lunes, 6 de mayo de 2013

Teatro: Albert Camus


SÍ: ES ALBERT CAMUS




He ido al Lope de Vega; es decir, he ido teatro. Lo digo con una emoción contenida, porque si la televisión me aburre soberanamente y el cine nunca es del todo lo que espero, el teatro es vida. Sin ningún remordimiento diré que ningún espectáculo se parece tanto a la felicidad como el teatro y siempre he creído en aquello que los griegos llamaban κάθαρσις sucedía realmente en el teatro. Porque, repito, el teatro es vida. Por eso me resulta imposible ocultar mi alegría cada vez que veo a unos actores, abnegados muchas veces, moverse por las tablas, incluso torpemente. Sin embargo, no ha habido torpeza en la obra de cuya representación quiero hablar. Seamos lógicos y comencemos por el principio:

Autor: Albert Camus.
Obra: El malentendido (¡como el libro de la Némirovsky que ayer por la noche comencé a leer!).
Versión: Yolanda Pallín.
Dirección: Eduardo Vasco.
REPARTO: Cayetana Guillén Cuervo (Marta); Julieta Serrano (la madre); Ernesto Arias (Jan); Lara Grube (María); Juan Reguilón (el anciano criado).
MÚSICOS: Alba Fresno (viola de gamba) y Scott A. Singer (acordeón).
EQUIPO ARTÍSTICO: Carolina González (escenografía); Lorenzo Caprile (vestuario); Miguel Ángel Camacho (iluminación); Eduardo Vasco (espacio sonoro y vídeo); José Luis Massó (ayudante de dirección); Paloma Parra (ayudante de iluminación); David Sueiro (diseño del cartel); David Ruano (fotos).
EQUIPO TÉCNICO: Manuel Horno (regidor); Ivana Linares (sastrería, maquillaje, peluquería); Laura Zamudio (maquinista); Paloma Parra (técnico de luces); Arsenio Fernández (sonido y vídeo).

Quien me conozca sabe que siento una debilidad natural por la persona que fue Albert Camus a quien tengo por modelo de honestidad intelectual en una época difícil. Y no sólo por Combat. También por la polémica con Sartre y la revista por éste dirigida, por su posicionamiento respecto a la descolonización de Argelia y a la situación europea, su desafección por la política totalitaria de la URSS, coa que le costó una excomunión laica… Hay muchos motivos para admirar a este existencialista hastiado. Estrenada en 1944 y escrita, posiblemente, ese mismo año (hay un atisbo del argumento, basado tal vez en un hecho real, en El extranjero), el contexto histórico podría ayudarnos a entender el profundo sentido de la obra en su época; pero ¿y hoy? ¿Tiene el teatro de Camus vigencia en el presente? La obra ha sido montada como un doble homenaje, pues este año se cumple el centenario del nacimiento de Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913) y, además, Cayetana Guillén Cuervo lo ha convertido en un homenaje a su padre, recientemente fallecido. Bastarían estos dos datos para asumir cierto sentido a la representación, pero como espectadores debemos ir un poco más lejos.

El argumento nos pone delante a un hombre maduro que regresa del Sur al hogar materno, en Bohemia, para reencontrarse con su madre y su hermana, que regentan una pensión, a las que abandonó mucho tiempo atrás. Desea conocerlas, ver cómo les ha ido en la vida, informarse para ayudarlas y hacerlas felices. Por eso, en contra de la opinión de su esposa, María, decide hospedarse sin revelar su identidad. Pero su madre y Marta, su hermana, aceptan clientes para asesinarlos y robarles. La fatalidad quiere que Jan acabe como un cliente más del albergue.

La dirección ha hecho el montaje con una sencillez extrema: sólo tres muebles (una mesa baja, un banco largo, y una mesa que hace de cama) para concentrarse en el texto. Hasta aquí bien, aunque durante la representación tuve alguna vez la sensación de que todo era demasiado pequeño (la mesa de la recepción) y que el banco cortaba en exceso el escenario, pues obligaba a movimientos excesivos. Se han suprimido las pausas quizás con la intención de no dar descanso al espectador y acorralarlo en el angustioso texto. Los actores han respondido muy bien a la supresión de cualquier intermedio o pausa. El Lope de Vega no tiene mala sonoridad (he acudido a muchas representaciones y puedo dar fe), pero Marta y la madre, en varias ocasiones, especialmente durante la primera parte, se alejaban tanto del público, a veces volviéndose de espaldas, que sus voces perdían no sólo intensidad sino inteligibilidad: la escuchaba, pero no las oía. Quizás este efecto pudiera deberse también al cansancio de las voces o sea un recurso con el que se nos obligaba a sumarnos a la incomunicación última entre los personajes, aunque esto me parecería una justificación más que un recurso. El montaje contribuye al efecto de angustia, buscado sin duda en el texto, con la proyección de imágenes en blanco y negro (vídeos, pero casi fotos fijas): la mar triste (pese a que su nombre convoca la alegría) y el lecho turbio y frío de un río. La música, que inaugura la obra y la cierra, es un lamento en apariencia sin sentido y, por eso mismo, mi espíritu se revolvía entre angustiado y perplejo; me parece que ha sido un acierto, pues tanto las imágenes como la música contribuyen a la creación de un clima claustrofóbico e irrespirable del que el espectador desea salir y, sin embargo, no puede. De esta manera, la clausura de nuestro mundo cabe sí mismo está muy bien conseguida y para alguien como yo significa abiertamente un mundo privado de sentido como el que hemos producido en los últimos decenios. Por último, una referencia al vestuario: ha conseguido reforzar con sencillez los rasgos de los personajes, desde el negro de los músicos—ajenos a la representación salvo cuando Marta acaricia la cabeza de uno de ellos en el desenlace—hasta el gris mortecino de Marta y su madre pasando por el suave tosa de la blusa de María.

El peso de la obra lo lleva sobre sus espaldas Cayetana Guillén Cuervo, que creció a medida que avanzaba la representación. El final le dio la posibilidad de explorar las posibilidades dramáticas, bien resueltas, de una desesperación que se quiere absoluta, pero no lo es en cuanto que aún reclama el cariño de la madre suicida: en esos momentos la actriz actúa rondando la perfección. Julieta Serrano acierta en su caracterización y, no obstante, la ambigüedad reflejada en el texto no encuentra un eco del todo certero en su gesticulación, a veces excesiva. Dicho esto, también es de justicia decir que su voz sabe dónde poner exactamente los acentos y en eso reside buena parte de su magnífico trabajo. Ernesto Arias es quien, sin duda, debió encontrar mayores dificultades con el texto, pues la caracterización a través de los diálogos lo convierte a la vez en una persona segura e insegura, preocupada, pero distante. El actor supo responder a estos retos y consiguió dar la redondez que el personaje requería. Lara Grube está espléndida en la primera parte, pues acertó a transmitir entusiasmo y amor. Al final, al bordear la desesperación en el enfrentamiento dialéctico con Marta, perdió, según mi modestísimo parecer, un poco de fuelle, tal vez porque su personaje es plano y el tono dramático parecía impostado frente a la dura frialdad natural de Cayetana Guillén. Juan Reguilón, en el papel de un dios ausente salvo para negar su auxilio, cuadra su actuación, que no es sencilla: sus gestos acompañaban perfectamente la indiferencia que aparece en el texto de Camus. En fin, un elenco excelente de actores: consiguieron angustiarme, hacerme reflexionar y, finalmente, obligarme a escribir estas palabras.

Sin embargo, en el teatro también existe el público, ¡ah, el público de la Muy Heroica y Leal Ciudad! Ciertamente, es injusto generalizar (porque, entre otras cosas, también yo era público); pero cuando uno acude a un lugar en el que es la autoridad—según palabras de aquel tipo curioso que perdió un brazo por culpa inventada de un perro siberiano, quizás un lobo de ojos azules y dientes afilados—debe comportarse con dignidad. Lo cual significa: apagar el teléfono móvil, no hablar (y menos en voz alta), procurar no toser ni levantarse durante la representación… Y todo esto aconteció. Maleducado público, mediocre público, ¿quién se atreve a llamar público a esta gente? ¡Banda de tosedores y desmemoriados que no apagan sus estúpidos teléfonos! ¡Manada de charlatanes de la peor especie! Plebe más que público. Los actores no se merecían la descortesía de semejante auditorio; pero en esta ciudad magnífica nos hemos acostumbrado a que en mitad de un concierto salte la infame musiquilla de un móvil, a que en la celebraciones litúrgicas (Dios no usa teléfono: lo sé de buena fuente) algunos simulen hablar con el Altísimo en mitad de la consagración porque quieren responder al móvil (no, no pueden esperar cinco minutos los desalmados). La claque cumplió su misión (de joven, yo mismo conseguía entradas empleándome de claque) y el mismo público maleducado se levantó para aclamar a los actores: tened cuidado de quienes recibís las alabanzas, pues el número de las gentes con mal gusto es incontable.

Y sí, finalmente, respondo con un sonoro sí: el teatro de Albert Camus sigue teniendo vigencia en nuestro mundo. Siendo la obra más sartriana de las que escribió—un existencialismo arrojado a la muerte según el estilo francés y no el alemán—consigue enfrentarnos con la dura realidad de la frustración de nuestros sueños. Temas plenamente camusianos de la primera época—el Sol, la mar brillante, la vida exuberante, los cuerpos jóvenes tostados al sol y brillantes de agua como en un lienzo de Sorolla—se concentran en un duro contraste con la fragilidad de la existencia y de un mundo condenado al fracaso: Jan ni siquiera es dueño de su destino y la felicidad de María queda truncada de forma cruel. Podemos olvidar la clausura de nuestro mundo, podemos divertirnos, como diría Pascal, dejar nuestra existencia en una pura superficie producto no de la profundidad—como Nietzsche vio en los griegos—, sino del miedo; podemos preferir el olvido y existir sin vivir, como las rocas que son golpeadas por la mar, erosionadas y acaban hundiéndose. Camus tuvo el coraje de mirar de frente al sinsentido al que nos condena una sociedad empeñada en una nada ni siquiera trágica. Tuvo lucidez y cada vez que nos reencontramos con la obra de Camus nos volvemos mejores, aunque salgamos con temor y temblor después de escuchar sus palabras.

[Marta] Voy a dejarla, sí, y para mí será un alivio: ae duras penas soporto su amor y sus lágrimas. Pero no puedo morir dejándola convencida de que tiene usted razón, de que el amor no es en cano, y de que esto es un accidente. Pues es ahora cuando estamos dentro del orden.
[María] ¿Qué orden?
[Marta] El que hace que nadie sea reconocido jamás.

Sin embargo, María había elegido la mejor parte—el amor—y ésa, dijo Jesús, no se la quitarán.

Shalom.


domingo, 28 de abril de 2013

Martha Asunción Alonso


ÚLTIMO ADONÁIS




Siempre quise ser Suscriptor de Honor de Adonáis. Como no me han hecho, me conformo desde hace muchos años llevándome a casa los premios que años tras año se fallan y que, cosa curiosa, con frecuencia aciertan al indicar quién puede ser porque, de hecho, es ya. No sólo el Premio Adonáis, conste, sino también el San Juan de la Cruz. El primer Adonáis se convocó por primera vez, en rigor, en 1947, aunque unos años antes ya se habían concedido unos premios de similar nombre. Es, sin embargo, 1947 el verdadero arranque de la historia, ¡y qué arranque! pues fue Alegría, de José Hierro, el primer poemario que alcanzó el éxito:

OTOÑO

Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer el camino.
Ya vuelve a andar por los viejos paisajes desiertos
ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.
Otoño, de manos de oro:
con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
para dar la alegría al que sabe que vive
de nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando
en tu gran corazón encendido.

            ¿Se pudo comenzar la andadura con más tino? Los años siguientes, me parece, no desmerecen, pero no alcanzan a señalar a alguien de la significación de José Hierro. En 1951 otro gran poeta, que contaba entonces con poco más de veinticinco años, recibe el galardón: Lorenzo Gomis, que durante años dirigió El Ciervo, ganó el Adonáis por su poemario  El Caballo. En él percibimos una sensibilidad poética diferente, más cercana a la de Hierro, menos formalista y anclada en la tradición que los premios de los años anteriores. En el año cincuenta y cuatro recibe el Premio el José Ángel Valente por A modo de esperanza en el que encontramos en embrión todo lo que Valente será. Ese mismo año Carlos Murciano recibe el accésit del Adonáis; si leemos en paralelo a los dos premiados, percibimos dos estilos diferentes, pero ambos con futuro. Si Murciano está hoy un poco olvidado, no se debe tal cosa a su poesía, sino a la inconstante fama literaria.  En 1955 gana el premio Javier de Bengoechea por Hombre en forma de elegía, poemario construido básicamente con sonetos. Tengo un ejemplar delante de mí, regalo de un antiguo amigo, como mis primeros ejemplares:

JUSTIFICACIÓN DE LA TIRADA.
De esta primera edición de HOMBRE EN FORMA DE ELEGÍA, de Javier de Bengoechea, se han hecho 880 ejemplares en papel de edición y 120 ejemplares en papel especial, de los cuales setenta (numerados del 1 al 70) para los suscriptores de lujo de ADONAIS, y cincuenta (numerados del I al L) para los suscriptores de honor.

            La verdad es que me suena extraño la expresión suscriptores de lujo; en cuando al papel de edición hoy, muchos años después, sabemos que es de baja calidad y amarillea: el lujo de los pobres es conservar los ejemplares baratos sin que se deshagan, pese a las pastas mal pegadas. Entre los suscriptores de honor descuellan como un alcázar algunos grandes nombres: José Luis Cano, Vicente Aleixandre, José A. Muñoz Rojas, Florentino Pérez Embid (a quien debe tanto la colección de poesía Adonáis)…

     Los ejemplares de honor de ADONAIS [no ponían la tilde entonces], que van numerados e impresos en papel offset especial, llevan el nombre del suscriptor y una dedicatoria del poeta.
     Esta suscripción es limitada a cincuenta ejemplares, y su importe trimestral, correspondiente a tres volúmenes de la colección, es de cincuenta pesetas.

            El pobre poeta escribiendo cincuenta dedicatorias. Lo hago emocionado al dirigirse a don Vicente Aleixandre, pero confuso al escribir algunos nombres que han caído en el olvido. Vayamos con un poema, el que abre el libro:

POR DENTRO

El hombre, por dentro, es
nada, polvo disfrazado.
Queda en eso, bien mirado
si se le mira al revés.

Hondo, subterráneo cauce
de angustia, ¿de qué?, repleto.
Por dentro, tronco, esqueleto.
Por fuera, gesto de sauce.

Verdad interior: memento,
segurísima basura.
(Su muerte no tiene cura:
es muerto de nacimiento.)

--Pero, ¿la sangre, el amor
la rosa de esa mejilla?
Engañosa maravilla
de algún esqueleto en flor.

            Como se entiende fácilmente, y lo digo con todo respeto, este poema está hecho para los suscriptores de lujo, no para nosotros, mortales, que recibimos el ejemplar en papel de edición y, aunque lo leamos dos veces, nos quedamos perplejos, pues al menos cinco años antes Luis Rosales había publicado un poemario magistral, La casa encendida, que a mi modestísimo entender cambió, en la estela de Dámaso, el modo de entender la poesía.

            El siguiente premio que está en mi poder, debido a la generosidad de la misma persona, es el Premio de 1957 (Adonais sigue sin tilde): Carlos Sahagún, Profecías del agua. Me gustaría saber, pero no consta, si quedaba algún miembro del jurado de los años anteriores, pues aquí encontramos mucho más nervio, más vida, más nosotros nacidos después de que se apagasen las estrellas. Incluso manteniendo las formas—nunca hay que perderlas—, el poeta es capaz de conmovernos:

Te bautizaron para amar la rosa
y apretarla en las manos algún día,
como sólo tú sabes. No podía
suceder, en tus manos, otra cosa.

Otro milagro y otra oscura fosa
para enterrar en ella tu alegría.
Muchacho, el llanto es llanto todavía;
el agua es triste y la tristeza hermosa.

Mañana se despiertan los rosales.
Mañana irás, y ya no habrá ni flores
ni pájaros que canten. Se habrán ido.

Por todos tus pecados capitales
la tarde, entre gastados resplandores,
caerá, como caes tú. Como has caído.

            Esta tristeza, del color de las tardes rosas a las que cantaba Carlos Cano, me trae a la memoria a un muchacho de dicieséis años hace más de treinta y cinco: era poeta, tal vez aún lo es, porque no se deja de ser lo que se es por nacimiento. Carlos Álvarez Mateos se llama, tiene los ojos grises y hace años que la tristeza inundó su alma.

            Vinieron otros, cuyos nombres hacen vibrar las cuerdas del espíritu; entre ellos Francisco Brines, que ganó el Adonáis un año maravilloso, por Las brasas, que personalmente no me entusiasma, pero al que no dejaré de reconocer méritos, entre ellos algunas imágenes estremecedoras, como la del viejo al que no le suben las lágrimas. Desgraciadamente, no tengo ningún ejemplar de Las brasas (y sí es que esté pidiendo uno, por favor). El año de mi nacimiento, el inigualable 1960, recibió el premio Mariano Roldán por Hombre Nuevo, un una colección de poemas de tono intimista, marcada, me parece, por el estilo dialogal de Luis Rosales. Es un buen poemario para el año de mi nacimiento y, por fortuna, tengo un ejemplar. En los años posteriores aparecen nombres con tal fuerza que hasta cuesta pensar que también ellos hubieron de abrirse camino. Citaré a uno de los poetas que más me emociona, Antonio Colinas, que recibió un accésit por Preludios a una noche total allá por 1968. Tenía veintidós años: ¿estaría ya calvo? ¿Su sonrisa sería tan apaciblemente hermosa? Lo único que puedo decir es que escribía, y bien. Le llegaría el premio a Pureza Canelo, pero también (¡lo tengo! ¡Qué fortuna!) a Eloy Sánchez Rosillo por Maneras de estar solo. Para entonces la sabia mano de José García Nieto, cuya Carta a la madre siempre recordaré, se hacía presente en el jurado (como ahora la de Eloy Sánchez Rosillo).

DEJADME AQUÍ

Dejadme aquí, sumido en la penumbra
de esta habitación en la que tantas horas de mi vida transcurrieron.
Es tarde ya. La noche se aproxima
y hoy –no sé por qué- más que otras veces necesito
quedarme sólo y recordar muy lentamente
algunas cosas del pasado,
ciertas historias ya casi perdidas,
mientras el sol se aleja y la ciudad va hundiéndose en la sombra.

            Sé qué faltan muchos nombres, pero no puedo cumplir hoy con la justicia. Sólo, antes de proseguir, quiero recordar a un poeta que me honró con su amistad producto de nuestro mutuo amor a los libros: Carlos Vaquerizo Torres, que alcanzó el Adonáis (he dicho alcanzó como quien corona una cima) por Fiera venganza del tiempo, al que algún crítico maltrató injustamente.

          Ahora con La soledad criolla delante, premio Adonáis 2012, escrito por la madrileña Martha Asunción Alonso debo decir que, si dentro de cuarenta años alguien como yo, cegado por la luz de la belleza, hace memoria de la poesía, deberá recordar al menos algunos versos de este poemario. La naturaleza, el sentimiento de estupor y asombro, el sentido como una realidad que nos supera, todo eso se hace presente en La soledad criolla, cuyos versos, libres, están llenos de ritmo. Leed siempre la poesía en voz alta. Si es cierto que una bandera puede convertirse en una alambrada, también lo es que Martha Asunción ha sabido romper con sus palabras, su compás negro, otras alambradas no menos dolorosas. Como he escrito ya mucho diciendo tan poco, sólo añadiré que me ha emocionado y que nublos de agua, turbiones de luz llenos de palabras, han asomado a mis ojos. Sin duda, tenemos delante a una gran poeta (no diré poetisa ni bajo amenazas, ni con coacciones, ni bajo tortura) que sabe aludir a lo que no puede ser dicho y, sin embargo, nos esforzamos en decir como las olas intentan conquistar la inalcanzable arena blanca de las playas.


ME ARRUGARON LOS MAPAS

Si alguien me ve pasar, que me lo diga.
Yo no sé a dónde voy, con qué piernas salí
esta mañana de mi casa,
ni qué casa.
De las velas sopladas crecieron muy temprano
los insectos, yo vi soles en minuatura tatuados en sus
alas.
Tomaron el control de mis zapatos,
mi sexo,
los lunares que fui capaz de amar cuando era virgen.
Me arrugaron los mapas. Ahora
debo andar por el mundo en hueso vivo,
como alma que se llevara un ángel
colocado de crack.
Si alguien me ve llorar, NO
me lo diga.

TOCARTE

Tanto poema por no poder tocar,
tener manos pequeñas para tu corazón.
No alcanzo aquel columpio de las fotografías,
universos simétrico, las dobles
sombras rubias. Te recuerdo pasando las hojas
de tu vida. Y una nube de té.
Entonces nos conocíamos apenas.
Tampoco eso ha cambiado, ni mi altura:
es demasiado el aire y yo no alcanzo,
no alcanzaré jamás a darte agua.
Créeme si te digo
que no quise tocarte de otro modo.
Como quien llena un vaso,
como si de tus sueños dependieran
los nenúfares. La piel
nunca fue lo importante.

            Supongo que Martha Asunción ya estaría asombrada por los nombres inscritos en el libro de la poesía.

Shalom.