jueves, 10 de junio de 2010

Boris Pahor

HUESOS HUMILLADOS


            Quiero hablar de un libro de Boris Pahor, Necrópolis, Barcelona, Anagrama, 2010 (i). Pahor, nacido en las orillas del Adriático en 1913, es un escritor en lengua eslovena que ha alcanzado tardíamente la fama. Su vida recorre, pues, la práctica totalidad del siglo XX, y en su infancia se pueden encontrar los recuerdos de la primera Gran Guerra. Nacido en Trieste fue testigo de la persecución de la minoría eslovena a la que él mismo pertenecía; contempló cómo en la década de los veinte los fascistas italianos, tras la anexión a Italia (por el fracaso de conseguir una independencia a la sombra de una Austria derrotada), incendiaban la Narodni Dom (Casa de la Cultura Eslovena). Posteriormente, Mussolini prohibió el uso del esloveno en las escuelas siguiendo una política bien conocida en algunas partes de Europa entre las que se encontró durante muchos años nuestro país. Realizaba estudios de Teología, que abandonó según creo al estallar la Segunda Gran Guerra. Sirvió en el ejército italiano en Libia, pero tras la caída del régimen fascista se unión a las filas de la Resistencia. Fue capturado y enviado a varios campos de concentración; acabó en Buchenwald, después de pasar por Dachau y Bergel-Belsen, del que fue liberado. Regresó a Trieste, realizó su doctorado en Padua y ejerció durante más de veinte años como profesor de Literatura en una instituto de su ciudad natal. Compaginó la docencia con su labor de novelista, que le ha valido varios premios e incluso se propuesto para el Premio Nobel (ii). A sus 97 años Pahor contempla la vida con cierta tristeza, pues él, como otros, aunque es ciudadano italiano se considera esloveno.

            Después de casi veinticinco años de verse reducida al silencio, Necrópolis saltó a la fama gracias a la labor de Claudio Magris, que ha escrito el prólogo del libro de Pahor. Conviene leerlo como epílogo y no como prólogo (iii). Ha llegado a España y todo lo que he leído—desde la publicidad hasta algunas reseñas cuyas lecturas de Necrópolis cabe tildar como mínimo de superficiales—califica al libro de Pahor como “literatura del Holocausto”. Confieso que esta denominación no sólo me resulta chocante, sino desagradable y hasta de mal gusto, pues se degrada algo inenarrable a la categoría de género. Es el mal de los agrimensores, tan característico de una cultura superficial: basta clasificar una realidad para conocerla. Ciertamente, Necrópolis no es fácilmente clasificable, pero aunque hable de los campos de extermino no debe ser calificado como “literatura del Holocausto”, expresión casi blasfema y que se debe más a la mercadotecnia que a la inteligencia lectora. ¿La obra de Primo Levi es literatura del Holocausto? ¿La de Celan? ¿La de Imre Kertész? Magris usa la expresión como muchos otros... ¿por qué no podríamos usarla? Sencillamente, porque no se puede convertir el Holocausto, la Shoá, השואה, en un subgénero literario. No tenemos ningún derecho a hacer un bagatela de la realidad terrible de la que nos hablan algunos testigos (iv).

            ¿Qué es entonces Necrópolis? Un testimonio personal—no una novela, no un conjunto de relatos—sobre los campos. Anagrama lo ha publicado en su colección Panaroma de narrativas, como el Diario de H. Berr. Pahor no ha escrito un diario ni sigue una estricta secuencia cronológica. No, comienza magistralmente: el antiguo habitante del campo de exterminio vuelve como turista en un grupo de turistas dirigido por un guía que quizás lo conoce de otras veces y que experimenta cierta confusión al hablar delante del superviviente. Es un extrañamiento, pero no simple “procedimiento literario”. No, el autor quiere hacernos sentir el golpe, porque nosotros miramos pero no vemos; quizás escuchamos, pero no oímos. Nos faltan los sentidos para percibir, ésos que dio el procedimiento y llevan a ver la realidad de los campos de exterminio literalmente con otros ojos. Porque no todos los ojos son capaces de ver lo mismo. Recuerdo ahora mis primeros estudios de simbología cultural: nos explicaba el profesor que no vemos físicamente lo mismo, pues la percepción depende de muchos factores (v). Necrópolis  pone de manifiesto exactamente esto: el visitante—el turista de los campos (vi)—no es capaz de ver aunque mire y se le explique.

            Hay muchas razones para leer Necrópolis. También literarias, sin duda, pero debemos dejar de momento aparte los juicios estéticos al hablar del testimonio de Pahor. Con una lucidez extraña, aquella que consiste en ser capaz de mirar al mal cara a cara sin perder la noción de bien, el autor trenza ante nuestros desorbitados ojos la urdimbre de la muerte en los campos: el choque brutal entre lo que hoy vemos y lo que hoy ven los supervivientes—éstos siempre cargando con la culpa de ser tales, siempre lamentando haber quedado para contarlo. Admirable capacidad para recordar el horror, pero también el coraje de algunos: cambiar la etiqueta del dedo de un muerto al que ya no pueden matar y que salva con su muerte a un vivo (vi), limpiar las heridas o dar calor con el propio frío... Citaré algunos pasajes:

            La llegada al campo: Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este ligar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior esté ahora abierto y desnudo (pág. 25).

            A veces parecía haber sitio a la esperanza: Porque en algún lugar de nuestro ser brotó un germen de esperanza del que éramos conscientes, pero en el que muchos no querían pensar para no dañarlo con su pensamiento herido y desmoronado (pág. 74).

            El trabajo burocrático de algunos: Sospechaba que lo había hecho para disminuir el número de los que habría que llevar al camión; no actuaba por altruismo, sino según los cálculos de las posibilidades de organización (pág. 99).

            Los detalles de cariño: Mira qué sucio estás, se enfadaba Janoš, como si el mundo volviese a estar en orden si la mano herida estuviera limpia (pág. 106).

            El respeto que infunde el terror a los propios demonios: También porque en las relación de los oficiales de la SS con los enfermeros siempre había un poco de respeto, como si no pudiesen creer que nos dedicáramos a pacientes que creaba el mundo del crematorio (pág. 107).

            La terrible descripción del asesinato como diversión que se realiza en las páginas 118-119. La reflexión de Pahor, terrible, a propósito del mundo moderno acostumbrado a buscar la comodidad en todo y a sistematizarlo todo (¡agrimensores!): Y aun cuando en su subconsciente de vez en cuando tiene vergüenza de su posición de eunuco de harén [se refiere al hombre europeo], goza en exceso con los sermones moralizantes y desea estigmatizar el comportamiento de los jóvenes sin admitir que es él quien ha hecho perder ya de antemano toda la herencia de honradez y justicia que tendría que transmitir a las nuevas generaciones. Porque también estas constataciones están ya tan gastadas que en una vaga apatía general suenan a tópicos (pág. 127).

            La espantosa ceguera: Esto significaba [se refiere al hecho de que dos chicas pasaron junto a la procesión de seiscientos hombres vestidos de cebra como si la calle estuviese desierta] que es posible inculcar a la gente un desprecio tan radical hacia las tribus inferiores que hasta dos chicas podían transmitir un frío capaz de anular el desfile de esclavos y seguir andando por la acera como si sólo las rodease el tranquilo ambiente soleado (pág. 148).

            Pero no quiero alargarme más con las citas. Mejor será leer el libro, pues merece la pena dedicarle tiempo, pararse en sus frases y pensar.

(i) Había visto un anuncio en el suplemento cultural de un periódico. Acudí a la librería “Palas”, pero los dos ejemplares que le había servido la distribuidora, aunque estaban en el local, fueron inencontrables. Quizás la catalogación era difícil o tal vez es lo que tiene el espacio de las librerías: pequeños agujeros negros que se tragan a veces algunos ejemplares. De todas formas, debieron verme con muchas ganas de hacerme con el libro de Pahor, porque unos días después volví y tras comprar un par de libros le pregunté a Amparo Lazo, eficiente y encantadora, por el de Pahor. Y he aquí que me regaló un ejemplar. No me imagino a una de esas grandes superficies de ventas regalando libros a sus clientes de esta manera; posiblemente, editarán Los cien mejores chistes de bollulleros y los regalarán (porque nadie los compraría: ya se sabe cómo es de formal la gente de Bollullos), pero esto no tiene nada que ver—absolutamente nada—con la relación entre librero (que no vendedor) y cliente que se establece en las pequeñas librerías.
(ii) Cosa que a veces puede entenderse como castigo.
(iii) De jovencito, que también lo he sido, adquirí la costumbre de no leer los prólogos de terceros al principio, sino al final. Entonces era pánico a que me destripasen, de una forma u otra, los libros que tenía entre las manos. Con el paso de los años mantuve la costumbre, aunque las razones cambiaron, sobre todo porque en los ensayos los prologuistas tienen la manía de proyectar sus prejuicios dificultando un juicio personal, que de por sí ya es difícil. No hablemos de poesía aquí, por si acaso. Sin embargo, debo reconocer que algunos prólogos ayudan si se leen como final. Y el recuerdo de una anécdota sobre los prólogos: se cuenta que cierto escritor fue propuesto para la Academia y no gozaba de las simpatías de un académico prestigioso y durmiente, ¡qué mal va Asia! (como le dijo el bueno de Dámaso). Intentó humillar el académico públicamente al candidato con una de sus frases hirientes (tanto al menos como algunas de sus novelas para el buen gusto literario, conste): “Es un buen escritor de prólogos”. A lo que el otro replicó: “Me encanta que ese señor sea un lector atento de mis prólogos”.
(iv) Una vez más hay que repetir que es preferible hablar de Shoá que de Holocausto. Ciertamente, es el último término el que se ha popularizado; pero la palabra hace referencia a un sacrificio en principio agradable a Dios. De hecho, Holocausto deriva de un sustantivo griego, que a su vez remite al verbo ὁλοκαυτόω cuyo significado primero es consumir por el fuego completamente una víctima. Shoá se refiere, en cambio, a la catástrofe; remite al humo negro que asciende ofendiendo al cielo cuando se produce una catástrofe. En cualquier caso, Pahor habla de la Shoá, del Holocausto, aunque ni sea judío ni Necrópolis aborde el tema de la Endlösung o Solución Final.
(v) Ésta es una de las razones por las que algunos tienden a quedarse perplejos delante de determinadas obras de arte moderno: sencillamente no pueden verlas.
(vi) Sin duda nuestra sociedad acabará generando algo parecido a un “turismo del Holocausto”. Se organizarán viajes—de hecho ya se hace—para conocer de primera mano la barbarie; los turistas acudirán con sus cámaras de fotografía y vídeo. Aquella encantadora pareja alemana le pedirá al joven del pantalón caqui que les saque una fotografía en las que se les vea debajo del cartel Arbeit macht frei. El joven, alzando con suavidad la mano izquierda, les pedirá que den unos pasos hacia atrás para que se vean también los barracones, los blocks... Hay una enorme diferencia entre ir a Santiago como peregrino que como turista, aunque los medios de comunicación, temerosos de mencionar palabras peligrosas como religión, fe, dureza, esfuerzo o espíritu, los confundan cada vez con más frecuencia. Estuve en Auschwitz y no fui como turista, sino como penitente: Negra leche del alba...
(vii) Procedimiento que ya había descrito de otra forma Jorge Semprúm en su libro Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona, Tusquets, 2001.

Shalom.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tiene razón en sus palabras. Leí a Hélène Berr y me estremeció. Lo delturismo del Holocausto me parece absolutamente despreciable. Un saludo

Jack Hazut dijo...

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Jack Hazut dijo...

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