jueves, 17 de marzo de 2011

Gesché, Ruster... y Bashô

De teólogos...
...y lejanos poetas



           Supongo que a todos nos ha causado una fuerte impresión la tragedia del terremoto y sus consecuencias en Japón. Tenía intención de hablar esta semana de dos libros de teología, cosa que haré, pero añadiré una apostilla, como una modesta muestra de admiración por la cultura japonesa.

            Empezaré por Adolphe Gesché, La paradoja del cristianismo. Dios entre paréntesis, Salamanca, Sígueme, 2011. Gesché es un famoso teólogo, que fue ganando relevancia a medida que conocimos su obra. Nacido en 1928 y muerte hace ocho años, se formó en la Universidad Católica de Lovaina, que tan buenos pensadores ha forjado, y allí desarrolló buena parte de su labor docente. En España la misma editorial ha publicado buena parte de su trabajo (Dios para pensar: el mal; El hombre; Dios; El Cosmos; El destino; Jesucristo; El sentido). Creo que haber leído la totalidad de la obra en castellano y puedo decir que he aprendido, y mucho—lo cual, y que se me disculpe la pedantería, me pasa ya pocas veces cuando estudio teología, porque buena parte de los teólogos modernos o bien se limitan a repetir lo consabido o bien están tan atenazados por lo políticamente correcto que se defienden de la propia teología [1]. La paradoja del cristianismo es una recopilación de tres interesantísimos artículos: el cristianismo como ateísmo suspensivo; el cristianismo como monoteísmo relativo y una reflexión sobre el cristianismo y las otras religiones. Desde hace mucho tiempo vengo pensando yo que Dios tiene poco que ver con Dios. De hecho, el concepto de religión me parece secundario e inútil para acercarse a los dioses, incluyendo a Dios. Desde mis primeras lecturas de Ricoeur estuve convencido de que el ateísmo es un camino para la fe en Dios, precisamente porque deja atrás a Dios—recuerdo de paso el título de un ensayo de Levinas. Las reflexiones de Gesché van en esta línea, porque pensar a Dios supone dejar atrás un concepto de Dios como límite [2]. Ciertamente, el ateísmo ha crecido siempre en suelo cristiano y es hijo de la fe cristiana: esto es algo que debe ser pensado también desde la teología. El segundo artículo aborda un problema que me paree especialmente interesante: el monoteísmo. Todos conocemos la polémica entre dos pensadores alemanes marcados, en buena medida, por sus posiciones ante el ascenso de Hitler: el historiador Erik Peterson y el jurista Carl Schmitt. Dos comprensiones diferentes del monoteísmo que significaron que Peterson acabó en Roma dando clases y rodeado de un montón de hijos como recordaba con simpatía Karl Löwith [3]. Pues bien, acudiendo al concepto cristiano de Dios, es decir, la Trinidad, parece que debemos desmontar un monoteísmo absoluto, dice Gesché, para acceder a un monoteísmo relativo en el que no se puede hablar de Dios sin hablar del hombre. Hace unos años, meditando sobre la Trinidad delante del maravilloso icono de Rublev, llegué a la conclusión de que la fe cristiana sólo podía entenderse como un monoteísmo abierto, frente al monoteísmo cerrado o excluyente de, por ejemplo, el islam [4]. Dios sólo puede ser pensado como aquel que sostiene la diferencia en sí y que, por lo tanto, no obra lo idéntico, sino lo diferente. Para la fe cristiana, y es una lástima que esto deba decirse en un país como éste cuya tradición religiosa se supone marcada por el cristianismo, el hombre ha entrado en Dios. Las reflexiones del tercer capítulo están, claramente, inconclusas, pero eso no quita para que nos hagan pensar: ¿qué queda en verdad de aquel extra ecclesia nulla salus salvo que también los demás se salvan si actúan en conciencia [5]? Quizás nos queda por modificar a fondo el concepto de Iglesia...



            El segundo libro del que me gustaría decir algo es el de Thomas Ruster, El Dios falsificado. Una nueva teología desde la ruptura entre cristianismo y religión, Salamanca, Sígueme, 2011. Aunque el autor, por fortuna, sea mayor que yo, me veo en la obligación de hacer algunas acotaciones. Ruster es en la actualidad profesor de Teología Sistemática en la Universidad de Dormuntd [6]. El libro sigue, me parece, las huellas de aquella intuición de Bonhoeffer a propósito de un cristianismo arreligioso. Y estando de acuerdo con muchas de las observaciones de Ruster no puedo, sin embargo, dejar de pensar que pasa por alto que el concepto de religión es una creación de la Modernidad para embridar a la fe cristiana y reducirla al ámbito de lo privado. Además, no se puede leer toda una línea de la tradición teológica de la manera un tanto reduccionista en que Ruster lo hace. Ciertamente, es preciso distinguir entre Dios y Dios, pero tengo para mí que esto sólo puede hacerse rescatando lo humano. Verdad: lo que suele entenderse por religión tiene tan poco que ver con la fe cristiana como Damien Hirst con la belleza (y pido perdón por la comparación, pues puede dar a entender que Hirst es alguien serio); la cuestión que se hace necesaria—Hegel lo sabía—es elaborar un concepto adecuado de religión como instrumento y no como marco de interpretación, pues entonces se acaba reduciendo lo otro a lo mismo.


            He leído con más placer el libro de Gesché; pero también Ruster me ha dado que pensar. Y quizás ésa sea una de las labores urgentes de la teología en estos tiempos de penuria para el pensamiento: ayudar a que las personas se tomen en serio a sí mismas y sepan tomarse sus pensamientos con una seriedad que nunca esté exenta de humor.

            El terremoto, el posterior tsunami y la consecuente crisis nuclear en Japón me pusieron triste. Sí, como todas las tragedias, aunque confieso que ésta me ha tocado el poco corazón que me va quedando de una manera especial. Me han indignado algunas reacciones que en vez de compadecerse de las víctimas y movilizarse—pues no existe compasión sin movilización—, han empezado a reflexionar sesudamente sobre los peligros de la energía nuclear: ¿acaso no sabíamos que era no sólo una espada de doble filo, sino una realidad peligrosa en sí misma? Decepción por los europeos; desolación por una imágenes mudas a las que apenas consigo hacer hablar. Antes he mencionado la palabra teodicea...

            Estos días tristes en los que mi pensamiento se acompasaba con la catástrofe y con el cielo gris, muchos se han lanzado a charlatanear sobre la cultura japonesa como expertos. He leído la palabra “medieval” en varias ocasiones, así como “colectivo”, “resignación” e incluso “sumisión” queriendo caracterizar la cultura tradicional de Japón. A ésos tales sólo les diré lo siguiente:






            Admito que mi conocimiento de la cultura japonesa es superficial, si es que llega a eso; pero he leído a Endô, a Kitamori, a Bashô; he acompañado al jesuita Jesús González Vallés en su recorrido por la filosofía japonesa (en un magnífico libro que editó hace años Tecnos), he disfrutado con Tanizaki, he aprendido a leer a san Pablo a través de los ojos de un impresionante monje budista, he disfrutado meditando La filosofía del paisaje..., pero reconozco que sé muy poco, pero eso no me ha impedido reconocer una vez más que la ignorancia es muy atrevida. Diré que lo poco que conozco de la tradición cultural japonesa me merece un inmenso respeto. Hace poco adquirí, en la traducción de Jesús Aguado (que no puedo juzgar como traducción, pero que me parece más que aceptable como castellano), un conjunto de escritos de Bashô, De camino a Oku y otros diarios de viajes, Barcelona, DVD Ediciones, 2011. Que yo sepa, es la primera vez que se publican completos los diarios de Bashô en español. Se trata de una lectura absolutamente extraordinaria. Sé que es arriesgado decir esto, pero quien lea a Bashô afinará su sensibilidad, aprenderá a pararse en los recodos del camino para contemplar el mundo naciente que nos rodea. Bashô ha sido una auténtica delicia y a él sí volveré con frecuencia.

            Matsuo Bashô nació en un pueblo cercano a Kyoto, Ueno, a la mitad del siglo XVII. Como otros poetas japoneses, de joven estuvo al servicio de un samurái destacado; pero a los veintidós años se inicia en el estudio del budismo, de la poesía y de la caligrafía. Esto le llevó a vivir de una manera errática, casi como un vagabundo; pero Bashô creó escuela y se dice que tuvo tantos discípulos como haikús escribió, unos dos mil. Los cuatro diarios de viaje que dejó escritos han sido recogidos en el libro traducido por Jesús Aguado, que a procurado respetar la estructura clásica del haikú (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas). Algunos de los versos que aparecen en estos diarios son espléndidos; pero también lo son muchas de las observaciones que Bashô realiza: “Ésta es la razón por la que, después de miles de años, todavía hoy las olas de este mar rompen contra la orilla con un sonido tan triste”. Bashô camina por senderos—ya desaparecidos y que provocaran una cierta decepción de Yourcenar cuando emprendió un viaje intentando seguir algunos pasos del poeta japonés—solo o en compañía; visita monasterios, se estremece en los lugares en los que algún poeta escribió sus versos, se emociona con el paisaje, nos da su yo precisamente haciéndose ausente... Los haikús de Bashô consiguen hacer del instante la eternidad; ciertamente, una eternidad frágil, algo que se puede respirar y rozar, pero no coger, como las flores blancas del magnolio.

Camino y sufro.
En un campo de tréboles
me desvanezco.

Hojas de sauce.
Como agradecimiento
las barreré.

Escucho remos
tiritando en mi choza.
Noche de lágrimas.

Islas que rompen
en mil trozos los ojos.
Mar del verano.

            Los ejemplos pueden multiplicarse; lo mejor será acercarse al libro y tomarlo con respeto entre las manos y leerlo con la devoción que debemos a la belleza.

            Shalom.

[1] Me llamó siempre la atención que la dedicación de algunos a la teodicea fuese sólo para denostarla. Pienso en Juan Estrada, cuyo libro sobre el tema no aporta nada. Es preferible mil veces recurrir a Camus que, al menos, da que pensar.

[2] Por eso sigo sin entender la insistencia de algunos en la comprensión de la creación como un acto por el cual Dios se retiraría; pero Dios no es sumable con el mundo: Dios no está en la cadena.

[3] Recordaba también su paseo en Roma con el maestro alemán, que había sido su admirado profesor en Friburgo. Martin Heidegger tuvo el feo detalle—si es que sólo merece el calificativo de feo—de subir al coche con Löwith portando en la solapa de su chaqueta la insignia del Partido. Yo, que me descubro ante algunas reflexiones de Heidegger, soy de los que tiende a pensar que será necesario volver a ponerse el sombrero delante de la persona de Martin Heidegger. Esto, desde luego, en ningún caso debe decirse de Fritz Heidegger, pregonero tartamudo que desplegaba su locuacidad en el pregón del carnaval... y fue incluso capaz de burlarse de los camisas pardas. Que yo sepa, Fritz nunca perteneció al Partido.

[4] Recuérdese que la profesión en Dios (Alá) como dios uno y único se hace directamente contra la fe cristiana en Dios uno y trino. La fe judía se encuentra mucho más cerca de la confesión cristiana de lo que suele pensarse (entre otras cosas porque, de hecho, el cristianismo es una reforma del judaísmo como el budismo lo es de la religión védica) a pesar de que a algunos les gusta acercarla más al islam.

[5] Recuerdo ahora unos ratos formidables estudiando hebreo con un maravilloso amigo de confesión judía. Como es de esperar para quien me conozca (y para quien sepa que llevo dos huisquis encima), yo avanzaba con más rapidez que él en la que entonces me parecía intrincada gramática hebrea. A veces parábamos y discutíamos sobre lo humano, lo divino e incluso sobre mujeres (aquí era él quien me llevaba la delantera). Un día me dijo: “Es que tú ya no eres ni judío pero tampoco eres pagano, sino una mezcla de los dos”. Fue una sabia observación sobre la fe cristiana; pero eso me ha permitido disfrutar con la misma intensidad de Homero que de Jeremías.

[6] Además, está casado y si no me equivoco, es padre de cuatro hijos. Desde luego, se hace una teología diferente teniendo que estar pendiente de tareas hermosamente mundanas (porque, amigos, el mundo es hermoso) como la crianza de los hijos. Esperemos que algún día los tratados de moral sexual que se impartan en los seminarios católicos estén escritos, al menos, por personas casadas—a ser posible mujeres, porque la moral sexual de la Iglesia ha venido determinada los últimos quince siglos por varones célibes...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Son maravillosas las imágenes de arte japonés. Ni de eso ni de todo lo demás entieno mucho, pero me gusta lo que escribe.

wuwoizar dijo...

Very enlightening and beneficial to someone whose been out of the circuit for a long time.

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