domingo, 9 de febrero de 2014

Julia Hartwig

ESCRIBIR REPRESENTA MI SALVACIÓN

Para Ángel.
Y para Gregorio.

            El ser humano es capaz de nombrar las cosas: las hace advenir al lenguaje como en un juego y en éste se desvela su esencia, que no es tanto un estar en el mundo, cuanto un crear mundos. Nombrar es quizás el primer acto auténticamente humano, porque con él nace otro mundo dentro de éste mediante un hálito creador. El arte—ya sea apalabrado o imaginado—buscará el esplendor, el aura de este mundo, y de ese cruce, palabra y resplandor, nace la poesía sin la que no me parece pensable una existencia soportable. Aristóteles, en  la Política definió al hombre como ζῷον λόγον ἒχον, es decir, el animal poseedor del lenguaje; pero algunos siglos antes un escritor anónimo, había descrito el Jardín del Edén como el tiempo futuro en que Adán puso nombre a los animales:

ויצר יהוה אלהים מן־האדמה כל־חית השׂדה ואת כל־עוף השׁמים ויבא אל־האדם לראות מה־יקרא־לו וכל אשׁר יקרא־לו האדם נפשׁ חיה הוא שׁמו׃ ויקרא האדם שׁמות לכל־הבהמה ולעוף השׁמים ולכל חית השׂדה ולאדם לא־מצא עזר כנגדו׃

            Los LXX tradujeron así:

καὶ ἔπλασεν ὁ θεὸς ἔτι ἐκ τῆς γῆς πάντα τὰ θηρία τοῦ ἀγροῦ καὶ πάντα τὰ πετεινὰ τοῦ οὐρανοῦ καὶ ἤγαγεν αὐτὰ πρὸς τὸν Αδαμ ἰδεῖν, τί καλέσει αὐτά, καὶ πᾶν, ὃ ἐὰν ἐκάλεσεν αὐτὸ Αδαμ ψυχὴν ζῶσαν, τοῦτο ὄνομα αὐτοῦ. Καὶ ἐκάλεσεν Αδαμ ὀνόματα πᾶσιν τοῖς κτήνεσιν καὶ πᾶσι τοῖς πετεινοῖς τοῦ οὐρανοῦ καὶ πᾶσι τοῖς θηρίοις τοῦ ἀγροῦ, τῷ δὲ Αδαμ οὐχ εὑρέθη βοηθὸς ὅμοιος αὐτῷ.

            En castellano:

Entonces Yhwh Elohim modeló de arcilla todas las fieras salvajes de la tierra y todos los pájaros de los cielos, y los puso delante de Adán para ver qué nombre les ponía. Y cada ser viviente llevaría el nombre que Adán les pusiera. Y Adán puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros de los cielos y a las fieras del campo; pero para Adán no encontró la ayuda que le correspondía.

            Por lo visto, han pasado los años en que las fuentes del Pentateuco estaban alemanamente claras; pero no me importa demasiado abandonar la rigidez germánica para dejarme llevar por un mito hermoso que se terminó de redactar en la época del Exilio. Ciertamente, el autor (o más posiblemente la autora) identifica al ser humano (האדם) como aquel que nombra, pero también es verdad que sólo delante de otro ser humano (¿quién no recuerda aquí el mito sumerio?) exclama: ¡Ésta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne! (Τοῦτο νῦν ὀστοῦν ἐκ τῶν ὀστέων μου καὶ σὰρξ ἐκ τῆς σαρκός μου· / זאת הפעם עצם מעצמי ובשׂר מבשׂרי): sólo se nombra auténticamente delante de otro ser humano. Los LXX habían dejado claro que los animales no eran ὅμοιος αὐτῷ (semejantes a Adán). Así, el ser humano se nos presenta como encuentro de lenguaje y compañía, que quizás sea otra forma de nombra a la poesía; por eso uno nunca está tan solo como al estar con alguien sin palabra alguna. Así,  el esplender de nuestro mundo surge precisamente en el momento en que el lenguaje se hace compañía y la compañía se hace lenguaje. Esto, las más de las veces, sucede en el silencio, como cuando estudias junto a alguien o simplemente miras a la persona amada. 


            Lógicamente, uno no se hace todas estas reflexiones al tomar un libro de poesía entre las manos o al tener la dicha de sentirse en compañía (aunque esté solo y advierta la atroz mordedura del recuerdo); sin embargo, estas ideas nos custodian de manera inconsciente y, como aquí, de vez en cuando debemos expresarlas aunque sean de mi desafortunada y torpe manera. Hoy quería decir dos palabras sobre un hermoso poemario: Julia Hartwig, Dualidad. Antología poética (edición bilingüe de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska), Madrid, Vaso Roto, 2013. Hasta donde yo sé—y admito sin reparos mi escaso saber—no había publicado nada en español de esta poeta polaca, nacida en Lublin en 1921. Compré el poemario en honor de la primera persona a la que he dedicado esto que escribo, pues él es un amante de Polonia y de sus tradiciones en buena medida por influjo por su encantadora esposa. Además, al abrir Dualidad me asaltó este magnífico poema:


Arlés III

Nadie llora ya en el antiguo
cementerio de Arlés.
Murieron vástagos y deudos,
se apagaron los lamentos, se templó la aflicción.

Sobre los sarcófagos se derrama la sombra
de nuestras cabezas,
el sol vespertino de los epitafios
a través de la leonada hiedra.

Bienaventurados los que tomados del brazo
recorren los Alyscamps,
ignorando quién será el que allí regrese
cuando los demás ya no estén.

            Quizás me enganchó porque pocas cosas hay más tristes que un cementerio donde nadie derrama lágrimas—o llorar en tumbas equivocadas. Sin embargo, también Lublin jugó su papel en mi decisión, pues allí la barbarie estableció el campo de Majdanek, que se liberó exactamente dieciséis años antes de que yo naciese, el veinticuatro de julio de 1944. Como estaba tan cerca de la ciudad, los alemanes no tuvieron tiempo de desmantelarlo. Posteriormente fue transformado en campo de reclusión para los resistentes polacos (AK, que había comenzado su labor de resistencia el mismo 1939) bajo el mando de la NKVD. Lublin alberga un trozo de la tragedia europea y Hartwig debió recorrer con frecuencia el espacio donde la barbarie clavó sus sucias manos. Canta en un poema que no aparece en Dualidad:

Había unas mujeres sentadas tomando café.
A mí me arrancaron las uñas - dice una.
A mí me tuvieron bajo un reflector.
A mí durante dos días me estuvo cayendo una gota de agua en la frente.
A mí me destrozaron los riñones.
A mí me mataron a un hijo y quemaron a mi padre.
Simples mujeres de Varsovia.

De Hablándome sola a mí misma. Traducción de Abel Murcia.

            Leyendo esos versos he recordado a otro escritor  polaco: pero entonces yo pensaba/en la soledad de los que perecen; no puedo resistirme a citar el final de Campo de Fiori:

Y para los que perecieron, solitarios,
olvidados ya del mundo,
nuestra lengua devino extraña
como la lengua de un planeta antiguo.
Hasta que todo sea una leyenda
y después de muchos años,
en un nuevo Campo de Fiori,
se alce en sedición la palabra del poeta.

            Mas no quiero desviarme del poemario;  en él podemos encontrar también ecos de tanta tragedia: deshacerse en las cenizas. No decir adiós. Jugando con las paradojas, acercándose al borde de un abismo, Hartwig nos ofrece belleza y preguntas:

Persuasión

Preguntas enrevesada que huyen que regresan
adónde se fue esa confianza en uno mismo propia de la juventud
adónde esa belleza enigmática
capaz de conmover algunos corazones

Y no obstante parecía que sería justamente la vejez
la que traería la sabiduría que habría de habitarte hasta el fin
Danos sosiego Lo que no has logrado conocer hasta ahora
ya nunca llegarás a saberlo
La última pregunta te la harán precisamente a ti.

            El último verso expresa con increíble lucidez la situación que yo, con once años, tenía en clase, pues nunca estudiaba las lecciones y me encontraba suscrito a la mala suerte: tampoco a mí el tiempo me ha hecho más sabio. La poesía de Hartwig tiene también humor y emociona porque no es altisonante, sino que está muy apegada a la existencia y nombra las cosas, los actos, las situaciones para transfigurarlas; exenta de esperanza (no te hagas ilusiones, pues nada tiene arreglo) nos ofrece, sin embargo, la esperanza de un mundo más hermoso, porque nombrando las cosas alcanza en ocasiones, como los grandes, que elevados a hombros de sus palabras no asomemos un instante a lo inefable, a lo que quizás no puede ser dicho con cartesiana precisión, porque el mundo no es un reloj y los seres humanos no somos agrimensores. Cierto, en ocasiones nos transformamos en tales y renunciando a crear, caemos en la imitación. Los hombres trabajamos la luz; los agrimensores nos despojan de ella. Por eso, aunque todos los poetas del mundo escriben el mismo poema, cada uno debe encontrar su voz propia, su manera de nombrar las cosas. Sin duda, Julia Hartwig la tiene, y nos emociona.

            Me sorprendió saber de él a través de una librera, aunque por su hermana ya tenía noticias suyas. Estudia algo que parece lejano a la poesía, pero se acercó a Birlibirloque  para pedir un poemario. Por ese gesto que a él le honra y a mí me conmueve, le dedico estas pobres palabras. Sólo aprendemos cuando la vida nos sorprende y hace nacer un filo de color en la grisura del muro convertido en horizonte mudo del mundo. Será la palabra del poeta quien rompa esa clausura, porque es capaz de nombrar lo nuevo. 

            Shalom.


domingo, 12 de enero de 2014

Chil Rajchman

TESTIGO


            Muchas cosas y muy diferentes han pasado desde la última vez que escribí en esta gacetilla; entre ellas, otro año. Sin duda, el tiempo no vuelve y nuestra experiencia, la de los hombres que hemos nacido donde se pone el Sol, es ésa: la línea del tiempo no se curva, al menos no se curva lo suficiente como para acabar formando un círculo. No hay gran año, no hay Santana Dharma, orden eterno; por fortuna, este orden—el autor del Cuarto Evangelio diría tal vez ἐκεῖνος κόσμος—es pasajero. Sin duda, semejante visión encierra algo de melancolía y se acompasa mal con la nostalgia, pues el hogar queda remitido al futuro. Pero, cañas pensantes como somos, es verdad que también somos la memoria de donde venimos. No obstante, quien comete el error de acercarse a esta gacetilla no espera reflexiones como éstas, pues viendo que se trata de libros, supone tal vez algo de sensatez; maguer también se trata de vida y ésta, por muchas bridas que le pongamos, fluye llena de sorpresas, pues nunca sabemos lo que se encuentra detrás de la próxima curva del camino (y hago esta afirmación con solemne respeto a quienes se creen capaces de recordar su futuro). Una vez más, lo admito, he tardado en escribir; me encantaría poseer el descaro de Wilde a quien, preguntado en qué había empleado toda la mañana, enumeró de forma exhaustiva todas las tareas completas hasta el mediodía: “Cuando me levanté puse una coma, pero al final de la mañana decidí quitarla” (e se non è vero, è ben trovato) de donde se deduce no tanto la cantidad del esfuerzo cuanto la calidad del mismo y, sobre todo, la hora en que se levantaba de la cama el autor dublinés.

            Durante este tiempo he estado leyendo bastante; deseaba, y aún lo hago, dar con un ensayo capaz de entusiasmarme (no sé el próximo de Luciano Canfora o quizás el de Richard Sennet lo conseguirán), porque algunos de los que han pasado por mis manos se me han hecho cuesta arriba. Ciertamente no es el caso de los Escritos inéditos (volumen I) de Levinas, que ha publicado recientemente Trotta: no se trata de un ensayo. Ni el de otra obra de Carl Schmitt, Teoría del partisano. Acotación al concepto de lo político, que ha publicado la misma editorial; pues no es un ensayo nuevo, porque la obra tiene mis años. Esta observación me lleva a preguntarme qué obras de nuestra época serán leídas dentro de doscientos años. Nosotros aún leemos con gusto las Memorias de ultratumba… Claro que visto el título de uno de los actuales éxitos editoriales, Yo fui a EGB, dudo mucho que dentro de doscientos años los autores de hoy tengan muchos lectores, pues los descendientes de quienes han tenido la desgracia de cursar la ESO (ya el horripilante nombre parece un programa para la barbarie) acabarán escribiendo otro libro, Llo fuy  al heso, y no serán capaces de entender la alta complejidad del español de principios del siglo XXI. Lamentable esta decadencia del analfabetismo. Sí, he leído bastante; algunos libros y otros malos: de éstos no hablaré, porque quizás sea mejor dejarlos en el olvido.


            Schnell! Scheneller! Schnell! Schnell! Se trata de un grito más cercano al latigazo que a la palabra humana, porque la lengua de los hombres también puede pervertirse. He leído numerosos testimonios de la Shoá y libros que intentan—un poco en vano—razonar sobre las causas de una absoluta falta de razón. Ahora me asalta un recuerdo de principios de los años setenta: “el Prieto” (que nos repetía siempre la misma anécdota sin que perdiese su gracia)  nos daba Historia en tercero de bachillerato y fue él quien me abrió las puertas de una disciplina que acabaría fascinándome: quizás fue la primera vez que en verdad disfruté intelectualmente (como puede hacerlo un niño de doce años); pero en cuarto, con el cura José Antonio, “el Orejas” (un buen mote no está reñido con el respeto: sólo a los estúpidos se les ocurriría semejante desatino), la Historia me entusiasmó. Me dio entonces por leer una y otra vez el Atlas histórico mundial  de Kinder e Higermann, publicado por Istmo, y que por entonces ya mantenía las tapas pegadas gracias a dos cintas de esparadrapo. El nombre de una cultura me sobrecogió y recuerdo con nitidez las resonancias sombrías en mi mente infantil, aunque nunca he sabido bien por qué: quizás ya hubiese escuchado alguna conversación sobre otros campos… La cultura de los campos de urnas, al final del Bronce, en Europa Central, en la misma región que los otros campos: incineración y enterramientos en urnas. Quizás en esa época Homero ya cantaba al divino Aquiles y el rey David imploraba la misericordia de un Dios al que había traicionado. He leído de un tirón sin poder soltarlo el testimonio de Chil Rajchman, Treblinka, Barcelona, Seix-Barral, 2014, con un epílogo de Vasili Grossman. Es un libro inexcusable, pues lejos de reflexionar o hacer memoria, los recuerdos de Rajchman nos gritan: Schnell! Nos golpean en cada página haciéndonos sentir. No quiero caer en lugares comunes, pero sí me atrevo a decir que se trata de un testimonio distinto que no busca sino describir la experiencia con la que el autor se encontró en Treblinka. Y esto es lo aterrador, pues la memoria no nos concede un respiro.

           
A finales de 1942, cuando la máquina de guerra nazi parecía imparable y los asesinos se creían con las manos del todo libres, Chil Rajchman y su hermana fueron deportados a Treblinka, aunque por unos días pudieron creer que eran transportados a las tierras de labor ucranianas para trabajar como campesinos. Desde su llegada todo fue rápido, sin dejar posibilidad alguna de pensar: la hermana es eliminada de inmediato en la cámara de gas mientras que él consigue salvar la vida (si es que esta expresión tiene algún sentido en semejante contexto) realizando diversos trabajos: peluquero, dentistas, transportador de cadáveres… Durante la rebelión de agosto de 1943, diez meses después de ingresar en el campo, Rajchman consigue escapar y, escondido por un amigo en Varsovia, escribe su historia. Estas memorias proceden, pues, del año 1944, pero sólo han visto la luz después de la muerte de su autor, quien ordenó en su testamento que a su muerte viera la luz su testimonio sobre Treblinka. ¿Por qué esperar? Toda la tragedia de lo que narra el autor se encierra tal vez en esa pregunta, pues las imágenes atroces lo debieron perseguir toda su vida y en el insomnio vería los rostros de las mujeres a las que cortaba el pelo, las bocas abiertas de aquellos a quienes debía quitar las coronas de oro o los brazos rígidos de los muertos en las cámaras de gas. Lo más estremecedor es que Rajchman no se detiene a hacer observaciones sobre el espanto, sino que deja que las cosas ocurran delante de nosotros y querríamos apartar la mirada, pero no podemos por humanidad. Existe el deber de recordar no sólo para que la barbarie no regrese—y en los últimos tiempos no deja de intentarlo—, sino en honor de las víctimas. Podría seleccionar cualquier párrafo del libro, porque todos son como impactos en el alma. Abro el libro al azar y me encuentro en la página 91:

     Cuando se producía una breve pausa en el trabajo, una vez que terminábamos de limpiar una cámara y la otra todavía no había terminado por completo de gasear a las víctimas, y las personas en su interior aún mostraban signos de vida, o quizás se oían los gritos que salían de allí, las bestias nos obligaban a bailar y a cantar al son de la orquesta integrada por judíos, que estaba junto a nuestro barracón y que tocaban permanentemente.

            He recordado muchas veces el maravillosamente trágico poema de Paul Celan, Fuga de la muerte, y no he podido quitármelo de la cabeza:

Fuga de la muerte

Leche negra del alba la bebemos en la tarde

la bebemos al mediodía y en las mañanas la bebemos en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en los aires donde no es estrecho
un hombre vive en la casa y juega con las serpientes que escribe
que escribe a Alemania cuando oscurece tus dorados cabellos Margarita
lo escribe y sale frente a la casa y refulgen las
estrellas y con un silbido llama a sus perros de presa
y silba a sus judíos les hace cavar una tumba en la tierra
nos manda tocad para el baile
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos en la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa y juega con las serpientes que escribe
escribe a Alemania cuando oscurece tus dorados cabellos Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita cavamos una tumba en los aires
donde no es estrecho
Vocifera cavad más profundo en la tierra y vosotros cantad y tocad
coge su arma del cinto y la enarbola sus ojos son azules
hundid más profundo las palas y vosotros seguid tocando para el baile
Leche negra del alba te bebemos en la noche
te bebemos al mediodía y en las mañanas te bebemos en la tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tus cabellos dorados Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita él juega con las serpientes
Vocifera tocad más dulcemente a la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
vocifera haced sonar más lúgubres los violines y luego subid como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes donde no es estrecho
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro venido de Alemania
te bebemos en la tarde y en las mañanas bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania su ojo es azul
te acierta con bala de plomo te acierta con precisión
un hombre vive en la casa tus cabellos dorados Margarita
nos lanza sus perros de presa nos da una tumba en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido de
Alemania
tus cabellos dorados Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita.



            La muerte es un maestro alemán, pero ¿quién es semejante maestro? Lo dejó dicho Adorno: el imperativo categórico es que Auschwitz no vuelva a producirse. La memoria de Rajchman, rebosante de dolor como un caldero caliente, es también para eso. No se trata, sin embargo, de vivir en el espanto; pero sí de mantenerse como el centinela, alerta, sobre las murallas de Jerusalén.




            Shalom.