domingo, 28 de febrero de 2010

Christopher Isherwood


EL CONTINENTE HA QUEDADO AISLADO

Como en otras ocasiones, me detuve delante de un libro cuya portada llamó mi atención: divida en dos partes unidas por un cuadrado (como es habitual en las portadas de la editorial) violeta; en la superior, una fotografía en blanco y negro: los ojos algo saltones de un joven miran fijamente; su pajarita, algo deslucida, deja ver un chaleco que le queda, com la camisa, grande. La frente amplia brilla y sus labios apretados, una línea horizontal, parecen guardar algún secreto. Delante de este joven hay una cámara. En la parte de abajo una fila en violeta de soldados sujetan varias banderas nazis. Se trata de la portada del libro de Christopher Isherwood, La violeta del Prater, Madrid, Veintisieteletras, 2010.

Christopher Isherwood nació en 1904 en Chesire (Gran Bretaña) en el seno de una familia burguesa; trabó amistad con algunos de los escritores ingleses más relevantes del siglo XX (Auden, que aparece en la fotografía junto a Isherwood, Foster...). Viajó por Europa y conoció particularmente bien la República de Weimar, aunque abandonó Berlín en 1933 porque el clima, tras el ascenso del partido nazi al poder, se había hecho irrespirable. De su estancia en la capital alemana nació su novela más conocida, Adios Berlín (publicada en España por Seix Barral), que dio lugar a una conocida versión cinematográfica, Cabaret. Se traslado al EE.UU. hacia 1939—con Auden como compañía—y, finalmente, se nacionalizó a los cuarenta y dos años. En la época los EE.UU. siguieron una política de puertas abiertas a la emigración europea, aunque no sin resistencia, que hizo florecer la cultura norteamericana en un espejismo (recordemos algunos nombres célebres: Tillich, Adorno, Auden, Horkheimer...). Isherwood, establecido finalmente en California, murió en 1986 dejándonos un buen número de obras.

La violeta del Prater, escrita originalmente en 1945, recoge buena parte de sus experiencias durante el rodaje Little friend en 1934. Aparte de lo que la novela tenga de autobiográfico—y es mucho, como se puede apreciar en las últimas páginas—, se trata de un relato escrito con buen pulso, breve y que se lee de un tirón. En el Londres de 1933 un joven escritor, el propio Christopher Isherwood, es contratado por los estudios de Imperial Bulldog para articular el guión de una película, La violeta del Prater; para dirigirla los estudios han contratado a Friedrich Bergmann, un cineasta austríaco que ya no encuentra trabajo en su patria debido a su origen judío. En realidad Isherwood ha sido contratado más bien como perro de compañía del austríaco, pues el propietario de los estudios, el señor Chatsworth, tiene un fino olfato para los negocios y sabe que Bergmann necesitará algún tipo de ayuda. En el trasfondo de una Inglaterra despreocupada, que sólo sabe mirarse el ombligo, se va dibujando el ascenso de la terrorífica sombra nazi sobre Europa: Le diré: ese paraguas que lleva a mí me parece sumamente simbólico. Es la respetabilidad británica, que piensa: “Tengo mis tradiciones y ellas me protegerán. Nada desagradable, nada que no sea propio de un caballero puede ocurrirme a mí en mi parque privado”. Ese pomposo paraguas es la varita mágica de los ingleses, con la que tratarán de hacer desaparecer a Hitler. Y cuando Hitler, como un maleducado que es, se niegue a desaparecer, el inglés abrirá su paraguas y dirá: “Bueno, ¿y a mí qué más me da que llueva un poco?” Pero lo malo es que la lluvia será una lluvia de bombas y sangre, y el paraguas no es impermeable a las bombas” (pág. 38). Sólo Bergmann parece comprender lo que se avecina, porque los ingleses están seguros; al fin y al cabo, siempre es el continente el que se queda aislado... Aquí no estaría de más recordar la posición cómico-trágica que adoptó el primer ministro británico, Chamberlain, en el Tratado de Munich vendiendo al miedo a la población checa. Quizás sólo Isherwood comprende a Bergmann (del que todos se ríen mientras toman distancia) porque habla alemán.

Sin embargo, lo más brillante de la novela es la historia de la amistad entre los dos protagonistas y la representación del mundo del cine tanto en la figura de Chatsworth como en la de los técnicos, especialmente Lawrence Dwight, que se encarga del montaje. La mentalidad técnica es ciega ante lo que sucede: “Toda esta tontería sobre el fascismo y el comunismo—decía Lawrence—,es anticuadísima y tonta. Y lo mismo pasa con los obreros, que están volviendo loco a todo el mundo. Es de verdadero asco. Los obreros son ovejas, ni más ni menos. Siempre lo han sido y siempre lo serán [...] Lo único que pasa es que tenemos que quitarnos de encima a esos políticos sentimentales. Todos los políticos son unos aficionados [...]. Los únicos que tienen verdadera importancia son los técnicos” (págs. 76s).

Escrita con un sentido del humor que genera cierto distanciamiento, La violeta del Prater no tiene, según me parece, grandes pretensiones, pero es precisamente esa ausencia la que la vuelve interesante, pues hace desfilar ante nosotros un sinfín de personajes que viven sin darse cuenta de lo que se les viene encima.

Shalom.

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