sábado, 30 de marzo de 2013

De Luca, d'Ors, Modiano, Carrasco y algunos buenos poetas


ALGO MEJOR QUE MIS PALABRAS






Hay días que no sabemos bien quiénes somos; quizás nos duele la cabeza, tal vez los nublos de una primavera que no llega han cubierto con su grisura el aire ocultando el azul. Es hasta posible que ese no saber constituya en realidad lo que somos. Así, el consejo del dios Apolo formularía una condena semejante a la de Sísifo: γνῶθι σεαυτόν. Flota en el aire un cierto desencanto, un cansancio extranjero, aunque sea la más luminosa de las fiestas, Pascua, esa insobornable celebración de la libertad y de la vida plenas. Quizás no seremos libres hasta que no volemos, pues ¿no dijo el pájaro de la India “la libertad no se da; la libertad se toma”?

            Estos días de espejo mal bruñido me asaltan los recuerdos como ventana ciega de malas noticias; sensanción de que todo regresa como en un ciclo, pero nada vuelve y las celebraciones no repiten los acontecimientos: han de lanzarnos hacia el futuro, precisamente allí adonde, a partir de un momento en la vida, no querríamos ir. Resistencias, mas sólo el tiempo que no regresa asegura nuestra libertad y abre futuro auténtico. Aunque algunos no quieran, en esto todos somos judíos. Es la maravillosa historia de Jonás a quien esa extraña ballena mediterránea da otra oportunidad.

            Llevo tiempo sin escribir en la gacetilla (lo sé: me repito como un mal guiso) y me faltan las ganas, las fuerzas y hasta la ilusión. Hay libros maravillosos de los que debería hablar; una historia entre triste y esperanzadora de  Erri de Luca, ese italiano en cuyo rostro hay grabados mil sufrimientos, pero que sabe mirar a los seres humanos—a nosotros—con compasión. El crimen del soldado, Barcelona, Seix Barral, 2013 (traducción de Carlos Gumpert). Diría, sencillamente, que de Luca se ha ganado una vez más un lugar al Sol, porque escribre con humildad, sin pretensiones, pero observa con tal cariño a sus personajes que conmueve. Una historia corta, con dos partes, cortada en acantilado, y con la nostalgia de una infancia de felicidad, mas con el dolor sin hogar de no poder curar todas las heridas. Y me recuerda un poco el relato de la aparición a Tomás: el cuerpo del Resucitado conserva las huellas del sufrimiento. Para muchos eran cuestiones estériles—usaban el adjetivo bizantinas con un mohín de desprecio—, aunque sean en verdad una tierra feraz y un vientre fecundo: ¿qué quedará de nuestros sufrimientos? ¿Con qué cuerpo nos alzaremos? El crimen del soldado sólo en apariencia plantea la cuestión del arrepentimiento, pues aquel soldado lamenta unicamente haber perdido la guerra: en su ceguera, ése, y no otro, es su crimen. Hay algo más allá, como en la parábola del padre bueno: el perdón silencioso y compasivo de la hija, que abre futuro porque es capaz del alcanzar el pasado con ternura y poner amor allí donde no lo hubo. Esa hija merece otra vida, porque no hay naufragio mayor que no poder salvar a quien se ama. Intemperie, de Jesús Carrasco, editada por Seix Barral y que va ya por la tercera edición (cuestiones de promoción) mira la realidad de otra manera, más áspera aunque no exenta de esperanza. Prometí a una buena persona, amigo del autor, que diría algo de la novela: la leí de un tirón, pero sin entusiasmo, empujado por la urgencia de acabar. Hice mal, porque no se deben leer los libros sin paciencia. Jesús Carrasco ha trabajado no sólo en la estructura de la novela, sino especialmente en el vocabulario rescatando muchas palabras que yacen olvidadas en el fondo del diccionario, aunque uno no sepa exactamente cuál es la finalidad de esa recuperación. Recuerdo haber leído hace muchos años Gran Sol, en la que también había un profundo trabajo con las palabras, pero precisamente por eso a veces daba la impresión de falsedad; algo parecido me ha ocurrido con Intemperie. Sí, hay mucho trabajo y es admirable, pero la manera de escribir, con periodos siempre cortos, reiterativos, me cansó. Intemperie ocurre en ningún lugar de manera que los personajes son un tanto evanecescentes: están ahí, pero quizás no existen. Es una buena primera novela (al menos yo no he leído otra del autor) y estoy seguro que el autor nos dará sorpresas agradables. Quede claro, pese a todo, que no me ha recordado a Delibes, y no lo digo como crítica, sino porque en ocasiones la mercadotecnia editorial fastidia por exceso.


            Cabaret Voltarire (¡viva Dadá!) ha editado otra novela de Patrick Modiano, Un circo pasa, Barcelona 2013 (traducción de Adoración Elvira Rodríguez). Se trata de una antigua novela, cuyo original francés es de 1992. Es Modiano en estado puro: un joven desubicado, cuyo pasado permanece en la sombra, nos desorienta buscando una identidad que no alcanza. Promesas de futuro que no llegan, que se frustran en los primeros pasos; pero la vida ha seguido y todo queda como recuerdo. Arduo trabajo el de la memoria sobre la que construimos lo poco que somos. Las olas de la vida borran las huellas que dejamos en la playa y al volvernos apenas somos capaces de imaginar de dónde venimos. Eso es Modiano, y me conmueve, pues el tiempo sólo se realiza como recuerdo y nuestra identidad es siempre borrosa, un no saber muy bien quiénes somos porque no recordamos quiénes fuimos. Un registro diferente de la memoria ha hecho Pablo d’Ors en El olvido de sí, Valencia, Pre-Textos, 2013. Estamos ante la supuesta autobiografía de Charles de Foucauld. El autor madrileño ha elegido escribir en primera persona para acercarnos de una manera más viva a la peripecia del religioso francés, cuyo éxito fue, precisamente, su capacidad para fracasar con dignidad. El libro se lee con interés, aunque prefiero al Pablo d’Ors poeta.


            Y en estos días de cansancio uno piensa: la poesía será mi refugio, habitaré en su casa y me saciaré de luz en su presencia…, pero hasta el modo de leer poemarios arrastra pena. Mencionaré los que más me han gustado en las últimas semanas: John Burside, Dones, Barcelona, Lumen 2013 (versión de Juan Antonio Montiel); poesía intimista que ofrece paz, aunque uno salga herido de la lectura porque, en su circunstancia, no encuentra la paz. Se trata de un poemario lleno de sencillez, alegre y meditativo, que invita a abrirse a la existencia para saciarse con lo cotidiano; ahora que lo pienso, me recuerda lejanamente la espiritualidad de Charles de Focauld en ese apego a lo concreto, a la luz que descansa sobre los árboles o se proyecta en la mirada de los animales cuya inocencia nos remite más allá de nosotros mismos. Muchos de sus versos me han emocionado, pero también me han dolido:





SI DIEU N’EXISTAIT PAS, IL FAUDRAIT L’INVENTER

No one invents an absence :
cadmium yellow, duckweed, the capercaillie
—se how the hand we would name restrains itself
till all our stories end in monochrome;

the path through the meadow
reaching no logical end;
nothing but colour: bedstraw and ladies’ mantle;
nothing sequential; nothing as chapter ans verse.

No one invents the quiet runs in the grass,
the summer wind, the sky, the meadwlark;
and always the gift of the world, the undecided:
first light and damsom blue ad infinitum.

[Nadie inventa una ausencia:
el amarillo cadmio, la lenteja de agua, los urogallos;
mirad cómo la mano aún sin nombre se refrena
hasta que todas nuestras historias terminan en monocromo;

el ilógico sendero
en mitad del prado:
nada, sino color: galios y pies de león;
nada secuncial; nada como capítulo y verso.

Nadie inventa el silencio que vaga entre la hierba,
el viento del verano, el sol, los turpiales;
y, cada vez, el don del mundo, lo irresuelto: la luz primera
y el horizonte violáceo ad infinitum]



            Un maravilloso poemario, al que he llegado tarde, me ha parecido el de Philippe Jaccottet, El ignortante. Poemas 1952-1956, Valencia, Pre-textos, 2006 (traducción de Rafael-José Díaz). Confieso una vez más mi ignorancia, pues antes de que este poemario cayera en mis manos no conocía al poeta de las dos consonantes repetidas. Y, según nos cuenta el traductor en la introducción, es sobradamente conocido. Falta grave la mía, que no conseguiré resarcir con esta tardía lectura. Sin embargo, a los poemas de Jaccottet no les parece haber importado demasiado mi ignorancia, pues hicieron su trabajo de belleza, si bien antes de los días de gris. Sí, los poetas escriben en voz baja, pero nosotros hemos de leerlos en alto para que la claridad de sus palabras alumbre nuestras existencias. Tienen, además, muchos de los poemas un tono intimista, de dormitorio apenas vislumbrado en el que nos movemos en respetuoso silencio como fantasmas:



PRIÈRE ENTRE LA NUIT ET LE JOUR

À l’heure vague où les fantômes en grand nombre
se pressent contre les fenêtres, aumeutés
par une hésitation entre le jour et l’ombre
et menaçant de leurs murmures la clarté,

un homme prie : à ses côtes est ètendue
la très belle guerrière disarmée et nue ;
non loin repose l’heritier de leurs batailles,
il trient le Temps serré dans sa main comme paille.

«Una prière dite dans la crainte, difficile
à axaucer, surtout sans secours du dehors ;
una prière dans l’ebranlement des villes,
dans la fin de la guerre, dans l’afflux des morts :

pour que l’aurore, avec sa tendresse tenace,
pour que l’entrée da la lumière au ras des monts,
comme elle éloinge la lune légère, efface
ma prope fable, et de son feu voile mon nom. »

PLEGARIA ENTRE LA NOCHE Y EL DÍA

En la hora incierta en que, abundantes, los fantasmas
se apiñan contra las ventanas, alterados
por una indecisión entre el día y la sombra,
y amenazan la claridad con sus murmullos,

un hombre reza: a su lado se extiende
la guerrera bellísima, desarmada y desnuda;
no muy lejos descansa el fruto de sus batallas,
con el Tiempo apretado en sus manos como paja.

“Una plegaria dicha en el temor, difícil
de atender, sobre todo si nada ayuda desde fuera;
una plegaria en la agitación de las ciudades,
al final de la guerra, cuando afluyen los muertos:

para que el alba, con su tenaz ternura,
para que la entrada de la luz al filo de los montes,
igual que aleja la luna ligera, borre
mi propia fábula, y oculte mi nombre con su fuego”.

            Poesía intimista (qué palabra tan maravillosa clarté), pero también observación de la calle, sabiduría en la meditación de lo que se contempla ya sea la pequeñez de una vida, un sembrado de trigo o una alondra en la convicción de que el poeta tiene una misión:

L’ouvrage d’un regard d’heure en heure affaibli
n’est pas plus de rêver que de former des pleurs,
mais de veiller comme un berger et d’appeler
tout ce qui risque de ser perdre s’il s’endort

[La labor de una mirada que se apaga de hora en hora
ya no es ni soñar ni formar llantos,
sino vigilar como un pastor y convicar
todo lo que podría perderse si él se duerme]

            Palabras que me recuerdan las reflexiones de Heidegger en ¿Para qué poetas? No en vano Jaccottet ha traducido a Homero, Hölderlin, Rilke y Musil; pero también ha trabajado con Góngora, Mandelstam y el gran Ungaretti. De todos ellos quedan rastros en su poesía, pues

Mais ceux qui ont prié
même de sous la neige
l’oiseau du petit jour
vient leur voix relayer

[Pero a los que han orado
incluso cuando nieva
el ave de la aurora
les revela las voces]

            Un poemario muy recomendable para leer y releer despacio; mas también me hubiese gustado hablar de otros tres poetas que me han emocinado: el sevillano Rafael Juárez, Medio siglo, Valencia, Pre-Textos, 2011; el valenciano ganador del XXV Premio Fundación Loewe Juan Vicente Piqueras, Atenas, Madrid 2013 y la también valenciana Lola Mascarell, que ha ganado el XII Premio de Poesía “Emilio Prados” con su obra Mientras la luz, Málaga-Valencia, Pre-Textos, 2013. Un botón de muestra de la última obra:

PLÁTANOS DE SOMBRA

Como estabais callados tantos años,
escondidos detrás de tanto bosque,
pensaba que quizás ya no existíais.

Pero hoy, de vuelta a casa,
al pasar por la calle donde antes
solíais esperarme,
os he visto otra vez. Os he mirado
vibrando contra un cuelo
que tanto se parece
a los cielos perdidos de mi infancia.

Y he cruzado la calle y ya sentada
al amparo feliz de vuestra sombra,
he sentido una calma primitiva:
la paz de no ser más que el que se sienta
a ver pasar el mundo y sus misterios,
la paz de no ser más que el que sentado
va pasando, aire o luz, junto a las cosas.

            Debería cambiar el nombre a la gacetilla, pues ni siquiera yo me siento capaz de leer lo escrito: Libros y plastas sería más adecuado (pero, por favor, el segundo sustantivo en la quinta acepción). Todos se merecen algo mejor que mis palabras.

Me repito, lo sé, pero hay largos corredores en mi memoria en los que me pierdo para encontrar la infancia… Quizás los poetas valencianos me gustan porque me recuerdan a mi madre y a sus amigas; tal vez sea por Carlos Marzal o por Vicente Gallego. tal vez, estoy seguro, porque me emocionan. Ahora también estoy seguro: γνῶθι σεαυτόν es la condena de Sísifo, porque amó esta vida más de lo que se atrevió a confesar a los dioses. Y donde hay amor no hay muerte, por eso el silencio de Sísifo, como nos enseñó Camus, hace callar a los dioses. Sí, su roca es su cosa, mas moviéndola nos anticipa una luz de libertad: la de una piedra que fue apartada en mitad de la noche por la fuerza amorosa de la Vida.

            Shalom.

            

lunes, 25 de febrero de 2013

Antonio Muñoz Molina


MIENTRAS NO CAMBIEN LOS DIOSES…



Hablaré del último libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, Barcelona, Seix Barral, 2013. Quiero hacerlo, aunque me asaltan algunos temores, pues pese a un acuerdo de fondo con lo que el escritor jiennense sostiene en el libro, hay matices. Quiero, sin embargo, hacer honor a lo que dice en la página 250: “El crítico literario que lea el libro de verdad antes de juzgarlo”. No soy crítico literario ni merezco título semejante, pero sé, porque durante un tiempo de mi vida trabajé haciendo recensiones para algunas revistas, que en muchas ocasiones los críticos se conforman con echar un vistazo por encima a la obra para acabar repitiendo algunos lugares comunes. Procuraré, porque Muñoz Molina me merece un inmenso respeto, proceder con prudencia, pero sin dejar de lado la crítica. Antes de entrar en faena quiero referirme al título, pues hace alusión a una conocidísima frase de Karl Marx que, sin embargo, no aparece citada en el libro de manera completa. Fue el título de un hermoso y profundamente crítico libro del Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Madrid, Siglo XXI, 1991 cuya lectura no dudaré nunca en recomendar y que me hace recordar, además, a un maravilloso compañero de Filosofía de hace muchos años.

Empezaré diciendo que el tono de Todo lo que era sólido—salvo en ocasiones—es mesurado. Estamos tan acostumbrados a los insultos que resulta asombroso y gratificante lo que debería ser normal: proceder con palabras medidas, sin ánimo de ofender, aunque no sin ánimo de debatir, porque se anda buscando la verdad, y como a Muñoz Molina le gusta citar a don Antonio Machado, recordaré unos versos de éste:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

 Éste es mi ánimo al hablar del libro: abandonar la búsqueda partidista (no exenta de intereses, porque toda razón está guiada por un interés, como nos dejó dicho Jürgen Habermas) y ponerme en camino de lo que nos une. El tono de Todo lo que era sólido me ha recordado un poco al de Mario Vargas Llosa, pero en el caso del escritor ubetense me ha parecido encontrar un ánimo más exhortativo. Me Sorprendió la expresión “una burbuja asciende en el aire” (pág. 10), porque en ese caso yo hubiese hablado de pompa: relaciono las burbujas con el agua. No puedo, sin duda, pretender corregir a Muñoz Molina—ni es mi intención—, mas me ha asaltado la duda. Consultado el DRAE he encontrado la siguiente definición de burbuja: “Glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie”. Sólo el adelanto de la vigésimo tercera edición recoge la acepción “Proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo”. Como en otros casos, me parece que hemos tomado prestada una expresión del inglés (real estate bubble, housing bubble, property bubble) para traducirla literalmente y pienso que la palabra pompa inmobiliaria describiría con mayor precisión lo que ha sucedido, pues los precios de la vivienda ascendieron como una pompa de jabón en el aire y pincharon (¿pueden pincharse las burbujas?): eran extremedamente frágiles, aunque capaces de producir ilusión [1]. Por otra parte, me da pena que hayan sido abolidos algunos verbos defectivos: sigue pareciéndome una agresión al castellano. Dicho esto, no dudaré en afirmar que Muñoz Molina escribe como pocos autores y que su estilo—inteligible, sencillo y directo—consigue una prosa admirable.

Todo lo que era sólido pretende en alguna ser una reflexión serena sobre las causas que nos han llevado a la actual crisis. De este modo se convierte en un ejercicio de memoria del que el propio autor no pretende salir, como Daniel, incólume de las llamas, pues reconoce que también él estuvo ciego. Escribe Muñoz Molina a toro pasado y así nos ofrece una peculiar perspectiva, pues da la impresión de que nadie se daba cuenta de lo que sucedía: ¿nadie alzó su voz? No es mi recuerdo, pero el profetismo—la denuncia de la idolatría—tiene muy mala prensa entre nosotros (con independencia de la propiedad editorial), pues vivimos en una sociedad supuestamente politeísta, pero que vive bajo el hechizo del dios Consumo a cuya voluntad ofrece numerosos sacrificios, en muchas ocasiones humanos, de los que habla Muñoz Molina con acierto, aunque sin usar estos términos. Existe, nadie lo duda, la corrupción, pero me parece que los problemas de nuestra sociedad son más profundos: la corrupción es la pústula que se abre en la superficie de un organismo enfermo. El capitalismo convertido en un panteísmo en el que el dios Consumo todo lo absorbe, se convierte en la única realidad al que rendimos culto como ciegos en un subterráneo, porque nos hemos vuelto incapaces de imaginar que existe la luz. Y, es una buena noticia, hay otro modo de ser. A éste también apunta Muñoz Molina. Un buen ejemplo de esta aberración es el conjunto de casinos que un magnate quiere levantar cerca de Madrid: pura labor extractiva que generará más pústulas a su alrededor; pero sorprende y avergüenza ver cómo afamados conservadores afirman sin pudor, por ejemplo, que “ya existe la prostitución” a la vez que ponen paños calientes sobre la inmoralidad de todo el asunto: juego, explotación sexual y esclavitud. A su vez, progresistas no menos afamados para criticar semejante tropelía recurren a unas convicciones morales que supuestamente son privadas para ellos; pero es que el Consumo necesita que le sean sacrificados todos los valores, todas las convicciones. Admito, sin embargo, que con frecuencia el dios Consumo es invocado con el nombre de Progreso.

Recuerdo que Franco murió en una cama del hospital: el dictador permaneció en el poder hasta su último aliento y pensaba que lo había dejado todo atado y bien atado [2]. El cambio político se hizo con rapidez y sin aspavientos; el terrorismo de ETA manchaba los días de rojo y las hordas fascistas reclamaron también sus víctimas. Sin embargo, los españoles dieron ejemplo de sensatez y diálogo: estoy plenamente convencido de ello; mas si las cosas son así, ¿en qué momento se había jodido el Perú, Zavalita? Mi edición de Conversación en La Catedral es de 1973, pero sé que la compré tres años después.

Buscar las causas de la desasosegante situación actual es terriblemente complejo. Muñoz Molina ha tenido el coraje de hacerlo y, aunque disiento parcialmente de sus razones y de parte del diagnóstico, me parece que es un ejercicio imprescindible, porque no podemos seguir así. Alfonso Guerra, poco antes de que su Partido accediese al poder, comentó con sarcasmo una frase de unos de los ministros de UCD, no recuerdo cuál. Había dicho que UCD duraría cien años y Guerra, con la acidez que le caracterizaba [3], comentó: “No hay UCD que cien años dure ni España que lo resista”. Sin embargo, ahora no se trata sólo de partidos: es un asunto más profundo, pues hunde sus raíces en los modos de vida que hemos adoptado y de los que no queremos prescindir.

Muñoz Molina recuerda vivamente el tristemente célebre 23-F: Armada, Tejero, Milans, “una alta autoridad civil”… Días antes hubo un almuerzo del que poco se habló; pero no importaba. Sin embargo, a mí se me quedaron en la memoria algunos hechos: mi hermano mediano enviado por su Partido a vigilar en el Supertomatito (nombre del coche que usaba) un cuartel; la cara de pánico de mi hermano mayor corriendo a no sé dónde, mi temor… y el abrumador hecho de que nadie salió a la calle a defender la democracia española. Salieron los tanques, algunos soldados; oímos los disparos en el Congreso; contemplamos el temple de Adolfo Suárez, de Santiago Carrillo y de Gutiérrez Mellado, cuyo valor me impresionó profundamente porque durante unos instantes representó él solo—mejor que un Rey, cuya intervención fue tardía, temblona y televisiva—la dignidad de una democracia que se resiste a la violencia con dignidad: ni los golpes ni los tirones consiguieron tirarlo y se negó a aceptar órdenes dadas a punta de pistola, un coraje que hizo frente a aquel matonismo vil de muchos militares. Sí, vimos todo aquello, lo vivimos, pero nadie salió a la calle. El día siguiente el golpe se desinfló y la televisión nos ofreció las imágenes de los guardias civiles escapando por las ventanas mientras Tejero paseaba nervioso, consciente de su fracaso. Aquello fue un síntoma real del desapego por la democracia. Unos días después con la excelente persona que es Fernando Camacho, que había sido mi profesor de Sinópticos, fui a ver Missing (con una magistral interpretación de Jack Lemmon): salimos espantados de lo que pudo haber sucedido: un caballo blanco loco y desbocado mientras los militares disparaban sobre los inocentes. Unos años después—y me ha soprendido mucho que Muñoz Molina ni siquiera lo cite en el libro—se produjeron unos actos de barbarie asociados al nombre de los GAL: la guerra sucia que las autoridades, que escaparon incólumes, emprendieron. Aquella abominación se pagó con nuestros impuestos y se cometió supuestamente en nombre de la democracia. Empezó a ser normal enterarse de lo sucedido por los periódicos. Quizás muchos empezaron a mirar hacia otro lado y las denuncias empezaron a ser entendidas en clave partidista. Los medios de comunicación tienen mucha responsabilidad en todo este asunto y recuerdo que hace muchos años me indigné cuando un editorial de El País (entonces aparecía sin tilde en la portada) afirmaba que los medios de comunicación eran la conciencia de la sociedad cuando ya sabíamos que todos aquellos medios tenían dueños y que eran fieles a las voces de sus amos. No alcanzo a entender por qué Muñoz Molina ha obviado el asunto de los GAL que tanto daño hizo a la democracia.

Es verdad que el nacionalismo se ha impuesto con su inquisición; ese cariño cutre al terruño y la exaltación fanática de lo propio. Yo soy andaluz accidentalmente; ahora un poco menos, porque llevo años pagando mis impuestos aquí, pero detesto el concepto mismo de patria chica, porque sólo engendra enanos de espíritu. Muñoz Molina tiene razón. Y, una vez más, muy pocos levantaron su voz. Por estos pagos se han inventado incluso un acento para uniformar  el habla. ¿Quién se atreve a contradecir el discurso oficial? Pero nos hemos olvidado de aquello que cantaba Paco Ibáñez en un teatro de la Ciudad de la Luz: a la gente no le gusta que… Personalmente, he sido insultado por criticar la ciudad en la que habito por su suciedad y ruido: cada habitante necesita un policía detrás y si hacemos lo mejor sólo cuando se nos presiona con el miedo, ¿qué estamos haciendo? Dígase lo mismo de la fe religiosa. Hace muchos años que rechazo el calificativo de creyente, que se me lanza ofensivamente cuando soy preguntado por mis convicciones. Es verdad, como decía Zambrano, que en España hay un modo especial de usar la palabra “Dios”: como una piedra, como un insulto. Se me ha retirado la palabra cuando he procedido a criticar la religiosidad popular andaluza, que tiene muy poco de cristiana con frecuencia; pero a la vez se me golpea verbalmente por el otro lado, pues lo que cuenta es el insulto y no las razones. En más de una ocasión, medio en broma, se me ha llamdo perro judío, “pero tú no te enfades”. El papanatismo nacionalista, religioso, laicista o político parece marcar a muchos ciudadanos españoles y uno siente verdadera vergüenza al comprobar cómo sabe de antemano cuáles van a ser las opiniones de los periodistas antes de que abran la boca: basta saber qué emisora has sintonizado. La información se ha convertido en propaganda y eso, Adorno nos lo enseñó, es fascismo. Nos han acostumbrado a ver a las ideas antes que a las personas y quien no sea puro, que arda. Curiosamente, esto parece adecuado para un país que mantuvo la Inquisición durante siglos; pero poco apropiado para el catolicismo, que reiteradamente ha rechazado el catarismo.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los periodistas, de los intelectuales y de los profesores universitarios ha guardado un silencio admirable, porque nadie que se moviera saldría en la fotografía. Una anécdota: recién publicada su última novela, Eduardo Mendoza concedió una entrevista rediofónica a una reputada periodista. Tiene el autor catalán gracejo en su forma de hablar, una espontaneidad que le honra y una sencilla sinceridad. En un momento de la entrevista, Eduardo Mendoza afirmó que antes la gente era más educada en la calle. El tiempo indicado por ese adverbio se remontaba a los años sesenta y la periodista, indiginada, le preguntó si sentía nostalgia por “los tiempos de Franco”. Radios obscenas cuyos dueños miran para otro lado por muy obispos que sean; pero la mayoría guardó silencio y muchos buscaron coartadas en su pasado, inventado con frecuencia. Como en las espantosas series de las televisiones españolas, en los años cincuenta todo el mundo, incluidos los militares, estaba contra la dictadura: ¡milagro de un sistema capaz de sostenerse con la vocecilla de un solo hombre! Falsicficar el pasado ha sido, por desgracia, una constante. Para colmo los muertos, de cuya dignididad nadie puede tener dudas, han sido usados como polvo que se lanzase a los ojos y las bocas de los adversarios políticos. El pasado que creíamos haber superado nos perseguía como un fantasma desenterrando muertos si eso hería al contrario. A Santiago Carrillo lo persiguieron hasta el final, como a Manuel Fraga; de manera que este país tiene la peculiaridad que ni siquiera de los muertos se habla bien. Sí, en buena medida somos un país cainita y no nos hemos salido del lienzo de las pinturas negras de Goya.

Es verdad: la educación se ha resentido. De golpe se dotó a todos los alumnos de un ordenador, se instalaron en muchas aulas pizarras digitales e incluso se hicieron gimnasios sin goteras. La inversión pública en educación mejoró, pero el Consumo ha exigido que la educación en sí misma, el deseo de aprender, no sea valorada, pues lo que cuenta es lo que uno es capaz de comprar. No es primero una cuestión de inversión, sino, si se me permite decirlo así, de prioridades espirituales. A veces he sentido la verdad de aquella frase humillante: el español desprecia lo que desconoce. Lo fundamental no se arregla con dinero, aunque muchos parecen convencidos de ello. Sin embargo, Muñoz Molina tiene razón al decirnos que se ha invertido mucho en aire: ferias de vanidades, acontecimientos de relevancia mundial…, pero que lo fundamental se ha olvidado con frecuencia. El problema de la educación merecería un capítulo aparte.

Corría el año 1974 cuando empecé a ir a casa de Fernando. Aquel año, desde la terraza de su casa, lanzamos un cubo de agua al profesor de Política, que pasaba por la acera. Desde aquella terraza se divisaba la línea del Aljarafe sólo rota por la mole funeraria que el cardenal Segura se hizo como enterramiento. En pocos años no quedó nada; no es que lo sólido se desvaneciese en el aire. No, más bien la especulación lo anegó todo de cemento consiguiendo que la ciudad dormitorio por excelencia, Camas, se inunde con frecuencia. Desde el pequeño balcón del piso que habito se ve lo que queda del Aljarafe: unifamiliares adosadas, centros comerciales, la torre de un canal de televisión, hoteles, luces, el reguero interminable de coches… Y la ciudad, ese ombligo sucio que es la Muy Heroica Ciudad, provoca espanto. Cuenta Muñoz Molina de forma maravillosa su visita a la Exposición Universal del 92. Yo puedo tirar, con menos acierto, de algunos recuerdos: a finales de los años setenta nos manifestamos, convocados por el Colegio de Arquitectos y los partidos políticos de izquierda, contra la urbanización de la Isla de la Cartuja. Años después de levantó una ciudad falsa y fea en aquellos terrenos. No pisé la Exposición porque no tenía ninguna necesidad de decir que había estado allí. Fue sólo el principio del desprecio que la ciudad—muchas ciudades españolas son así—siente por lo mejor de su pasado, pues en vez de preservarlo parece sentir un placer sádico en destruirlo. Las setas, la modernidad del rascacielos, los centros comerciales… la abominación de la desolación en ciudades en las que ya no se puede respirar. Todo sacrificio es poco si se ofrecía a la Prosperidad y satisfacía al Consumo. Más tarde se multiplicaron los deshaucios. Debemos releer los periódicos de hace diez años: Muñoz Molina lo hace con un resultado asombroso.

Fui a París por primera vez a finales de los años setenta. Y detesté aquella ciudad maravillosa por el hambre que pasé, por la policía que me echó sin contemplaciones de una estación donde dormía, por la fría acogida que me dispensaron quienes me acogieron. Después he vuelto a esa ciudad. Es verdad que con más dinero: no he pasado hambre, he dormido en mejores lugares. Ha sido capaz de mantener buena parte de su identidad; pero PUF, en la Plaza de la Sorbona, ha sido sustituida por una tienda de ropa juvenil; las tiendas del Barrio Latino han cambiado y se han americanizado. También allí se han hecho tropelías, aunque en menor medida; mas también el Consumo ha exigido sus víctimas y la americanización de los modos de vida se extiende con su pringue espantosa.

Estoy en claro desacuerdo con la valoración que Muñoz Molina hace de Zurbarán y Ribera (cfr. pág. 217) y de la supuesta cultura gringa. No es un desacuerdo menor, al menos en lo que a los pintores se refiere, porque quien haya visto las obras de Zurbarán en el Museo de la Merced, el Santiago de Ribera en el mismo museo o su absolutamente maravilloso Patizambo en el Louvre, jamás hablará de carnes castigadas. Me temo que el escritor andaluz está usando en este caso un lugar común. De hecho, el Patizambo es una maravillosa transfiguración que defiende la dignididad de la pobreza, una belleza que se sitúa más allá de los oropeles. Esos oropeles que han cautivado tantos espíritus en los últimos años y que hoy vemos como nada y vacío. Sin embargo, pese a mis desacuerdos, me parece que Antonio Muñoz Molina ha escrito un libro necesario y más que necesario, pues aunque sea fruto de la coyuntura, apunta también a lo mejor que hay en nosotros. Y es precisamente eso lo que nos debe convocar al futuro.

Aquí agradezco al lector su benevolencia y solicito mil perdones por el desorden, la falta de estilo y la pobreza de mis reflexiones. Y para que conste, el título de este articulillo se debe a un maravilloso libro de don Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado, que tomó prestado, si no yerro, de don Antonio Machado, por quien tanta admiración siento. Mi primera antología del poeta la adquirí en una librería ubicada en un bello pasaje, pasado un hermoso arco, de la Muy Noble Ciudad. La librería estaba regentada por un político y tenía el nombre del poeta. Ésos también son mis recuerdos.

Shalom.


[1] La sensatez de los trabajadores es admirable. Recuerdo que a finales de los años noventa hablaba con unos vecinos de mi portal sobre al fabuloso aumento del precio de los pisos: uno había sido vendido por más de diez veces su precio inicial (el nuevo propietario se entrampó hasta las cejas). Me quejaba yo de esto mientras que otros dos celebraban que su vivienda tuviese más valor económico. Terció Manuel, padre de dos hijos, en la discusión: “¿Y para qué me sirve a mí que mi casa valga diez veces más? Si quiero irme a un piso con una habitación más tendré que pagar un fortunón… Todo esto sólo beneficia a los que especulan”.

[2] Me parece que fue dos años después de la muerte del Generalísimo (título que, pese a las apariencias, le fue dado sin ánimo de ofensa, pero cuya comicidad no debe perderse de vista: un general de opereta) cuando una de las revistas satíricas que tanto gustaba a mi madre, quizás El Papus, publicó una viñeta en la que un personaje que era una nariz con ojos cruzada por una banda militar alzaba protestanto el puño al cielo exclamando: “¡Conque todo atado y bien atado! ¡Pues vaya mierda de nudos que hacías tú!” Arias Navarro había declarado de acuerdo con el espíritu de febrero que en dos o tres años estarían legalizados algunos partidos, pero el no el comunista, “porque no es democrático” (en una entrevista al diario monárquico de toda la vida). Compraba yo por entonces el vespertino Informaciones; pero eran otros tiempos, tan diferentes que se editaban algunos periódicos por la tarde y los lunes nos daban descanso informativo. En cualquier caso, Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista de España el Sábado Santo de 1977. Me viene a la memoria una pequeña caravana de automóviles, pitando y agitando banderas rojas, que pasaba por la calle Virgen de Luján para celebrar ela acontecimiento: salí corriendo tras ella con mi puño levantado con tal inocencia que aún me asombro. Andaba yo por los dieciséis años y tenía la impresión de que antes mis ojos se inauguraba un mundo hermoso. Recuerdo también con nitidez la noticia de la dimisión de Pita da Veiga en protesta por la feliz y justa maniobra de Adolfo Suárez.

[3] De Alfonso Guerra se esperaba el esperpento, la crítica ágil, el insulto larvado. Dales caña, ¿no? Se le atribuye, aunque nunca he podido comprobar la veracidad de la anécdota, la frase Cavero también prefiere Sanders. ¿De dónde la necesidad de alentar lo peor de las personas?