martes, 16 de abril de 2013


ÚLTIMA ESCRITURA



Entra en lo posible que una persona, cualquiera, se perdiera en el azul contemplando las grandes naves blancas que lo surcan, olas o nubes, ¿quién sabe? Después sabremos. Lo más probable es que tal cosa sucediese en primavera—una estación que se ha hecho esperar como el retorno del Mesías. Sin duda, un observador, pongamos por caso el padre, pensaría que su hija está perdiendo irremisiblemente el tiempo. Digo bien: irremisiblemente, pues el tiempo que se va no vuelve y no parece tener redención posible, tan ciegos nos hemos vuelto. Sin embargo, es posible que la hija fuese feliz así, tumbada, tal vez con los brazos hundiéndose en la verde yerba mullida por las últimas lluvias mientras sus manos sujetan la cabeza. ¿Qué hace? Algo gratuito, pero no inútil: contempla la belleza en la que sus ojos zozobran buscando algo, maguer no sepamos bien qué: un recuerdo, una promesa, el amor perdido, su identidad o tal vez su futuro. Los hombres de todas las edades, de todas las épocas y de todos los lugares, han elevado sus ojos al cielo para contemplar las nubes o los han sumergido en la mar sin buscar aparentemente nada, salvo la belleza.

            Unos hombres medio desnudos, quién sabe si guiados por un chamán o por un joven encontrado en la inmensidad del espacio que atraviesan desde hace años siguiendo a las manadas, tiemblan por el frío y penetran en una cueva portando antorchas. El humo es negro y a sus ojos, acostumbrados a las grandes distancias, les cuesta trabajo ver entre tantas tinieblas. Brillan ocres y dorados, rojos de la sangre que portan en cazuelas, la nieve que habita en sus ojos, iris multicolores. Al fondo de la cueva, allí donde sólo los dioses penetran, pintan con hábiles movimientos. Inclinan sus cabezas, sienten el calor del fuego y el resplandor de la piedra; quizás hay entusiasmo. Luego, con las pupilas dilatadas y el alma herida por la belleza, salen: les deslumbra un cielo bruno, sin nubes, en el que sus dioses derramaron mil lágrimas. Recuerdan y, de nuevo sienten ese ligero temblor de algo que en ellos está, pero les supera: la belleza.

            Mira el firmamento: cuenta las estrellas si puedes… (claro que el redactor no imaginó nunca que nuestras ciudades serían capaces de cegar el cielo y hasta al Cielo). Abraham quizás también se estremeció por la promesa, por la belleza de un futuro imaginable, pero aún irreal: una huella; mas se había puesto en camino. Años después Moisés, refugiado en una grieta, sólo pudo entreverla: la Gloria de Dios pasó por delante del libertador, pero fue cubierto por la mano piadosa del Eterno, pues nadie puede ver a Dios y seguir con vida. Muchos siglos después Rilke dirá lo mismo, conmovido por una belleza sublime, en una de sus elegías, pues todo ángel es terrible.

            Ni para nosotros, los judíos, ni para nosotros, los griegos (porque Zubiri, aunque en un contexto diferente, acertó al decir que nosotros somos los griegos), la pregunta por la belleza ha sido independiente. A veces pienso que la fragmentación moderna (la forma de Kant de hablar de la belleza, por ejemplo) nos vuelve un poco tontos y no somos capaces de comprender un mundo todavía no fragmentado en el que era posible contemplar las estrellas sin pensar en mecheros cósmicos (lo digo como fumador, conste). La pregunta por Dios (y en ese concepto concentrado en maravillosa unidad también todo lo hermoso de los dioses griegos) y por la belleza no son independientes, pues el primero sólo es pensable como כבוד  (kabôd: resplandor, gloria: belleza) delante de nuestra vida (no sólo de nuestros ojos, pues la existencia no existe disgregada sino para una razón disecadora). La Modernidad ha consistido en buena medida en achatar lo que no cabía en el ataúd que le preparó a los hombres. Quizás es un sueño romántico, pero la vida no es reductible a nuestros conceptos sobre la vida; de ahí mi disgusto frecuente cuando me enfrento con escritos sobre la belleza o el arte: parecen redactados por manos de agrimensores que vuelven más turbias las experiencias cuanto más las manosean con sus labios. Desde luego, la filosofía no está llamada a hacerse cargo de la belleza, aunque meditar en ella esté entre sus más livianas obligaciones; pero de ninguna manera la belleza se identifica con la historia de la estética.



            ¿Qué ahora busca Fidias? Sujeta el cincel frente al mármol aún inmaculadamente blanco; el escultor está fascinado, pero también amedrentado (después vendrá el conjuro), pues sabe que la belleza se encuentra en la totalidad de la existencia: en su fondo, pero también en la superficie, pues los griegos fueron superficiales—como Nietzsche nos enseñó—porque fueron profundos. Fidias sabe que la belleza no queda reducida a su arte, que no es una simple τέχνη como oficio, aunque se necesita saber mucho. El escultor sabe que en el gesto del caballo piafando se encarna la belleza, pero ese gesto no supone consagrar la brutalidad de los persas. Sin embargo, los modernos se escandalizan; algunos incluso por el derroche de belleza.

            El escultor se ha asomado también más allá del umbral un día de neblina. Ha dejado su lecho caliente, toca la dura piedra de la entrada y contempla el mundo. Siglos después escribirá:

Me acerco hasta la puerta. El aire es frío
como el gélido lienzo de una cama vacía
y, aún conmocionado, lo acojo quedamente.

Hay pájaros cantando que, invisibles,
reclaman la atención hacia las hojas
que el bosque solicita. A ras de suelo
lo roza una neblina sin raíces
Procuro no pensar. Quisiera devolverle
la familiar mirada con que el bosque nos mira.

Atento a lo contiguo, observo -me demoro-
la neblina inconsciente.

Juan Antonio Bernier, Así procede el pájaro, Valencia, Pre-Textos, 2004

            La vieja fe bíblica nos ha enseñado que el artista es un creador y no un artesano (nos obligan ahora a releer la Poética de Aristóteles que tan maravillosamente tradujo Valentín Garcia Yebra), pues la creación está maravillosamente inconclusa y, aunque la reconciliación con la naturaleza se hace esperar, sabe que no es imposible. El artista no sólo ordena. El paso del χάος al κόσμος no es suficiente para explicar la belleza en su obra. Esto implica que un arte que se quiera bello no puede ser reducido a la μίμησις. Más bien hay encarnación y no puro reflejo: aunque nos insistan, no estamos en un juego de espejo e incluso el ojo maquinal—la cámara—fracasa cuando quiere captar la belleza como puro reflejo. La belleza en la obra de arte tiene un aire de familia a esa respuesta, Antwort, que el ser humano eleva ante la primera pregunta, Urwort, la llamada a la existencia. Recalamos así en la playa del lenguaje—no sólo de las palabras—para descubrir que el lenguaje es la morada del ser (Heidegger, sí, pese a todos mis espantos); pero Paul Celan se asomó al brocal del viejo pozo, en la casa de la cabaña que el Maestro Alemán había diseñado como pura forma para pensar. El suicida parisino escribió belleza:

TODTNAUBERG

Arnika,Augentrost,der
Trunk aus dem Brunnen mit dem
Sternwurfel drauf,
in derHütte,
die in das Buch
—wessen Namen nahms auf
vor dem meinen?—,
die in dies Buch
geschriebene Zeile von
einer Hoffnung, heute,
auf eines Denkenden
kommendes
Wort
im Herzen,
Waldwasen, uneingeebnet,
Orchis and Orchis, einzeln,
Krudes, später, im Fahren,
deutlich,
der uns fährt, der Mensch,
der's mi anhört,
die halb-
beschrittenen Knüppel-
pfade im Hochmoor,
Feuchtes,
viel.

Árnica, alegría de los ojos, el
trago del pozo con el
dado de estrellas encima,

en La
Cabaña

escrita
en el libro
—¿qué nombres anotó
antes del mío?—
en este libro
la línea de
una esperanza, hoy,
en una palabra que adviene
de alguien que piensa,
en el corazón,

brañas del bosque, sin allanar,
satirión y satirión, en solitario,

crudeza, más tarde, de camino,
evidente,

el que nos conduce, el hombre,
que lo oye también,

las sendas
de garrotes a medio
pisar, en la turbera alta,

mojado,
mucho.

Paul Celan, Obras completas, Madrid, Trotta, 1999 (traducción de José Luis Reina Palazón, que advierte, en nota, que la alegría de los ojos es una eufrasia. La palabra alemana que da título al poema, que era la cabaña de Heidegger, puede remitirnos a la montaña de la muerte).


            Leo el poema. Se me rompe el corazón en mil pedazos y no podré reconstruirlo jamás. Sabré otra vez cómo se vive con un corazón roto, pero ¿no es una experiencia universal? Quizás Heidegger, más tarde, en el reposo de la Cabaña, se preguntase, como el padre del principio, si el poeta no perdía irremisiblemente el tiempo, pues también la Belleza, de la mano del arte en esta ocasión, ha de caminar más allá de la Nada. Ahora leería con gusto Ofrecimiento, un hermosamente triste poema de Vicente Gallego (al que le ha dado por filosofar en los últimos tiempos) en Santa deriva, Madrid, Visor, 2002, pero mejor, amigos, volved a Celan con toda su angustia, porque también las palabras han de romperse—¿no fue el λόγος clavado en una cruz?—para que lleguemos a decir algo que entiendan los sin esperanza. Sí, el arte es también lenguaje en el sentido del hebreo ודב (dâbâr), que no se reduce a lo dicho mediante palabras, como sucede también con λόγος o con el arameo memra. Hay entonces en la belleza que alcanzamos de nuestros interior, de nuestro ser, una verdad teológica: pulchritudo perficit naturam, non supplet. Así, no es pensable un mundo sin belleza y los intentos de construcción de un mundo despojado de ella son a la vez los intentos de destrucción de este mundo y de esta vida.

            Sin embargo, parece cierto que lo feo ha acontecido en el arte. Incluso hay quien ha dicho repetidas veces que el instinto del arte moderno es matar la belleza… No sabría yo, sin embargo, si semejante afirmación es cierta, pues acaso depende de lo que hoy llamamos arte; además, ¿cuándo se produjo la entrada de la fealdad en el arte? Por cierto, nunca belleza y fealdad se opondrán en el mismo nivel—aunque no sigamos la tradición interpretativa agustiniana—ni con la misma fuerza: el trabajo de lo negativo siempre llega después, ¿no? La destrucción del canon—de la que tanto se han lamentado algunos y que otros simplemente constatan—es sencillamente falsa, pues nunca el arte ha estado tan reglado como en nuestro días cuando todo queda a merced del mercado y sus demandas.

            Estas ideas, si merecen semejante título, y otras muchas me han asaltado los últimos días mientras leía tres libros muy diferentes, pero con un horizonte común. Los citaré según están sobre mi escritorio: Ernesto Grassi, Arte y mito, Madrid, Anthropos, 2012. Carla Carmona, En la cuerda floja de lo eterno. Sobre la gramática alucinada de Egon Schiele, Barcelona, Acantilado, 2013. Federico Vercellone, Más allá de la belleza, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013. Es un atrevimiento que alguien como yo ose hablar de la belleza y el arte; pero también es verdad que hace mucho tiempo dejé de creer que los agrimensores pudieran medir el espacio: sólo nos dan lo que ya tienen, aunque ése sea otro problema. Uno de los libros, no diré cuál, me parece un tanto superficial; en todos sucede un poco que hacen de la obra de arte algo que debe ser explicado (por el autor, por el especialista) hasta el punto de que sería posible prescindir de la obra de arte y quedarse con el comentario; pero ya advirtió Hegel que el arte debe ser superado en el concepto. Los tres son presas, de una manera u otra, del espejismo heideggeriano del paso atrás: lo dan, pero llevándose condigo todo el ajuar del siglo XX. Me ha molestado un poco que, cayendo en lo fácil, la sevillana haya acabado usando a dios como un simple recurso literario; no quiero imaginar lo que diría Trakl, porque algo hubiese dicho:

KLAGE

Schlaf und Tod, die düstern Adler
Umrauschen nachtlang dieses Haupt:
Des Menschsen goldnes Bildnis
Berschlänge die eisige Woge
Der Ewigkeit. An schaurigen Riffen
Zerschellt der purpuren Leib.
Und es klagt die dunkle Stimme
Über dem Meer.
Schwester stürmischer Schwermut
sieh ein ängstlicher Kahn versinkt
Unter Sternen,
Dem schweigenden Antlitz der Nacht.

QUEJA



Sueño y muerte, las lúgubres águilas
baten toda la noche su rumor en torno a esta cabeza:
a la imagen áurea del hombre
devoraría la onda helada
de la eternidad. En arrecifes tenebrosos
se destroza el cuerpo purpúreo
y la oscura voz se queja
sobre el mar.
Hermana de tempestuosa tristeza,
mira: una barca angustiosa se hunde
bajo las estrellas,
bajo la faz silenciosa de la noche.

Sueño y muerte, águilas de tiniebla,
rondan rumor de noche esa frente:
a la dorada imagen del hombre
parece engullir la ola helada
de lo eterno. En arrecifes estremecedores
púrpura el cuerpo zozobra.
Y se alza la oscura voz en su queja
de la mar.
Hermana en turbulenta pesadumbre,
mira una barca de angustia sumirse
entre estrellas
en el callado rostro de la noche.

Dejo dos traducciones. La primera es de José Luis Reina Palazón, en Obras completas, Madrid, Trotta, 1994. La segunda, algunos de cuyos versos me hieren más, de José Luis Arántegui y se encuentra en Insólitos, blog de Joaquín Piqueras.


            Los libros se leerán con provecho, sobre todo el de Vercellone (quizás no en vano es editor de Manfred Frank). Me sorprende la negativa de los tres a considerar (por prisas, falta de espacio o simple desconocimiento) el impacto que la fe cristiana llevó a cabo en la belleza, pues llegando de un severo aniconismo aceptó la encarnación y su representación. De todos modos, dan que pensar y, sobre todo, a mí me han invitado a seguir buscando la belleza, a continuar mirando arte. Sé, empero, que todos mis esfuerzos naufragarán y que nunca llegaré a la playa; pero ¿no es una permanente zozobra la herencia del siglo XX? Siempre llevaré conmigo algunas palabras; entre ellas, las de Benjamin: sólo por los sin esperanza no es dada la esperanza. No hay camino de regreso; nadie se conforma cuando espera al Mesías y esto dice también algo del arte y de su contenido escatológico: no sólo capacidad de transfigurar lo dado, mirando su fondo más allá de las apariencias, sino incluso, anticipadamente, viendo la transfiguración de lo real. ¿No es eso el maravilloso Patizambo de Ribera? Allí donde otros sólo son capaces de ver deformidad, el artista revela la belleza de un rostro humano que no sólo nos sonríe, sino que nos hace más humanos, nos devuelve la dignidad diciéndonos quiénes somos, pues al fin y al cabo a la obra auténtica, con aura si queréis, no le importa demasiado lo que nosotros, pobres, pensemos de ella; sino lo que ella dice de cada uno de nosotros anticipándonos el Octavo Día.


            Aprender a mirar es para nosotros lo primero: dejarse mirar por la obra, esto es verla, mucho antes que colocarse a los pies de los intérpretes, pues éstos acaban convirtiéndola la más de las veces en un objeto inanimado capaz de servir para cualquier cosa. Es mejor responder con el camarero a Federico: “No lo entiendo [El romancero gitano], pero me gusta”. Durante más de mil años el Crucificado ha estado observándonos desde su abyecta belleza y nosotros hemos contemplado su sufrimiento transfigurado en belleza: ¿habremos aprendido algo? Nos salvará la belleza.

            Gracias a los que me han leído hasta aquí. Estoy cansado y confieso con rubor que mis palabras son vanas y nunca están a la altura. También es cierto que soy más bien bajo… Ahora, me retiraré a los Ródopes. Y termino con un vídeo, porque suena mi nombre dicho con afecto, porque la actriz es muy hermosa y porque, aunque he preferido siempre a George, me encanta Paul:



            Nosotros, los judíos; nosotros, los griegos.

            לשנה הבאה בירושלים הבנויה

         Shalom.



sábado, 30 de marzo de 2013

De Luca, d'Ors, Modiano, Carrasco y algunos buenos poetas


ALGO MEJOR QUE MIS PALABRAS






Hay días que no sabemos bien quiénes somos; quizás nos duele la cabeza, tal vez los nublos de una primavera que no llega han cubierto con su grisura el aire ocultando el azul. Es hasta posible que ese no saber constituya en realidad lo que somos. Así, el consejo del dios Apolo formularía una condena semejante a la de Sísifo: γνῶθι σεαυτόν. Flota en el aire un cierto desencanto, un cansancio extranjero, aunque sea la más luminosa de las fiestas, Pascua, esa insobornable celebración de la libertad y de la vida plenas. Quizás no seremos libres hasta que no volemos, pues ¿no dijo el pájaro de la India “la libertad no se da; la libertad se toma”?

            Estos días de espejo mal bruñido me asaltan los recuerdos como ventana ciega de malas noticias; sensanción de que todo regresa como en un ciclo, pero nada vuelve y las celebraciones no repiten los acontecimientos: han de lanzarnos hacia el futuro, precisamente allí adonde, a partir de un momento en la vida, no querríamos ir. Resistencias, mas sólo el tiempo que no regresa asegura nuestra libertad y abre futuro auténtico. Aunque algunos no quieran, en esto todos somos judíos. Es la maravillosa historia de Jonás a quien esa extraña ballena mediterránea da otra oportunidad.

            Llevo tiempo sin escribir en la gacetilla (lo sé: me repito como un mal guiso) y me faltan las ganas, las fuerzas y hasta la ilusión. Hay libros maravillosos de los que debería hablar; una historia entre triste y esperanzadora de  Erri de Luca, ese italiano en cuyo rostro hay grabados mil sufrimientos, pero que sabe mirar a los seres humanos—a nosotros—con compasión. El crimen del soldado, Barcelona, Seix Barral, 2013 (traducción de Carlos Gumpert). Diría, sencillamente, que de Luca se ha ganado una vez más un lugar al Sol, porque escribre con humildad, sin pretensiones, pero observa con tal cariño a sus personajes que conmueve. Una historia corta, con dos partes, cortada en acantilado, y con la nostalgia de una infancia de felicidad, mas con el dolor sin hogar de no poder curar todas las heridas. Y me recuerda un poco el relato de la aparición a Tomás: el cuerpo del Resucitado conserva las huellas del sufrimiento. Para muchos eran cuestiones estériles—usaban el adjetivo bizantinas con un mohín de desprecio—, aunque sean en verdad una tierra feraz y un vientre fecundo: ¿qué quedará de nuestros sufrimientos? ¿Con qué cuerpo nos alzaremos? El crimen del soldado sólo en apariencia plantea la cuestión del arrepentimiento, pues aquel soldado lamenta unicamente haber perdido la guerra: en su ceguera, ése, y no otro, es su crimen. Hay algo más allá, como en la parábola del padre bueno: el perdón silencioso y compasivo de la hija, que abre futuro porque es capaz del alcanzar el pasado con ternura y poner amor allí donde no lo hubo. Esa hija merece otra vida, porque no hay naufragio mayor que no poder salvar a quien se ama. Intemperie, de Jesús Carrasco, editada por Seix Barral y que va ya por la tercera edición (cuestiones de promoción) mira la realidad de otra manera, más áspera aunque no exenta de esperanza. Prometí a una buena persona, amigo del autor, que diría algo de la novela: la leí de un tirón, pero sin entusiasmo, empujado por la urgencia de acabar. Hice mal, porque no se deben leer los libros sin paciencia. Jesús Carrasco ha trabajado no sólo en la estructura de la novela, sino especialmente en el vocabulario rescatando muchas palabras que yacen olvidadas en el fondo del diccionario, aunque uno no sepa exactamente cuál es la finalidad de esa recuperación. Recuerdo haber leído hace muchos años Gran Sol, en la que también había un profundo trabajo con las palabras, pero precisamente por eso a veces daba la impresión de falsedad; algo parecido me ha ocurrido con Intemperie. Sí, hay mucho trabajo y es admirable, pero la manera de escribir, con periodos siempre cortos, reiterativos, me cansó. Intemperie ocurre en ningún lugar de manera que los personajes son un tanto evanecescentes: están ahí, pero quizás no existen. Es una buena primera novela (al menos yo no he leído otra del autor) y estoy seguro que el autor nos dará sorpresas agradables. Quede claro, pese a todo, que no me ha recordado a Delibes, y no lo digo como crítica, sino porque en ocasiones la mercadotecnia editorial fastidia por exceso.


            Cabaret Voltarire (¡viva Dadá!) ha editado otra novela de Patrick Modiano, Un circo pasa, Barcelona 2013 (traducción de Adoración Elvira Rodríguez). Se trata de una antigua novela, cuyo original francés es de 1992. Es Modiano en estado puro: un joven desubicado, cuyo pasado permanece en la sombra, nos desorienta buscando una identidad que no alcanza. Promesas de futuro que no llegan, que se frustran en los primeros pasos; pero la vida ha seguido y todo queda como recuerdo. Arduo trabajo el de la memoria sobre la que construimos lo poco que somos. Las olas de la vida borran las huellas que dejamos en la playa y al volvernos apenas somos capaces de imaginar de dónde venimos. Eso es Modiano, y me conmueve, pues el tiempo sólo se realiza como recuerdo y nuestra identidad es siempre borrosa, un no saber muy bien quiénes somos porque no recordamos quiénes fuimos. Un registro diferente de la memoria ha hecho Pablo d’Ors en El olvido de sí, Valencia, Pre-Textos, 2013. Estamos ante la supuesta autobiografía de Charles de Foucauld. El autor madrileño ha elegido escribir en primera persona para acercarnos de una manera más viva a la peripecia del religioso francés, cuyo éxito fue, precisamente, su capacidad para fracasar con dignidad. El libro se lee con interés, aunque prefiero al Pablo d’Ors poeta.


            Y en estos días de cansancio uno piensa: la poesía será mi refugio, habitaré en su casa y me saciaré de luz en su presencia…, pero hasta el modo de leer poemarios arrastra pena. Mencionaré los que más me han gustado en las últimas semanas: John Burside, Dones, Barcelona, Lumen 2013 (versión de Juan Antonio Montiel); poesía intimista que ofrece paz, aunque uno salga herido de la lectura porque, en su circunstancia, no encuentra la paz. Se trata de un poemario lleno de sencillez, alegre y meditativo, que invita a abrirse a la existencia para saciarse con lo cotidiano; ahora que lo pienso, me recuerda lejanamente la espiritualidad de Charles de Focauld en ese apego a lo concreto, a la luz que descansa sobre los árboles o se proyecta en la mirada de los animales cuya inocencia nos remite más allá de nosotros mismos. Muchos de sus versos me han emocionado, pero también me han dolido:





SI DIEU N’EXISTAIT PAS, IL FAUDRAIT L’INVENTER

No one invents an absence :
cadmium yellow, duckweed, the capercaillie
—se how the hand we would name restrains itself
till all our stories end in monochrome;

the path through the meadow
reaching no logical end;
nothing but colour: bedstraw and ladies’ mantle;
nothing sequential; nothing as chapter ans verse.

No one invents the quiet runs in the grass,
the summer wind, the sky, the meadwlark;
and always the gift of the world, the undecided:
first light and damsom blue ad infinitum.

[Nadie inventa una ausencia:
el amarillo cadmio, la lenteja de agua, los urogallos;
mirad cómo la mano aún sin nombre se refrena
hasta que todas nuestras historias terminan en monocromo;

el ilógico sendero
en mitad del prado:
nada, sino color: galios y pies de león;
nada secuncial; nada como capítulo y verso.

Nadie inventa el silencio que vaga entre la hierba,
el viento del verano, el sol, los turpiales;
y, cada vez, el don del mundo, lo irresuelto: la luz primera
y el horizonte violáceo ad infinitum]



            Un maravilloso poemario, al que he llegado tarde, me ha parecido el de Philippe Jaccottet, El ignortante. Poemas 1952-1956, Valencia, Pre-textos, 2006 (traducción de Rafael-José Díaz). Confieso una vez más mi ignorancia, pues antes de que este poemario cayera en mis manos no conocía al poeta de las dos consonantes repetidas. Y, según nos cuenta el traductor en la introducción, es sobradamente conocido. Falta grave la mía, que no conseguiré resarcir con esta tardía lectura. Sin embargo, a los poemas de Jaccottet no les parece haber importado demasiado mi ignorancia, pues hicieron su trabajo de belleza, si bien antes de los días de gris. Sí, los poetas escriben en voz baja, pero nosotros hemos de leerlos en alto para que la claridad de sus palabras alumbre nuestras existencias. Tienen, además, muchos de los poemas un tono intimista, de dormitorio apenas vislumbrado en el que nos movemos en respetuoso silencio como fantasmas:



PRIÈRE ENTRE LA NUIT ET LE JOUR

À l’heure vague où les fantômes en grand nombre
se pressent contre les fenêtres, aumeutés
par une hésitation entre le jour et l’ombre
et menaçant de leurs murmures la clarté,

un homme prie : à ses côtes est ètendue
la très belle guerrière disarmée et nue ;
non loin repose l’heritier de leurs batailles,
il trient le Temps serré dans sa main comme paille.

«Una prière dite dans la crainte, difficile
à axaucer, surtout sans secours du dehors ;
una prière dans l’ebranlement des villes,
dans la fin de la guerre, dans l’afflux des morts :

pour que l’aurore, avec sa tendresse tenace,
pour que l’entrée da la lumière au ras des monts,
comme elle éloinge la lune légère, efface
ma prope fable, et de son feu voile mon nom. »

PLEGARIA ENTRE LA NOCHE Y EL DÍA

En la hora incierta en que, abundantes, los fantasmas
se apiñan contra las ventanas, alterados
por una indecisión entre el día y la sombra,
y amenazan la claridad con sus murmullos,

un hombre reza: a su lado se extiende
la guerrera bellísima, desarmada y desnuda;
no muy lejos descansa el fruto de sus batallas,
con el Tiempo apretado en sus manos como paja.

“Una plegaria dicha en el temor, difícil
de atender, sobre todo si nada ayuda desde fuera;
una plegaria en la agitación de las ciudades,
al final de la guerra, cuando afluyen los muertos:

para que el alba, con su tenaz ternura,
para que la entrada de la luz al filo de los montes,
igual que aleja la luna ligera, borre
mi propia fábula, y oculte mi nombre con su fuego”.

            Poesía intimista (qué palabra tan maravillosa clarté), pero también observación de la calle, sabiduría en la meditación de lo que se contempla ya sea la pequeñez de una vida, un sembrado de trigo o una alondra en la convicción de que el poeta tiene una misión:

L’ouvrage d’un regard d’heure en heure affaibli
n’est pas plus de rêver que de former des pleurs,
mais de veiller comme un berger et d’appeler
tout ce qui risque de ser perdre s’il s’endort

[La labor de una mirada que se apaga de hora en hora
ya no es ni soñar ni formar llantos,
sino vigilar como un pastor y convicar
todo lo que podría perderse si él se duerme]

            Palabras que me recuerdan las reflexiones de Heidegger en ¿Para qué poetas? No en vano Jaccottet ha traducido a Homero, Hölderlin, Rilke y Musil; pero también ha trabajado con Góngora, Mandelstam y el gran Ungaretti. De todos ellos quedan rastros en su poesía, pues

Mais ceux qui ont prié
même de sous la neige
l’oiseau du petit jour
vient leur voix relayer

[Pero a los que han orado
incluso cuando nieva
el ave de la aurora
les revela las voces]

            Un poemario muy recomendable para leer y releer despacio; mas también me hubiese gustado hablar de otros tres poetas que me han emocinado: el sevillano Rafael Juárez, Medio siglo, Valencia, Pre-Textos, 2011; el valenciano ganador del XXV Premio Fundación Loewe Juan Vicente Piqueras, Atenas, Madrid 2013 y la también valenciana Lola Mascarell, que ha ganado el XII Premio de Poesía “Emilio Prados” con su obra Mientras la luz, Málaga-Valencia, Pre-Textos, 2013. Un botón de muestra de la última obra:

PLÁTANOS DE SOMBRA

Como estabais callados tantos años,
escondidos detrás de tanto bosque,
pensaba que quizás ya no existíais.

Pero hoy, de vuelta a casa,
al pasar por la calle donde antes
solíais esperarme,
os he visto otra vez. Os he mirado
vibrando contra un cuelo
que tanto se parece
a los cielos perdidos de mi infancia.

Y he cruzado la calle y ya sentada
al amparo feliz de vuestra sombra,
he sentido una calma primitiva:
la paz de no ser más que el que se sienta
a ver pasar el mundo y sus misterios,
la paz de no ser más que el que sentado
va pasando, aire o luz, junto a las cosas.

            Debería cambiar el nombre a la gacetilla, pues ni siquiera yo me siento capaz de leer lo escrito: Libros y plastas sería más adecuado (pero, por favor, el segundo sustantivo en la quinta acepción). Todos se merecen algo mejor que mis palabras.

Me repito, lo sé, pero hay largos corredores en mi memoria en los que me pierdo para encontrar la infancia… Quizás los poetas valencianos me gustan porque me recuerdan a mi madre y a sus amigas; tal vez sea por Carlos Marzal o por Vicente Gallego. tal vez, estoy seguro, porque me emocionan. Ahora también estoy seguro: γνῶθι σεαυτόν es la condena de Sísifo, porque amó esta vida más de lo que se atrevió a confesar a los dioses. Y donde hay amor no hay muerte, por eso el silencio de Sísifo, como nos enseñó Camus, hace callar a los dioses. Sí, su roca es su cosa, mas moviéndola nos anticipa una luz de libertad: la de una piedra que fue apartada en mitad de la noche por la fuerza amorosa de la Vida.

            Shalom.