en la guerra por falta de higeine, capitán Vayssière. Busque otra excusa. Déjenos beber vino o huisqui, porque pese a que nos engaña, ya sabemos que ninguno regresará. Usted nos ha dicho: regresarán todos ustedes a casa, pero no lo haremos, porque ya no existimos. Es verdad que no lo admitimos hasta que el primer proyectil no impactó cerca de nosotros y vimos de nuevo a unos hombres taladrar a otros ante nuestros propios ojos. No regresaré.

            Reconoceré delante del tribunal lo que se me exija; mas no por ello admitiré mi culpabilidad; sólo los hechos: haberme engañado, haber creído que el olor a geranios no era gas y haber jugado a las cartas borracho. Por estas razones—tan válidas como cualesquiera otras—deben leer 14 (he tenido que corregir un inapropiado tuteo: les ruego que me perdonen). Pueden también leer lo impreso en la contraportada; pero será mejor, créanme, que lean a novela.

            Siempre he pensado que hubiese sido feliz en otra época, porque nadie me conocería. Es mérito de Echenoz no sólo haber reconstruido una época, sino sobre todo un sentido. Los agrimensores me habrán quitado, espero, todos los puntos de mi carné; pero ahí está la carretera: la he recorrido solo y así permaneceré. Ustedes no tienen por qué, pues tienes razones. Mas la rosa es sin porqué.

            Y, si me lo permiten, quizás no viene a cuento, pero el huisqui tiene razones que el ordenador desconoce:


            Y perdóneme no sólo por esto que acabo de perpetrar, sino también por el estilo, las erratas y hasta por mi innoble existencia.

            Shalom.

            

2 comentarios:

ignasi veciana dijo...

Hace un año leí 14 de JEAN ECHENOZ. Efectivamente parece nada pero es un ejemplo de eficacia narrativa. El autor en sus obras siempre toma distancia, la de la cámara en el cine, huye el psicologismo. Hace unos meses asistí a una presentación del libro por el autor. Y volví a leerlo. Hay muchas claves en esta novela, y tambien citas cultas: Victor Hugo en las campanadas de alarma del inicio.
Es interesante descubrir que siempre hay ausencia: en la falta de sonido de las campanas, en la falta de padre, en la falta de brazo, en la falta de vista ...
Tengo mucho interés en este filósofo coreano.

FAN dijo...

tengo una duda... porqué las sirenas de las ambulancias no penetran en su habitación?