jueves, 19 de enero de 2012

Carlos Pujol, poeta.

LA LUZ CREA, NO SÓLO ILUMINA


            Ha muerto recientemente el poeta el escritor, el poeta barcelonés Carlos Pujol, noticia que me ha apenado profundamente. Hace pocos días adquirí su último poemario, El corazón de Dios, Palencia, Cálamo Poesía, 2011. Fue en buena parte por el título, un luminoso antropomorfismo; pero también porque de Carlos Pujol había leído yo otros dos poemarios. Uno publicado en Pre-Textos, Versos de Suabia, y otro editado por La Veleta, de Granada, Cuarto del alba. Aunque ninguno de los dos me había resultado fácil de leer, sin que yo acierte a saber con exactitud por qué, me habían gustado. Abrí El corazón de Dios y me encontré en un mundo hermoso y familiar:

No te voy a contar
nada nuevo: vivimos
en una casa demasiado llena.
Con muebles, versos, chismes,
perifollos y plantas de interior,
palabras que no quieren decir nada
y soberbias locuras
para pasar el rato.
Es lo que llaman calidad de vida.
El día en que nos llames estaremos
doblemente desnudos,
echando en falta en medio de la luz
el engaño a los ojos de las cosas.

            Quizás alguien pueda sentir más ternura por la cotidianeidad, pero difícilmente alcanzará una expresión más lograda. Los versos de Pujol—versos blancos dicen los profesores de literatura—no son prosa echa pedacitos (como a veces se ha quejado algún sabio poeta miembro de nobles jurados): tienen un ritmo sabio, nada subterráneo ni difícil de encontrar [1].

            El poemario es un diálogo es un largo soliloquio con Dios en el hermoso terreno del cada día ya sea del pan, del perdón, del dolor o del olvido. Hay en cada poema un hilillo de cariño a ese Dios que no sólo no responde sino que es Él precisamente porque calla. Aun arriesgándome a decir demasiado de mí y a mancillar la bella palabra de Pujol (El Eterno me perdone), diré que la forma de presencia de ese Dios, es su ausencia. Algo que lo acerca en endecasílabos a la infancia que late en el corazón de aquel que se esconde detrás de los cristales de sus grandes gafas:

El tobogán es la gran aventura,
un castillo de arena es el imperio,
la chapa de refrescos forma parte
del tesoro de Morgan el pirata.
Y al final del pasillo se entrevé
el mismo corazón de las tinieblas.
Asistes a las gestas y sonríes,
porque el juego también fue invento tuyo,
igual que las estrellas y nosotros.

            Estamos ante una presencia elusiva, que se nos escurre entre las manos una y otra vez; un Misterio que es luz, pero que en ocasiones nos ciega. No cabe duda de que en todos estos versos de Pujol late la experiencia de haber vivido y de haber llegado a una orilla lejana marcada por la vejez:

[…]
Las máscaras de viejo ¿te parecen
más amables y bellas que otras?
Las arrugas, las canas, los traspiés
[…]
Si nos miras sabemos lo que somos,
nunca pudimos ser como ahora jóvenes.

            Se tiene frío, tal vez miedo, pero se sigue vivo y no se quiere renunciar a nada: ¿Tiritas como yo? Me parece recordar que fue Bernanos quien dijo: Amo a este mundo mucho más de lo que nunca me atrevería a confesar; sin duda Carlos Pujol compartiría gustoso esta opinión. Mas su amor al mundo, con todos sus cachivaches, no es nunca un aferrarse, sino el cariño a lo concreto:

Aquí donde me ves,
no soy un buen perdedor. Me gustaría
no renunciar ni a un átomo de mundo,
como si fuese propiedad privada…

            ¿Qué queda? Sin duda una fe quejumbrosa que sólo se sabe segura cuando duda de sí misma; pero también—y es más importante—mucha vida, mucho amor y también mucha alegría. Queda ese humor discreto y cercano que mira con cordialidad incluso aquello que a una sensibilidad educada le choca. He titulado esta entrada con una idea de la teología ortodoxa que nosotros, nacidos donde el Sol muere, apenas hemos vislumbrado. Debo decir, sin embargo, que El corazón de Dios ha vuelto a poner esa verdad en mi mente, pues el poeta—Pujo lo es—no sólo ilumina nuestra existencia, sino que crea espacios para que nuestra alma pueda crecer y madurar [2].

            Shalom.

[1] Escuché por primera vez esta expresión a una poeta, una buena poeta, se vio obligada a defenderse de los amables ataques de un entrevistador. Sin embargo, la he oído más veces para justificar el carácter poético de algunos textos que ni siquiera son prosa. No: o el ritmo está en las palabras con sus vocales y sus acentos o no está.

[2] He repetido con frecuencia la tajante afirmación de Dámaso sobre la poesía y la religión. Sí: hay una profundidad en la existencia que nos llega gracias a las palabras del poeta. Y meditando en esto he recordado unas palabras del gran Karl Kraus sobre la superficialidad inveterada de los filisteos, de los buenos burgueses, de los agrimensores: pueden hacerlo todo. Pueden pecar y pueden arrepentirse; pero ni el pecado los hace peores ni el arrepentimiento mejores. 

1 comentario:

Angelus dijo...

Buen escritor. Orfebre del idioma. Persona que fue, me parece, modesta y alejada de fastos. Saludos.