viernes, 12 de octubre de 2012

Jonathan Safran Foer, 2


AULLIDO EN LA MEMORIA
Comer animales, dos
En memoria de Viejo.



            El libro de Safran impresiona a quien no haya visto o leído nada sobre el trato que damos a los animales con los que nos alimentamos. Sólo por el impacto que causa es ya recomendable su lectura. Desde hace muchos años conocía yo las miserables condiciones en que se crían las gallinas ponedoras y los pollos que vemos en los supermercados. En tiempos había una expresión sobre el aspecto de estos animales: “Tienes más mala cara que un pollo de Simago”. De color blanquecino, cuando no gris, pensábamos en su mal aspecto, pero nunca en los sufrimientos que había padecido el animal hasta llegar a la línea del supermercado. En la Red se pueden ver sobre el asunto muchos vídeos de la misma manera que es posible hallar vídeos sobre el maltrato a los animales en las granjas; curiosamente, en muchos se solicita la confirmación de la mayoría de edad para el visionado, pues contienen impías escenas de violencia. Quizás todo esto también lo sabía; pero, como dije en la entrada anterior, ha sido sólo con ocasión del libro Comer animales cuando me he detenido a pensarlo un poco. Ciertamente, las granjas europeas no son las gringas, pues allí la agricultura y la ganadería han sufrido un proceso de industrialización imparable en el que priman exclusivamente los beneficios. En Europa y en otras regiones del mundo la situación parece que podría ser diferente, ya que en ellas priman sólo los beneficios. Como entiende cualquiera, la diferencia es muy notable. Por la información que he recabado hasta el presente, parece verdad que en Europa la legislación es menos permisiva que en el País Sigla. Sin embargo, el Viejo Continente (tan extraño que ni siquiera es realmente un continente) es una isla en nuestro mundo. No deseo pensar hoy cómo serán las granjas en China o en otros países de crecimiento acelerado. Se me dirá que todo el mundo tiene derecho a comer. Estoy dispuesto a defender esta verdad, pues desde muy joven he estado convencido de que la injusticia impera en el reparto mundial de alimentos (no me hizo falta descubrir el año de COU el problema de los monocultivos en África, aunque ayudó). Sin embargo, eso no significa que tengamos derecho a consumir animales. Puedo decir que más bien que inclino al lado exactamente opuesto: no tenemos derecho y estoy dispuesto a defenderlo con argumentos incluso teológicos (que son los de mayor peso, conste).

Debo al libro plantearme por primera vez con seriedad la posibilidad de hacerme vegetariano (ciertamente, de muy joven la lectura de Todos los hombres son hermanos, de Gandhi, me llevó a pensar en la posibilidad, pero había otras urgencias). Sin duda, jamás hubiese comido a ninguno de mis animales. Aquí llega, empero, la voz del que busca la excepción: “¿Ni en caso de extrema necesidad?” Bastará que recuerde que en quinto de bachillerato leí Viven y admiré el coraje de los supervivientes del accidente de Los Andes. Sin embargo, a diferencia de mi admirado Gandhi, inveterado vegetariano y defensor de todas las criaturas, no creo que hombres y animales seamos iguales: siempre elegiré salvar a una persona antes que a un animal, pero preferiría no verme nunca en esa tesitura. De todos modos esta diferencia, pienso, no nos autoriza a sacrificar animales ni a poner toda la naturaleza en función de nuestras supuestas necesidades alimenticias. Y todo esto sin entrar, porque sería excesivamente largo y triste, en las consecuencias ecológicas (¡para nosotros también!) del actual sistema productivo agropecuario.

En toda discusión hay grados y confieso sin pudor que cualquier fanatismo me pone enfermo, incluso el de aquellos que pretenden instaurar una racionalidad absoluta. Es una evidencia, por lo menos, que no necesitamos consumir tanta carne, huevos y leche; por lo tanto, parece un grave error la estrategia del capitalismo de reconvertir el sistema agropecuario en su totalidad en un sistema para la obtención masiva de beneficios económicos. Como siempre, el capitalismo causa los problemas y no forma parte de la solución. Ésta sea tal vez la objeción más objetiva que se le puede hacer al libro de J. Safran: parece no entender que un cambio radical en la dieta implica no sólo muchos factores sociales, sino un cambio de paradigma económico. Sin embargo, como nunca he pensado que el capitalismo fuese bueno (y, sí, amigos, uso un término moral para criticar a un sistema económico, pues no soy de aquellos que creen que las leyes económicas se asemejan a las layes de la naturaleza). Hay sábados en los que, poniendo un poco de orden en la casa, escucho en la radio programas dedicados a la agricultura y a la ganadería, y no deja de sorprenderme, incluso de provocarme espanto, la noticia de que el trigo, la cebada, la soja, pero también el simpático cerdo, la amable vaca, la inocente ternera… cotizan en bolsa de manera que el precio de los productos agropecuarios está en función de eso que se da en llamar leyes de mercado (y habría que clarificar qué se entiende ahí por ley) y no de las necesidades de alimentación de la población. Se abalanzan sobre mi débil memoria unos versillos de una canción de Godspell:

Han racionado el agua,
han secuestrado el Sol.
Los ricos tienen todo,
menos nuestro dolor.
Lo dice el Cielo,
lo dice el mar:
tanta injusticia ha de acabar.
¡Cese el dolor!
¡Venga la paz!
Salva a tu pueblo.

Y es evidente para quien tenga sensibilidad humana: el trato que damos a los animales es una flagrante injusticia. Y prefiero alinearme con los ingenuos que coleccionan estampitas de san Francisco o de san Antonio cuidando animales que con quienes se sitúan enfrente. ¡Bendita ingenuidad que pretende eliminar el dolor de nuestro mundo!

No es justo tratar a los animales como una inversión. Las granjas tradicionales, tal como Safran las refleja en su libro, daban a los animales un trato diferente de las granjas industriales; pero ha sucedido que, primero en el País Sigla y después en todos sus imitadores, las granjas tradicionales han ido desapareciendo al no poder competir con las industrias que, incluso con un margen menor de beneficios, obtienen mayores ganancias a la aplicación de  criterios de beneficio puro y duro. Si el futuro es el capitalismo, entonces todo ser vivo (incluyendo esa curiosa especie que adjetivamos como humana) será puesto en función de las necesidades del beneficio de las minorías que controlan el poder económico (es lo que ellos llaman “mercado” escudándose de manera permanente en el anonimato del “se”. Curioso que aquí coincidan Horkheimer, Adorno y el poeta frustrado, Heidegger). El condicional, por fortuna, no es necesariamente cierto; mas eso implica que no podemos quedarnos con los brazos cruzados y que, como en el caso del agua, nosotros debemos estar dispuestos por pagar más por nuestra alimentación, pues el mundo, tal como lo hemos está, es injusto. Sin embargo, la estrategia de los defensores del capitalismo es anular la posibilidad de un juicio moral no sólo sobre las consecuencias de ésta, sino sobre el sistema mismo. El fin de la historia llegó también para los defensores tradicionales del progreso, pero, gracias a Dios, no por eso se ha acabado la historia.

Reconozco que las dificultades que plantea la reconversión de la dieta son inmensas, aunque podríamos probar a sabotear a KFC, empresa que, para más inri ocupó el la Heroica Ciudad el lugar del café Los Tres Reyes Magos. Posiblemente, un buen capitalista (pongamos por caso, el amo del Santander o el presidente del País Sigla: es preciso ponerle rostro al mercado) hubiese sacado más rendimiento al oro, incienso y mirra que los tres magos depositaron ante la fragilidad infinita en Belén. Mejor no pensar lo que hubiesen hecho con los animales… pues frente a la demagogia del mercado (¿qué es la publicidad?) sólo nos cabe a veces invocar otra retórica, más humana, que toque nuestros sentimientos: los hombres de Lascaux o de Altamira no hubiesen querido alimentarse en nuestras mesas. Podemos ir, por lo tanto, dando pequeños pasos en la dirección correcta, que es la del respeto a los animales: asegurarnos de la procedencia de nuestra leche, de los huevos, por ejemplo, o renunciar a los pescados cuya captura provoca la muerte de otros millones de seres vivos; solicitar en los restaurantes (en los cuales resultaría de lo contrario prácticamente imposible comer [1]) no sólo la procedencia de los productos, sino menús vegetarianos.

El libro de Safran provoca a veces una cierta perplejidad no por el tono de fondo, sino por ciertas argumentaciones. Dice que la naturaleza no es cruel; pero eso parece suponer que el ser humano es algo más que naturaleza (y yo estaría básicamente de acuerdo pese a las discrepancias terminológicas). De manera semejante, conjura el mal como algo subjetivo (en función de la conciencia, que vendría, en una paradoja, a ser el origen último del mal), sin darse cuenta de que así se desarma la permanente resistencia contra el mal… Podrían ser dichas más cosas, pero esto no cambiaría el fondo. Ha llegado el tiempo—el Mesías ya ha venido—en que debemos conseguir que el oso y la vaca pazcan juntos porque nos alimentaremos de toda semilla y toda fruta que los árboles produzcan sobre la faz de la Tierra.

Shalom.

[1] En la tierra de los germanos, por cierto, han negado desde una sabiduría coquinaria que deberíamos seguir, el nombre de “restaurante” a todas esas cadenas de alimentación rápida (aún recuerdo cómo me echaron en Dublín hacen muchos años después de haberme obligado a tomar asiento con unos desconocidos) de origen gringo. Puedo decir, de paso, que desde luego las patatas no están hechas con aceita de oliva, y puede probarse a comprar una hamburguesa y dejarla unas horas: adquiere una espeluznante apariencia plástica.

1 comentario:

Angelus dijo...

La entrada responde de forma indirecta a la duda que planteé anteriormente. No es mi intención debatir sobre el asunto, del que estoy ya a priori convencido y casi, casi llevo a la práctica, sino valorar (si se me permite el atrevimiento) la reseña formalmente; me parece magistral: bien comentado y argumentado, y ameno. Saludos, compañero.