domingo, 17 de mayo de 2009

Arnold Schönberg

La música de Arnold Schönberg se programa con mucha menos frecuencia que la de sus contemporáneos. He pensado esto a propósito de las reflexiones sobre el arte que hice el otro día. ¿Hace esto peor a Schönberg, el austríaco, que al insoportable francés Ravel? ¿Hace el éxito la obra de arte? El Griego fracasó al menos parcialmente; también el holandés pelirrojo; pero lo más doloroso es que nunca sabremos nada de otros cuya obra murió con ellos -pienso en pintores, músicos, pero sobre todo en escritores -todos conocemos el caso Kafka y el de Emily Dickinson.

Sin duda, muchos entre nosotros no serán capaces de soportar la música de Schönberg y esto, a los ojos de algunos, es suficiente para descalificar la obra del compositor austríaco. Por el mismo criterio -y sin entrar en discusiones sobre la belleza natural- deberían ciertos individuos descalificar a Dios por el simple hecho de que los hombres de ciudad no sean capaces de sorportar un amanecer o no comprendan en absoluto la belleza de un paisaje no tocado por mano humana. Esto es quizás lo que cabría llamar transcendencia; pero no quiero ponerme taciturno precisamente hoy que es domingo*. No se trata de que yo encuentre hermosa la música de Schönberg (y así la vivo), sino que ella es capaz de ubicarme de una manera diferente en el mundo. Quizás de una obra de arte lo importante no es lo que pensemos nosotros, sino lo que piense ella de nosotros -y esto no es un mero retruécano.

Coloco aquí un vídeo con música de Schönberg, La noche transfigurada, y un pequeño poema de Dickinson en versión de Silvina Ocampo. Y, de paso, aprovecho para recomendar la lectura del libro de Jordi Pons, Arnold Schönberg. Ética, estética, religión, Barcelona, Ed. El Acantilado, 2006.



Que yo siempre amé...

Que yo siempre amé
yo te traigo la prueba
que hasta que amé
yo nunca viví -bastante-

que yo amaré siempre
te lo discutiré
que amor es vida
y vida inmortalidad

esto -si lo dudas- querido,
entonces yo no tengo
nada que mostrar
salvo el calvario

*Los domingos de mi infancia los tengo asociados a la angustia. Siendo yo niño teníamos clase los sábados por la mañana de manera que el fin de semana se nos hacía muy corto. El domingo por la tarde, sin haber hecho los deberes que nos mandaba, me agobiaba: la tarde era interminable agónica, pero desde luego por entonces no se me ocurría hacer los deberes, sino que me limitaba a disfrutar de mi angustia.

sábado, 16 de mayo de 2009

Una anécdota lingüística

Hace ya muchos años un alumno, de cuyo nombre no quiero acordarme, escribió para disculparse por una repetición: "Valga la rebuznancia". Nunca conseguí averiguar si se trataba de un guiño o de una verdadera rebuznancia; pero durante años guardé el examen como una joya.