lunes, 31 de enero de 2011

Para borrar

Las malas hierbas
son rojas y amarillas,
no te darán de comer
pero te alimentarán
de belleza.

            Hay días en que el cielo se oscurece y huyen todas las islas. Y entonces uno recuerda que fue en otro tiempo. Dolor del hogar perdido. ¿Hace cuántos años, en qué espacio, leí Los milagros de Nuestra Señora? El tutor pensaba que debía dedicarme a otros asuntos, pero a mí, con trece años, me entusiasmaba—en su significado original—tener entre las manos el libro de un clérigo que pedía un vaso de bon vino. Era otro mundo porque era otro tiempo y otro era yo; sin embargo, no sería quien soy sin aquella pasión casi infantil, como la que me recorrió la espalda la primera vez que vi a Carlos I en El Prado.

            Había grandes mercantes en la bocana de los puertos, fondeados, esperando su turno. El humo blanco se mezclaba con el negro y, en calma chicha, ascendía verticalmente como la columna de humo del Sinaí. Entonces estaba a punto de llegar Miguel Hernández, quizás mi primera elección. Tal vez fue en Jávea, en un mes de julio, recién acabado cuarto de bachillerato; compré como un tesoro una biografía de Miguel Hernández que había publicado Planeta. La portada era de un amarillo intenso, casi epigramático si puedo abusar un poco del lenguaje. Antes debieron llegar  mis manos algunos poemas. Al final de aquel verano, justo antes de quinto, en la librería que regentaba quien después fuese vicepresidente del gobierno español y que entonces—tengo un vívido recuerdo de él en la diminuta librería—disfrutaba viéndose rodeado y, sobre todo, escuchado, en aquel lugar compré mi primera antología de Antonio Machado y un librito enteco de León Felipe, que fue quien más impacto me causó. No había casi huellas en mi alma. En quinto llegó mi primer gran amor, Juan Ramón, el de Moguer, el de Las hojas verdes y aquella Antolojía chocante con su jota de Jiménez. Mi hermano me pasaba libros, que a veces me parecían insoportables pero que me formaron.

            Y el Griego de quinto, aquella maravillosa Hélade, la pasión por la Historia, por la belleza inalcanzable y terrible, por la teología, por descubrir para qué todo esto que duele tanto y que nos hace llorar. Ya entonces estaba enfermo de nostalgia, pero no sabía la verdad: el pasado es la única patria que nos devora. Sí, sentía angustia por los años con esa comezón del adolescente que se quiere viejo sin abandonar su juventud. También estaba el baloncesto. Díaz-Miguel había dicho que el fútbol se jugaba con los pies (lo siento, Marzal), el balonmano, con las manos (lo siento, Diaque), pero el baloncesto se jugaba con la cabeza. Unos años antes había estrechado la mano del mismísimo Emiliano (aunque siempre preferí a Buscató, el calvo, que tiraba en suspensión echándose ligeramente hacia atrás, justo lo que no se debía hacer). Recuerdo a Filbá, sentado en el banquillo del pabellón de Aparejadores; sentado era más alto que yo y su maravillosa napia le daba un aspecto fantástico. Corbalán llegó para jugar la final con el Madrid, pero siempre seré del Jouventud. ¿Y qué leía? Reconozco que la pasión por estudiar me alejó del deporte, pero no del juego porque el estudio lo es.

            Con dieciséis años leí La historia de Israel, de J. Bright, una auténtica alucinación. ¿Quién no ha querido ser asiriólogo o egiptólogo? Supongo que la mayoría nunca lo pretendió, pero yo no era tan extraño que no me diese cuenta. Y un año antes llegó, gracias a Edaf, Baudelaire, Las flores del mal con aquel “hilarán su tela las arañas,/las víboras parirán sus crías” capaz de transportarme a otro mundo en éste, casi un refugio.

            El corredor de la memoria es largo, pero empieza a estar oscuro, y estoy cansado. Hay días en que se necesitan abrazos. Pero no llegan y el tiempo te suicida en un mar de nada. Quizás el mejor trabajo es el de suicida: nadie te reclamará nada una vez que hayas hecho tu trabajo.

            Todo esos libros, muchos más, toda mi primera colección de poesía, con dedicatorias de amigos, los perdí en uno de los muchos traslados en que siempre ha consistido mi vida. Durante unos años pensé que todo había quedado en calma; pero la mar se ríe de mí: no hay puerto y todo es navegar. Al fin y al cabo, según mi madre, yo era el Capitán Tormenta subido al puente de un destartalado Aline con unos prismáticos que me quedaban grandes. Entonces Mimí me regaló la historia de un esquimal.

El cielo se ha incendiado en vísperas
y ultramodernos stukas
están dispuestos a bombardearnos.
Todos los poetas están muertos...

            Hay días, sí, en que se olvidan los colores y sólo el sabor del aire te recuerda quién eres. ¿Se puede vivir sin pasión?

            Shalom.

José Rubio

EL LUGAR DE LA BELLEZA


Entre edificios
tristísimos el vuelo
de golondrinas.

            Hace muchos años, junto a un paseo lleno de álamos, coincidí con un amigo, que acaba de llegar de la India para pasar unos días de vacaciones junto a su familia. No sé por qué, pero en un momento nuestra conversación derivó hacia la belleza y le dije: “Es preciso alzar los ojos para encontrar belleza”. Aún recuerdo su gesto entre sorprendido y perplejo; no lo entendí entonces, pero hace unos días pensando en los versos que encabezan esta reflexión recordé lo sucedido. Mi amigo estaba acostumbrado a encontrar la belleza a ras de suelo—nunca mejor dicho—, entre los moribundos que yacían por las calles. Y es que el ser humano es hermoso y tiene en sí el aura de la belleza de Dios. Sin embargo, nuestras obras... [1].

            Estaba en los anaqueles de poesía: José Rubio, Días aparte, Valencia, Pre-Textos, 2010. Me sonaba haber leído su anterior poemario, publicado en la misma editorial, Después de la señal, aunque lo he buscado en casa y no lo he encontrado. He leído y releído los poemas de José Rubio a veces con una extraña delectación, porque parecían describir mi vida mejor de lo que yo soy capaz con mis torpes, inútiles, palabras:

ENGAÑO

     Admite que lo sabes,
y reconoce al menos, en esta hora sombrá,
que el desmedido empeño con que tratas
cualquier asunto ajeno,
y tanta diligencia
con lo que no te importa, es la coartada
que tu astucia te tiende.
Un engaño común por no quedarte
con tu conciencias a solas,
a comentar a fondo tu fracaso.

            No acostumbro a leer los poemarios de corrido, no sólo porque me cansa, sino porque me parece una forma miserable de no disfrutarlo; aunque hay tardes... sí, e incluso hay mañanas en que echo en la bolsa un poemario y salgo a caminar. Si encuentro un lugar agradable y solitario—una plaza, un parque pequeño tal vez o la orilla del Río—, me siento y leo en voz alta. A veces deletreo los poemas guarecido en los cafés, provisto también de papel y pluma [2]. En ocasiones estoy tan bien, tan feliz diría (porque parece que el mundo se ha detenido o incluso ha cesado) que no paro de leer y se me pasa el tiempo y las páginas, las hojas y la vida. Eso me ha pasado con Celan, Ungaretti, José Julio Cabanillas, Rilke... en verdad me ha pasado con casi todos los poetas que me defienden de los golpes, acunan mis sueños y tienen la palabra exacta para decirme.  Algo así, en la magia de una mañana de invierno, me ocurrió con el libro de José Rubio. Sólo espero quienes se acerquen a él disfruten tanto como yo.

            Es cierto que hay besos, lo dice Luis Rosales, que duran toda una vida; pero también hay suicidios que duran el curso de una existencia. ¿Cuál es el lugar de la belleza? Posiblemente, allí donde es de noche pero se espera un amanecer.

            Shalom.

[1] Los barrios nuevos de las ciudades modernas son idénticos. Situándose en las afueras, en la periferia o en una de esas urbanizaciones hechas para ahogar los sueños, uno no sabría si se encuentra en Zaragoza, Valladolid, Málaga o tal vez el Infierno, pues todo es idéntico y la fealdad ensucia nuestras almas. ¿Cuál es el lugar de la belleza?

[2] Sin embargo, desde que no ha prohibido fumar en los cafés... No es ninguna venganza contra la ley ni expresión de impotencia. Sencillamente, me gusta fumar un puro mientras bebo un huisqui acompañado de un libro.